Gabriel Albiac-El Debate
  • Los encantadores –y tan jóvenes– campistas de la Puerta del Sol madrileña se han ido replegando hacia los mismos domicilios en los cuales se retiraban a ducharse cada mañana. Ellos los tienen: aunque sean demasiado caros, demasiado angostos. Cedieron sus efímeros andrajos campistas a la pertinaz legión de la miseria. Ella no tiene repliegue

Fracasó el llamamiento expropiatorio de la noche de Halloween. Era fácil preverlo. No se saquea una ciudad moderna con aviso previo. Eso lo sabe hasta un niño. Sólo en la estricta sorpresa cifra el salteador de escaparates su éxito. La fusión de algodonosos hijos de la vida amable con hoscos carteristas de chirlo y patada en la boca será para otro día. No, los que nada tienen que perder no sueñan –digan lo que digan algunos clásicos del siglo diecinueve– con la revolución. No tienen tiempo ni sosiego meditativo para tan grandes palabras. Anhelan llevarse gratis lo que esos escaparates les exhiben como infinitamente deseable. Y aún más infinitamente inadquirible. Lo demás es burla.

Es exaltante amar a un forajido. Toda la historia de la literatura está empapada de esa hipnosis, a la cual un autor del XIX francés, hoy olvidado, Émile Augier, diera en 1855 la etiqueta merced sólo a la cual pervive su nombre: nostalgie de la boue, «nostalgia del fango». A esa fascinación dedica Baudelaire algunos de sus más intensos versos. O Fitzgerald sus líneas más delicadas: ¿quién podría olvidar la sucinta cuchillada, casi póstuma, de La década perdida? Esa nostalgia del fango… Puesto que fango somos. Como un mágico retorno de aquella sutil poética en la cual está entramada la física de Aristóteles: todo cuerpo busca desesperadamente retornar a su lugar natural. Y, al fin, lo logra. Variaciones sobre un mismo tema, cuya formulación marmórea está esculpida en Génesis, 3,19. Fango al fango. Está muy bien en literatura. Y es francamente molesto en la vida.

Queridos niños de Sol, todo eso es poesía. Hay otras cosas. Menos literarias. Escritas sólo con propósito docente.

–Ésta, por ejemplo: «El lumpen-proletariado, ese producto pasivo de la putrefacción de las clases inferiores de la vieja sociedad, puede verse arrastrado en el movimiento de una revolución proletaria; pero sus condiciones de vida lo llevarán más bien a venderse a la reacción».

–O esta otra: «El lumpen-proletariado, esa hez de individuos corrompidos de todas las clases, que tiene su cuartel general en las grandes ciudades, es, de todos los aliados posibles, el peor. Es una especie absolutamente venal e impúdica».

Lo primero, queridos aprendices de insurrecto, lo escribió Karl Marx en 1848. De lo segundo, fue autor Friedrich Engels en 1870. Las fórmulas de Vladimir Uliánov, os las ahorro. Son demasiado crueles.

Los encantadores –y tan jóvenes– campistas de la Puerta del Sol madrileña se han ido replegando hacia los mismos domicilios en los cuales se retiraban a ducharse cada mañana. Ellos los tienen: aunque sean demasiado caros, demasiado angostos. Cedieron sus efímeros andrajos campistas a la pertinaz legión de la miseria. Ella no tiene repliegue. Vagabundos desesperados quedan bien en literatura. Convivir con ellos, cuando llega el frío invierno, es otra cosa. La fábula ha terminado. La nostalgia del fango está muy bien, cuando a uno lo espera un buen baño de agua caliente al que volver cada mañana.

Hay un relato de Tom Wolfe, hacia el final de los sesenta, tan ácido como hilarante: habla de privilegiados que se sueñan bandoleros. Quienes sean de espíritu lo bastante recio podrán dar con él. Leerlo, incluso. Se llama Radical chic. Parece escrito ahora. Es amargo. Es lo que hay.