- Nadie en Venezuela ignora qué conjura de traidores vendió al déspota Maduro. La escenografía teatral habrá de ser desplegada ahora. Ante la clientela. Y los traidores deberán ser transubstanciados en los héroes de recambio
¿Vendió Delcy Rodríguez a Nicolás Maduro? Todo apunta hacia esa hipótesis como la más verosímil.
La específica burricie del tirano había lanzado a sus colegas narcos hacia un callejón sin salida. Podían aguardar las quirúrgicas ejecuciones con las que Donald Trump había puesto límite a sus vidas. Y morir como héroes patrios, bajo el fuego de inasibles operaciones militares de alta tecnología. Pero, ¿tiene sentido pedir muerte heroica a un narcotraficante? Seamos sensatos. Clamar a grandes voces por la patria suele ser, como el gran Samuel Johnson formulara, el último refugio de supervivencia para un canalla. Traicionar en el nombre de la patria es aún mejor. Sobre todo cuando el traicionado es un asesino lerdo. Entregar la cabeza de Maduro –y, ya de paso, la de su cónyuge– era una operación redonda para gentes cuya moral se forjó en el arte de la tortura, del cual hizo Universidad el presidio del Helicoide caraqueño. Entre torturar a muerte al enemigo y vender al amado Jefe a su precio justo, la distancia es corta. Los hermanos Rodríguez la han salvado, parece, con soltura.
Pero no hay traición sin precio. El presidente norteamericano ha anunciado, con su tan habitual descaro, que doña Delcy Rodríguez presidirá el gobierno de Venezuela –mientras lo presida– sólo en su nombre y cumpliendo las órdenes que a él pluguiere transmitirle. La presidencia es un lujo que no se otorga gratis. Ni siquiera al traidor más acrisolado. Si la señora Rodríguez no se ajusta a las directrices que desde Washington se le vayan dictando, acabará «mucho peor que Maduro». El mensaje no ofrece demasiadas ambigüedades. Lo más escalofriante de Trump es que ni siquiera disimula. La traidora es designada por su nombre y apellido. Y las reglas a las cuales queda sometida su bien merecida paga se fijan casi notarialmente. Venezuela pasa a ser gobernada por Trump. Sin intermediarios. Delcy Rodríguez se aviene ser su fiel transmisora. Tendrá premio mayor si se exhibe obediente. Si no… La vida es dura.
Jorge Luis Borges fijó, en un relato de 1944 que lleva por título Tema del traidor y del héroe, la hipótesis de partida para una bella paradoja escénica. Su protagonista, Fergus Kilpatrik es venerado como héroe de leyenda por la patria irlandesa en lucha por liberarse de sus aviesos enemigos británicos. En realidad, Kilpatrik lleva años siendo el más alto infiltrado del avieso enemigo británico en la secreta cúpula de los patriotas conjurados. Cuando sus compañeros lo descubren, han de enfrentarse a una aporía inexorable. Denunciar al traidor públicamente desacreditaría sin remedio al movimiento patriótico del cual él ha sido emblema. Asesinarlo discretamente, levantaría las sospechas de que hubieran sido sus justicieros los verdaderos traidores; y el asesinado, la inocente víctima de una organización infame. Sólo quedaba una solución: convertir al traidor en heroica víctima, no de sus compañeros, sino de sus enemigos. «Irlanda», anota el narrador, «idolatraba a Kilpatrik; la más tenue sospecha de su vileza hubiera comprometido la rebelión». Y una escenografía adecuada se construye –con la aceptación resignada del traidor mismo– para que, bajo uniforme enemigo, sus camaradas puedan darle muerte y transmutarlo en mártir nacional.
Nadie en Venezuela ignora qué conjura de traidores vendió al déspota Maduro. La escenografía teatral habrá de ser desplegada ahora. Ante la clientela. Y los traidores deberán ser transubstanciados en los héroes de recambio en la patria bolivariana. Sólo que, esta vez, la farsa es demasiado burda: su mágico realismo caribeño indigesta a cualquiera que no sea imbécil del todo. Y el pellejo de la señora Rodríguez va camino de valer menos que un chavo.