Gabriel Albiac-El Debate
  • Sé –sólo un idiota no lo sabría– que es prioritario desproteger a los delincuentes aforados, para que puedan comparecer, de una maldita vez, ante los jueces. Como cualquier otro hijo de vecino

¡Qué pereza, cielo santo, qué pereza…! Tener que elegir, de nuevo, entre canallas e inútiles. No dar con un solo sujeto en esas listas cerradas suyas que merezca siquiera un átomo de respeto. Por su inteligencia, por su bondad, por su generosidad, por su buena educación al menos. Cada vez que he sido llamado a votar, me ha apresado la misma sensación pringosa. Y el anhelo de vivir sólo en una biblioteca –de la cual se excluyó todo lo innecesario– me tienta. Y casi siempre me vence. No sin desasosiego, no obstante. Nadie, ante esa exigencia de dar la espalda el presente, puede eludir la inquietud de equivocarse. Pero sin esa inquietud, sin ese desasosiego, ¿puede acaso decir un hombre que es un hombre?

Es peor esta vez.

La nulidad de todos los candidatos –de todos– es la misma, la inevitable. No puede haber sorpresa en eso. Se dedica a la política profesional, en España, aquel que se sabe incapaz para poder vivir decentemente de su trabajo o de su inteligencia. No es que ser incompetente o cortito de sesera implique necesariamente ser malo. Eso viene después y por añadidura. Seamos sensatos. Una nulidad como cualquiera de las que pueblan los consecutivos parlamentos españoles, por muy nula que sea, tiene clara, sí, una cosa: que nunca podría alcanzar en la actividad laboral unos ingresos ni de lejos comparables a los que le concede la voluntad del dedo del partido que se dignó incluirlos en sus listas. ¿En cuanto al reconocimiento social? ¿De verdad ignora alguien qué es lo que pensarían de Patxi López en su pueblo, si no fuera la risible eminencia parlamentaria que tanto nos ameniza? ¿De qué viviría un tan notorio patán como Rufián, privado de su escaño en el parlamento de un país al cual no se digna reconocer, pero del cual cobra?

Esta vez es más duro. De la elección entre memos y malvados, hemos pasado a tener que optar entre nulos y delincuentes. Delincuentes ya juzgados y condenados en algún caso. Delincuentes, otros, con procedimiento judicial abierto y a distintos plazos de sentarse en el banquillo. Es duro de narices tener que votar a un idiota. Pero, ¿es decente no hacerlo para impedir la permanencia de un criminal?

Nunca hubiera querido verme en una alternativa como ésta. Pero las paradojas ante las cuales la realidad nos pone, nadie puede elegirlas. Es lo que hay, me dice la voz cínica de la sensatez. Es lo que hay, respondo. Pero me pone enfermo. Y no pienso que sea el único al que esta atrocidad de la España presente mueve al solo deseo de huir. Muy lejos. O bien, aquí mismo, en esta biblioteca de la cual fueron depurados todos los libros que no fueran –en mayor o menor grado– maravillosos. En esta biblioteca en la que no hay lugar para la estupidez, para el mal, que, dice Platón, es el modo de vivir de los más estúpidos: aquellos que ni siquiera saben que lo son, aquellos que aportan lo peor, convencidos de ser profetas de lo óptimo.

Votaremos en un 29 de noviembre de 2026. Pero estaremos votando en 1934, que es el presente intemporal de nuestros políticos. Al cabo de la campaña electoral más estafadora que hayamos vivido: la que divide campos, mortalmente enfrentados, de hace casi un siglo. Y eso que han sido las campañas electorales siempre, desde que yo las conozco, la mayor de las burlas, la más cruel, de cuantas componen el sometimiento de la ciudadanía. Pero es que esto de ahora va demasiado lejos. Y se impondrá, sin embargo. Como siempre.

Sé –sólo un idiota no lo sabría– que es prioritario desproteger a los delincuentes aforados, para que puedan comparecer, de una maldita vez, ante los jueces. Como cualquier otro hijo de vecino. ¿Podré vencer mi asco a dar sueldo público a las nulidades que son sus adversarios? No estoy nada seguro. Y –pase lo que pase– sé que es un imperativo categórico no estarlo. Nadie saldrá contento de sí mismo, esta vez, tras su paso por las urnas. Salvo los muy ignorantes. O los muy perversos… ¡Qué pereza!