Juan Soto Ivars-ABC
- Todo esto deja un regusto muy amargo. Nos habla del estado de un país en el que la politización de la vida privada avanza en paralelo a los intereses de los extremistas. Y esto lo está provocando la izquierda
El festival de historia y pensamiento que llevan a cabo cada año Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra con apoyo de Cajasol en Sevilla podrá tener, en una edición, un título más o menos sugerente y un plantel de personajes más o menos interesante. Lo que está claro es que, si miramos la trayectoria y la variedad de gentes que han pasado por esas tablas, nadie puede acusar a sus organizadores de pecado más grave que seguir las instrucciones del prólogo de ‘A sangre y fuego’ de Chaves Nogales.
Quien haya leído ese prólogo sabe que ahí está el mayor pecado para un tiempo envenenado por las pasiones que desataron la Guerra Civil. No hay postura más guerracivilista que celebrar como «reparación» el hecho de que unas jornadas plurales sobre la Guerra Civil se cancelen tras tu desbandada. Se va uno dando un portazo (Maíllo) y a continuación se va otro dando un portazo más sonoro (Uclés) y luego se van otros por mero postureo gregario. Porque cuando esos dos dicen que se van para no estar en el mismo cartel que unos «fascistas», lo que plantean al resto es un dilema diabólico: ¿quedarme y ser considerado cómplice?
Y se van. Se van por comodidad. Por estar a bien con gente inflexible y a menudo anónima. Con gente gregaria, y no con gente maligna, se producen los grandes desastres. Sin gente gregaria los malignos están frustrados.
Otros se quedan, hay que decir. Se quedan algunos pensadores de izquierdas, pero el caos ha estallado y se terminan aplazando las jornadas. Los organizadores han dicho que los ponentes de izquierdas estaban recibiendo llamadas telefónicas, presión digital, chantajes morales. El mismo día o al siguiente, Oscar Jaenada dijo en una entrevista que «vamos a volver al 36». Es la frase que el grupo de música derechista Los Meconios soltó de forma irónica y los acusaron de llamar a las armas. Esta vez, nadie en Televisión Española acusa a Jaenada de incitación a la violencia.
En fin. Todo esto deja un regusto muy amargo. Nos habla del estado de un país en el que la politización de la vida privada avanza en paralelo a los intereses de los extremistas. Se producen espirales que destruyen no sólo la convivencia, sino la posibilidad de una conversación. Y esto lo está provocando la izquierda. Y podría entenderse si no gobernasen, pero gobiernan, lo que es peor.
Si Aznar o Espinosa de los Monteros se hubieran bajado del festival por la presencia de Maíllo, Carmen Calvo, Félix Bolaños o Uclés, yo hubiera escrito lo mismo. Describiría un paisaje deprimente en que la derecha, envenenada de sí misma, se niega a sentarse con la otra parte para tener una conversación adulta sobre una herida tan vieja como la Guerra Civil. Pero ninguna persona de derechas se ha bajado de las jornadas por la presencia de un comunista. Repito que esto hay que subrayarlo.
Como estoy obligado a ponerme en los zapatos de lo que critico, trato de imaginar otros escenarios. Por ejemplo, que mí me invitasen en Bilbao a unas jornadas sobre ETA donde se dieran cita víctimas del terrorismo y simpatizantes del terrorismo. Calculo mi dilema moral, y yo sí iría. Escucharía a los proetarras y criticaría sin paños calientes su postura, y viviría este intercambio como un día reparador. Como una prueba de que las sociedades, a veces, toman el trago amargo de elegir la paz y no la justicia.
A Felipe González le preguntó otro sevillano, Jesús Quintero, sobre el legado que le gustaría dejar al término de su presidencia. Esto se lo preguntó hace cuarenta años y González dio una respuesta memorable. Dijo el socialista que le gustaría dejar un país donde los dos bandos ya no volvieran a matarse más. Esto era importante en tanto salía de los labios del líder de una formación con muchas razones históricas para la venganza. Los socialistas habían matado en la guerra pero fueron aplastados en la dictadura. Y cualquiera hubiera dicho que González logró ese noble objetivo, pero luego llegaron Zapatero y Sánchez. Llevamos en España unos años muy preocupantes. Las bajas pasiones, propias de los extremistas, coronan el discurso político de masas. Es sólo retórica, pero es la retórica que parte en pedazos una sociedad.
En fin, voy estos días con la cabeza baja, como si caminase entre gente que vocifera, y de pronto encuentro un consuelo cuando preveo algo divertido: Uclés será seleccionado por el Ayuntamiento socialista de Barcelona para dar el pregón de la Mercé de este año. ¿De dónde saco este vaticinio? De las cosas que pasan según un molde. Pienso que tal vez lo elegirán a él, porque vende mucho y porque ha escrito una novela sobre Barcelona que, por lo que he ojeado, es a la literatura lo que ‘Vicky, Cristina, Barcelona’ al cine: una postal. Calculo que entonces los nacionalistas pondrán el grito en el cielo, y que yo mismo escribiré aquí un artículo defendiendo que Uclés puede dar el pregón de la Mercé. Guardad este párrafo para septiembre, por si acierto. No hará falta que me lo recordéis.