- ¿Se ha vuelto el mundo facha o es que, simplemente, está harto de lo que hay?
Pedro Sánchez ha encontrado en el triunfo de la AfD la palanca perfecta para su precampaña: «El mundo nos mira«, ha advertido, mientras se presenta como el único freno a «los reaccionarios» de Europa y del mundo.
Esta estrategia de azuzar el miedo como principal argumento de movilización ante el retroceso de los gobiernos socialistas y el avance de las fuerzas situadas a la derecha ya es conocida. La usó en 2023 con resultados que dejaron al PP, una vez más, como vencedor numérico y con un Vox cabalgando sus mejores resultados.
«Somos la vanguardia del avance frente a los reaccionarios», ha dicho.
Pues permítame, pero no. Lo más probable es que sea todo lo contrario.
El desenlace en el estado alemán de Sajonia-Anhalt demuestra que esa estrategia del miedo que gobiernos, partidos e instituciones han aplicado en los últimos años no sirve para modelar el voto a su favor.
El terror que durante este tiempo se ha intentado inocular sobre el ascenso de lo que hoy llaman ultraderecha y «fachosfera» (y ahora iremos a este punto) se está volviendo contra quienes lo utilizan.
Ultraderecha ultrasimple
La amenaza de la ultraderecha se ha convertido en una estrategia ultrasimple frente a la obligación de ofrecer argumentos y soluciones.
Desde luego, es más cómodo pensar que millones de europeos se han levantado una mañana convertidos en abolicionistas de derechos o seguidores de la política alemana del 39 que preguntarse por qué el electorado, incluso el socialista, se ha visto empujado hacia estas posiciones.
Y para evitar esa cuestión incómoda se recurre una y otra vez a las etiquetas: facha, fascista, ultra, racista… Todo para conducir hacia una advertencia: cuidado con lo que vota porque, si no es lo mismo que quiero yo, es usted un radical.
Lo que parecen obviar es que cuanto más se utiliza un calificativo más se vacía de significado. Si todo es fascismo, ya nada es fascismo.
El historiador italiano Emilio Gentile, en una entrevista en Le Grand Continent, advertía sobre este fenómeno: «Me opongo al uso anacrónico de conceptos historiográficos».
Recuerda que una de las características del régimen fascista italiano estaba simbólicamente representada por su propio himno «Juventud, juventud», aludiendo a esas nuevas generaciones que no se sentían cómodas con el sistema parlamentario.
Es tentador comparar la situación de hoy con la de entonces porque los jóvenes están desempeñando un papel protagonista en el ascenso de numerosas formaciones contestatarias europeas: desde el PVV del holandés Geert Wilders hasta el FPÖ austríaco, pasando por Marine Le Pen, Giorgia Meloni y la AfD en Alemania. Su papeleta fue decisiva.
Pero Gentile establece una distancia «abismal» entre aquella Europa y la actual por los grandes mitos que alimentaban el periodo de entreguerras como el nacionalismo imperialista o la lucha entre Estados. Todo aquello, apunta, formaba parte de la esencia del fascismo histórico y no puede trasladarse de manera automática al presente.
Y deja una reflexión interesante: «Si decimos que el fascismo ha vuelto a Italia, ¿deberían entonces los antifascistas coger las armas e iniciar una nueva resistencia?«.
El filósofo y ensayista francés Pascal Bruckner también está cansado de esta inflación retórica y de discursos oficiales salpicados de términos astrosos.
En Sufro, luego existo. La víctima como héroe, habla de cómo la política contemporánea se ha visto obligada a competir constantemente por nuestra atención: «Cuanto más tremenda sea la declaración, más seduce (o produce repulsión). […] El vocabulario de la Segunda Guerra Mundial es reciclado hasta la náusea a propósito de cualquier tema», apunta.
Y da otra perspectiva: «Lo mismo se produce en la izquierda con los grupos llamados ‘antifascistas’, esos fascistas al revés, que se lían a mamporros con cualquiera que les degrada».
La teoría del miedo no asusta
Cuelga en el salón de mi casa una portada de 2015 del diario griego Η Εφημερίδα των Συντακτών (EfSyn), más conocido como El Diario de los periodistas, fundado por por antiguos trabajadores de Eleftherotypia.
En ella aparece el entonces presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, en primerísimo plano, asombrado con sus minúsculos ojos y tapándose la boca. Con esta fotografía se ilustraba el resultado del referéndum que convocó Alexis Tsipras y en el que la ciudadanía votó en contra de las condiciones que planteaba la llamada troika a cambio de concederle el rescate financiero.
El país, que estaba exhausto después de años de una alternancia política entre los partidos tradicionales de Nueva Democracia y del PASOK y contaba con un 25% de desempleo, dio su voto de confianza al partido de «ultraizquierda» Syriza, que terminó pactando con la formación nacionalista y conservadora ANEL. Sí, los extremos se lamen.
Juntos, plantearon el referéndum popular.
Y las semanas previas llegaron las advertencias. Jean-Claude Juncker, entonces presidente de la Comisión Europea, llegó a escupir aquella amenaza de «pediré al pueblo griego que vote ‘sí’ […]. Un ‘no’ querría decir que Grecia dice ‘no’ a Europa». Pues bien, los griegos votaron no.
