Juan Carlos Girauta-El Debate
  • Los compañeros columnistas que ahora (¡ahora!) salen con que Zapatero nos había engañado a todos. ¿Cómo íbamos a imaginar que una persona honrada a carta cabal, un tipo tan simpático y tan tolerante, fuera a pillar comisiones, o a esconder el tesoro de Príamo? Sus comisiones y joyería es lo menos grave que ha hecho en su vida

Casi todo el mundo te defrauda. El «casi» nos libra del nihilismo, o al menos de la misantropía. Fui a buscar los libros de mi autoría en la biblioteca, cosa rara, para confirmar una fecha. Se trataba de un ejercicio masoquista: me parecía que hacía veinte años de la publicación de un ensayo cuyo epílogo (desaparecido en las siguientes ediciones) dediqué a explicar el enorme peligro que representaba Zapatero. Era una forma de sentirme defraudado, por vicio, preguntándome cómo era posible que tantas personas cuyo criterio apreciaba se hubieran dado cuenta ahora de la calaña del contador de nubes y guardador de joyas. Era 2006, en efecto. No tengo el libro a mano porque estoy en Oporto disfrutando de un mundo que se ha acabado. En el Café Majestic existe una singularidad, una isla en el tiempo. Sobre su mesa de mármol golpeo el teclado y tiro de memoria.

Yo sostenía entonces lo mismo que he sostenido después: que Zapatero era un malvado decidido a entroncar el régimen del 78 con la Segunda República. Con ello, lograba varios objetivos destructivos: reabría la gran herida de las dos Españas con un regreso al lenguaje guerracivilista. Empezaba a colocar a la ETA entre los buenos. Esto venía de lo que se le ocurrió decirle a la madre de Irene Villa: «También mataron a mi abuelo». El canalla. Al obviar el gozne de la Transición, al convertirla en un error, al reinterpretarla, al restarle todo mérito, perdía sentido cuanto había hecho posible la democracia española, la Constitución. La amnistía pasaba a ser lo contrario de lo que fue, lo contrario de lo que defendió Marcelino Camacho, y pasaba a convertirse en una injusticia histórica porque dejaba impunes los crímenes del franquismo. Naturalmente, cuando un presidente de Gobierno, que es más que un primer ministro, es un canciller a la alemana, se empeña en romper la convivencia, la rompe.

Cuando escribí aquel Epílogo urgente a La República de Azaña pensaba en Zapatero como un ser difícil de imaginar: un Azaña lerdo. Difícil pero no imposible. Visualice a Azaña quien lo haya leído y despójelo de sus reflexiones, de tantos hallazgos, siempre hirientes, y conserve solo su resentimiento, su desprecio, su naturaleza tramposa, su identificación con el régimen. Ahí está Zapatero: un Azaña iletrado. Un foco de odio, un fabricante de agravios, un provocador irrefrenable, un temerario despertador de espectros, un halagador de traidores, un traidor de patriotas. Casi todo el mundo te defrauda: los amigos aparentemente inteligentes (que hoy siguen impartiendo doctrina) a quienes tomó un par de años encontrarle algún problema a Zapatero. Los compañeros columnistas que ahora (¡ahora!) salen con que Zapatero nos había engañado a todos. ¿Cómo íbamos a imaginar que una persona honrada a carta cabal, un tipo tan simpático y tan tolerante, fuera a pillar comisiones, o a esconder el tesoro de Príamo? Sus comisiones y joyería es lo menos grave que ha hecho Zapatero en su vida. Que Dios os conserve la vista.