Ramón Pérez-Maura-El Debate
  • «Tres elementos constituyen tres rasgos que empiezan a definir a una nueva generación, la que ha crecido tras el 15-M: son más de derechas, hay una cierta vuelta a la religiosidad y el feminismo es más divisivo»

Esta semana, el pasado viernes, se cumplieron quince años de las protestas populares del 15-M. A mí siempre me parecieron un despropósito, pero no está de menos recordar lo que fue aquello. Un movimiento popular que llenó la Puerta del Sol y aledaños y que luego sólo sirvió para que los que clamaban contra la clase política y los bancos se llenaran los bolsillos desde la misma política. El mundo está lleno de listos.

Recordemos cómo ocuparon la Puerta del Sol durante semanas hasta que terminaron disolviéndose sin más y formando un partido. Recuerdo cómo nos contaron que aquello era un movimiento imparable. Un antiguo profesor mío en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra nos descalificaba en Twitter a los periodistas que no estábamos informando desde la misma plaza y cuando discrepé con él en la red, acabó bloqueando mi cuenta. Por caridad prefiero no dar su nombre. Me dejó boquiabierto.

El dato incontestable es que una semana después de que empezasen las manifestaciones de la Puerta del Sol se celebraron elecciones municipales en España. Una participación del 66,2 % y una amplia victoria del PP que fue la fuerza más votada en 13 comunidades sin contar Navarra donde lo fue UPN. Como era obvio, aquella revolución tenía los pies de barro y a partir de ese día, la concentración de Sol ya no levantó vuelo.

¿De verdad alguien cree que el 15-M puso en marcha un cambio sustancial en la política española? Sí, es cierto que alentó el nacimiento de Podemos. ¿Qué queda hoy del partido de Pablo Iglesias? ¿Qué relevancia política tiene Ione Belarra? Bueno, quizá haya que reconocerles que tienen un futuro menos nigérrimo que Yolanda Díaz y Sumar.

En esta España de bloques políticos promovida por Pedro Sánchez será interesante ver esta noche en el recuento andaluz cuál es la suma de cada uno de esos bloques. Pero si las encuestas no tienen un error de bulto, todo apunta a que la suma PP-Vox va a estar por encima del 55 por ciento, mientras que toda la izquierda se va a quedar por detrás del 45. Eso en lo que fue durante cuatro décadas el gran bastión de la izquierda española.

Quizá el mayor legado del 15-M fue la reactivación de la extrema izquierda española. Probablemente hasta Pablo Iglesias e Íñigo Errejón estarán hoy felizmente deslumbrados del éxito político de su mini revolución en la medida en que han impuesto la ideología de referencia del PSOE sanchista. El PSOE pierde votos hacia el PP y Vox, pero no se termina de descalabrar porque promueve las políticas surgidas de aquel 15-M. Pero sabemos que así no se gana elecciones.

Prueba de ello puede ser el artículo que publicó el pasado viernes en El País, en el aniversario del 15-M, el ex diputado socialista Ignacio Urquizu. Analizando los datos sociológicos del CIS, que suelen ser mucho más exactos que los barómetros electorales, y muy contradictorios con estos, Urquizu concluía que: «tres elementos constituyen tres rasgos que empiezan a definir a una nueva generación, la que ha crecido tras el 15-M: son más de derechas, hay una cierta vuelta a la religiosidad y el feminismo es más divisivo. Viendo estos elementos, quizás podamos empezar a entender la nueva ola conservadora que se avecina en nuestras sociedades.»

Sin que sea contradictorio, a mí me parece mejor resumen del 15-M y sus consecuencias lo que decía magistralmente en estas páginas también el pasado viernes David Pérez, concejal del PP en la Ayuntamiento de Madrid: «El legado del 15-M fue un legado de enfrentamiento y decepción, parasitado por unos políticos sin escrúpulos que se aprovecharon del movimiento para convertirse en una auténtica casta radical rápidamente aburguesada en los privilegios que decían combatir, presa de las contradicciones que lastraron su credibilidad hasta acercarla a la actual sima de insignificancia y descrédito. Cuando levantaron la acampada dijeron: ‘No nos vamos, nos expandimos’. Y efectivamente, se expandieron los despachos, los chalets y los sueldos de una casta populista antisistema que pronto se encontró bastante cómoda en ese sistema tan opresivo.» Amén.