Gorka Maneiro-Vozpópuli
Clarifica el escenario político porque nos permite ver y conocer mejor la sociología española y saber a qué atenernos.
Puestos a elucubrar, se me ocurre tratar de imaginar la situación política en la que se encontraría España si no existiera Vox, habida cuenta lo que su presencia la condiciona. La reflexión es necesaria y tiene su aquel, porque a quien lo necesita para gobernar, o sea, al PP, le gustaría que no existiera; mientras que el partido que supuestamente es su adversario y centro de sus dianas, esto es, el PSOE, prefiere que siga existiendo e incluso que adquiera más fuerza. Al fin y al cabo, el PSOE y la izquierda en general fueron quienes con más ahínco trataron de que Vox pasara de ser un partido extraparlamentario a condicionar como ninguno la política nacional, con la idea de que su crecimiento electoral provocara la división de la derecha y el consecuente empequeñecimiento del PP, y que, al necesitarse mutuamente para gobernar, no pudieran gobernar nunca; o que, en caso de que acuerdos locales tuvieran lugar, estos impidieran el gran pacto nacional entre el PP y Vox que pudiera llevar a Feijóo a la Moncloa. Y ahí seguimos: el PSOE trata de que tenga al menos tanta fuerza como hasta ahora, y el PP sigue sin saber cómo quitárselo de encima.
Escisión por la derecha
Así que el PP necesita a Vox para gobernar, salvo allí donde gobierna con mayoría absoluta; y allí donde gobierna con mayoría absoluta, no lo invita a cogobernar sino que prefiere mantenerlo lejos, haciendo incluso como si no existiera. Y aunque lo necesita para gobernar (o precisamente por ello), preferiría que no existiera, para que buena parte de los votos que se llevó Vox, vuelven de nuevo al PP, y de ese modo pudiera alcanzar más fácilmente el Gobierno; y si no lo alcanzara por sí solo, pudiera contar con el apoyo del PNV o incluso con el de un Junts sin Puigdemont, dado que ambos partidos nacionalistas conservadores comparten con el PP más ideas de las que ahora reconocen, y porque la necesidad que tiene el PP de contar con Vox frena la disposición de ambos partidos a llegar a acuerdos con el partido de Feijóo. Así que el PSOE quiere que exista Vox y al PP le gustaría que no existiera, el primero para que le quite votos al PP, y el segundo para recuperarlos. Así suelen ser los juegos de la política.
Sin embargo, más allá de los juegos aritméticos que podamos hacer, Vox existe y tiene la fuerza de la que dispone porque hay millones de ciudadanos que encuentran en la formación de Abascal las respuestas que antes encontraban en el PP y que ahora no encuentran en ningún otro; al fin y al cabo, Vox no se ha reproducido por generación espontánea, por mucho que la izquierda la haya favorecido. Vox viene a ser una escisión por la derecha del PP concebida en los tiempos de Rajoy, cuando el líder popular, consecuencia de su forma de ser y de su pragmatismo, decidió orillar, dejar de defender o defender sin demasiado entusiasmo algunas de las ideas que se consideraba formaban parte de la formación liberal y conservadora y que desde entonces han dejado de tener demasiada relevancia.
A pesar de sus problemas internos y sus contradicciones, parece un partido asentado sin que su supervivencia parezca correr serio peligro, salvo que su adoración por Trump y su putinismo se lo lleven por delante
Y así, quienes son críticos con la ideología de género, con las cesiones al nacionalismo, con el Estado autonómico, con el procés, con las políticas contra el cambio climático, con el aborto, con las leyes de memoria histórica, con las políticas migratorias, con la legitimación de Bildu, con el wokismo, con el globalismo o con la Europa que llaman de los burócratas, encontraron acomodo en el Vox que crearon Alejo Vidal-Quadras, Santiago Abascal y otros exmilitantes del PP, críticos todos ellos con la evolución de su expartido, al que comenzaron a denominar, despectivamente, «la derechita cobarde». Y en cuanto adquirió cierta fuerza, se sumaron simpatizantes de otros partidos ubicados a la derecha de la derecha del PP, falangistas, nostálgicos del franquismo y patriotillas de andar por casa; y, como ha ocurrido en otras partes del mundo, trabajadores de barrios obreros perjudicados por la globalización, la llegada de inmigrantes o la falta de respuesta de los partidos tradicionales a algunos de sus problemas, algunos reales y otros imaginarios. A día de hoy, a pesar de sus problemas internos y sus contradicciones, parece un partido asentado sin que su supervivencia parezca correr serio peligro, salvo que su adoración por Trump y su putinismo se lo lleven por delante.
Mientras tanto, el PSOE sigue azuzando el miedo a la extrema derecha que tan buenos resultados le ha dado con la idea de que Vox siga teniendo al menos tanta fuerza como hasta ahora, para que la derecha siga dividida y el PP no pueda gobernar nunca. Además, acusa al PP de mimetizarse con Vox, por muy falso que tal cosa sea. Ese discurso es lo que le sigue permitiendo a Sánchez fortalecer su relato y aglutinar en torno a su PSOE la amalgama de fuerzas populistas y reaccionarias que todavía le dan apoyo, no tanto para que Sánchez gobierne como para que permanezca en la Moncloa, lo cual permitirá a los enemigos de España seguir obteniendo réditos políticos y económicos a costa de la mayoría; lo cual, a su vez, hará que Vox siga recogiendo votos de millones de indignados y siendo un actor esencial en la política española. Es la pescadilla que se muerde la cola.
Mientras a Feijóo le perjudica el pacto presupuestario de Mazón con Vox en la Comunidad Valenciana, Sánchez saca pecho de su pacto migratorio con la extrema derecha de Junts
En todo caso, la existencia de Vox, como la de cualquier otro partido, clarifica el escenario político porque nos permite ver y conocer mejor la sociología española y saber a qué atenernos. Es mejor que afloren todas nuestras miserias y tratar de darles remedio que hacer como si no existieran y que se enquisten o conviertan en irresolubles. Como cuando surgió Podemos, que parecía que iba a comerse al PSOE y que lo que provocó fue la podemización del PSOE. Sin Vox, volveríamos al bipartidismo de antes, con sus virtudes y sus defectos.
Así que el PSOE quiere que exista Vox y al PP le gustaría que no existiera. Para el primero es el comodín que justifica todos sus desbarres y para el segundo la china en el zapato que le impide alcanzar la Moncloa. Porque, además, el PP sigue sin tener claro cómo relacionarse con Vox, o cómo romper con él definitivamente. Y mientras a Feijóo le perjudica el pacto presupuestario de Mazón con Vox en la Comunidad Valenciana, Sánchez saca pecho de su pacto migratorio con la extrema derecha de Junts. Y no se sabe bien si porque uno es más listo que el otro o porque, mientras uno se lo piensa, el otro carece de principios. O por ambas cosas.