Podríamos discutir si aquel referéndum fue o no pertinente, pero lo que este episodio dejó al descubierto fueron las costuras de un orgullo nacional que explotaron ante la injerencia exterior. Nadie me va a decir a mí lo que tengo que votar.
Europa lleva décadas comprobando cómo intervenir en los procesos electorales a través de amenazas ha devenido en el efecto contrario.
En 2002, Francia levantó uno de los cordones sanitarios más célebres de la política contemporánea cuando Jean-Marie Le Pen alcanzó inesperadamente la segunda vuelta de las presidenciales. El país reaccionó construyendo el llamado Frente Republicano, una alianza política y social destinada a que la extrema derecha (que por aquel entonces no se había lavado la cara y apostaba entre otras cosas por recuperar la pena capital), no alcanzase el Elíseo.
Hoy, Reagrupación Nacional (RN), de su hija Marie Le Pen, encabeza las encuestas y aparece como vencedora tanto en primera como segunda vuelta. Y ello pese a las advertencias recientes de la oposición: «El proyecto [de Le Pen] debilitará la voz de Francia en Europa y arruinará la economía de las familias», dijo el presidente Emmanuel Macron.
El votante no se lo cree.
Dos años antes, la Unión Europea probaba otra fórmula: cuando el Partido de la Libertad FPÖ de Austria entró en coalición de gobierno, los otros 14 países comunitarios adoptaron sanciones diplomáticas en un movimiento que no hizo sino alimentar el argumento de que las élites extranjeras pretenden decidir qué gobierno podían tener los austríacos.
Hoy, el problema persiste. Conservadores, socialdemócratas y liberales hacen verdaderos malabarismos numéricos para que el FPÖ, que ganó las últimas elecciones, se mantenga al margen. El entonces canciller Karl Nehammer llegó a definir a la formación como «un riesgo para la seguridad de este país«, sosteniendo que era imposible gobernar con alguien que creía en teorías conspirativas.
Italia vivió su propia advertencia en 2022. Antes de las elecciones que acabarían llevando a Giorgia Meloni al poder, Ursula von der Leyen pronunció aquel famoso chantaje: «Si las cosas van en una dirección difícil, tendremos herramientas, como en el caso de Polonia y Hungría». Hoy, a Meloni, que se ha convertido en la gobernanta más longeva de la Italia moderna, le ha salido un partido más a la derecha.
Y la misma historia se ha repetido en Alemania, con una AfD a sólo tres escaños de la mayoría absoluta en unas regionales en las que toda Europa tenía puesta la mirada y profundos augurios hecatómbicos.
Justo es señalar que este caso resulta más sensible que otros porque han sido los propios servicios de inteligencia los que están investigando y clasificando al partido como extremista. Y el peso del legado histórico alemán otorga de manera inevitable una dimensión más grave a esta formación. Por eso, hay que tomársela en serio.
Pero ello exige analizar qué representa, qué propone y por qué ha conseguido convencer a tantos ciudadanos. No se puede sustituir ese análisis y eludir la correspondiente autocrítica por un calificativo. No vale concluir que, de pronto, el mundo se volvió facha.
Problemas reales, soluciones reales
Porque si algo han venido a decir las elecciones en Alemania es precisamente que una parte creciente de los ciudadanos se siente abandonada y no confía en las fórmulas tradicionales. Y que llamarles ultras o fachas no resuelve el enigma de fondo.
Cabe preguntarse si los partidos están cumpliendo con las promesas del estado del bienestar. Vivienda, cesta de la compra, educación, empleo, expectativas de futuro… Todo se reduce a una pregunta: ¿vive la gente mejor o, al menos, como les prometieron antes de meter la papeleta?
Esto no convierte en aceptables las propuestas de los partidos que capitalizan el descontento, sobre todo cuando se demuestran las conexiones con factores desestabilizadores como Rusia. Las injerencias y campañas que se han atribuido a Vladímir Putin en los procesos electorales occidentales obligan a prestar atención a estos vínculos.
Pero es legítimo y necesario hacer autocrítica. ¿Por qué este cambio que, oh, sorpresa, ha fagocitado incluso al votante socialista?
Según la serie de 40dB publicada por El País, la intención de voto para el partido de Abascal entre aquellos que apoyaron a Pedro Sánchez en 2023 se ha disparado al 4,8%, el margen más alto de toda la legislatura. Se habrán vuelto fachas. ¿O ya eran fachas y votaron al presidente? ¿O les han fachosferizado? ¿O sus abuelos eran fachas?
Se puede seguir azuzando con proclamas del miedo y calificativos anacrónicos hacia las propuestas alternativas que otras formaciones han encontrado tras el desánimo económico y social de unas políticas que no han hecho más que empobrecer(nos).
Pero a la gente ya no le asusta que le llamen ultra o facha. Le asusta no poder pagar una vivienda. Que suban los precios de la compra, de la gasolina y del colegio mientras su salario sigue estancado. Que el transporte público se deteriore pese a los impuestos. Que el dinero público acabe sirviendo a intereses privados y corruptos.
Por eso se desternillan cuando los llaman ultras o avisan de que llegará la ultraderecha. Qui vini li iltridirichi.
Pues que siga, que sigan.