Antonio Rivera-El Correo

  • Las comparsas no van en la Aste Nagusia de comparsa, sino de vanguardia en esta cruzada lingüística a la que estamos asistiendo

Tienes cuatro mulas tordas, un caballo delantero, un carro de ruedas verdes y la carretera toda para ti. ¿Qué más quieres?«. El poema de Alberti que aprendí en la escuela franquista tenía un dibujo debajo con un carretero muy serio. Lo que el vate gaditano tomaba por posibilidad infinita al disponer de todos los medios materiales, el carrero lo sentía como la condena eterna de un oficio insatisfactorio.

Las comparsas bilbaínas presentaron su compromiso para potenciar el euskera en el recinto festivo. En este país no se puede presentar nada si no denuncias una injusticia y no adoptas la posición de víctima. Las comparsas reclamaban «un espacio libre y seguro para los euskaldunes», un «ecosistema del euskera» que «proteja a los vascoparlantes y no les obligue a ir a contracorriente».

Los medios materiales para esa posibilidad infinita están a la vista: no hay objetivo en Euskadi desde hace medio siglo más financiado públicamente, más legitimado socialmente y más sostenido institucionalmente que el euskera. Describir los recursos que soportan su supervivencia es innecesario: sistema educativo, medios de comunicación públicos, trama cultural subvencionada, etcétera. Los recursos propios que acreditan los txosneros no les van a la zaga: porcentaje altísimo de personas atendiendo en euskera, otro tanto de empleados sin relación con el público, prioridad de ese idioma en el trato, cartelería monolingüe, programación monolingüe en más de la mitad de actos… Solo falla el porcentaje musical: menos de un tercio, pero el ecosistema de la canción vasca da para lo que da, salvo que te repitas mucho. El canal EITB Musika lo descubrió hace años.

El objetivo deseado –y ya no sé si confesado– sería una fiesta solo en euskera, a pesar de que prometan otra «inclusiva, que no deje a nadie fuera». De esa manera el euskaldún ejercería su libertad plena al no tropezar con otras lenguas en su ecosistema del Arenal. Ese parece ser el tipo de «elecciones individuales y colectivas» necesarias para cambiar la situación actual.

Es todo un programa. Las comparsas no van de comparsa, sino de vanguardia en esta cruzada lingüística a la que estamos asistiendo. El Boletín Oficial institucional y la presión de determinados grupos sociales pretenden imponerse con un sinfín de recursos públicos a esa terca realidad que lamentaron los txosneros: un 3,5% de las conversaciones en Bilbao se hacen en euskera. En esa situación, obvias la realidad o la cambias por la fuerza. Estamos en esto segundo. Ponemos horcas caudinas en forma de ventanillas humillantes para pedir un kalimotxo en castellano. Obviamos los éxitos musicales del universo mundo, como si no hubieran tenido lugar. Rotulamos solo en euskera, que el ingenio popular sobrevivirá a ello y sabrá lo que le piden por un bokata. Programamos solo en una lengua y llenamos el espacio solo con los propios. Limitamos los honores (txupineras, pregoneros) a los bilingües, que los monolingües ya están acostumbrados al desplante. Todo eso se puede hacer. El problema es que queremos también hacer caja para el invierno. Algo no cuadra aquí y lo mismo estamos a la vez cambiándola a martillazos y obviando la realidad. Y no he mencionado el pequeño detalle de la libertad de las personas. Eso no salía en el poema del carretero enfadado.