Ignacio Camacho-ABC

  • De Pedro conviene desconfiar por rutina. Puede convertir cualquier idea positiva en una mera distracción propagandística

Las redes sociales habría que prohibirlas a los mayores, que son los que vierten la basura que circula en ellas. Como eso no es posible nos conformamos con tratar de impedir que los adolescentes las vean. Tarea difícil porque toda regulación necesita un territorio donde imponer ciertas reglas y el universo digital es un campo sin vallar por su propia naturaleza, de tal modo que cualquier menor puede navegar a través de una red privada virtual (VPN) con total reserva. En cualquier caso resulta plausible todo intento de establecer limitaciones de acceso a ese estercolero donde los chiquillos se revuelcan sin que sus padres sepan –o lo quieran saber, que ése es otro problema– lo que hacen cuando cierran la puerta.

Una cuestión distinta es que ésa sea la preocupación verdadera de Sánchez cuando se saca de la manga una propuesta de control de las actividades ‘on line’ de los chavales. Más bien parece otro de los conejos de esa chistera de fondo inagotable donde sus asesores esconden señuelos de toda clase. En primer lugar no se le puede hurtar al Parlamento el correspondiente debate; en segundo término es dudoso que las medidas a adoptar se demuestren eficaces; y por último habrá un problema de privacidad si la verificación de edad o las condiciones de acceso la controlan las propias compañías que viven de vender datos personales. De momento los parches bienintencionados no acaban de funcionar en ninguna parte.

En Moncloa hay una obsesión por tomar la iniciativa de la conversación pública y desviarla de los asuntos antipáticos que tienen al presidente acorralado: los escándalos de corrupción, la falta de Presupuestos, el bloqueo legislativo, el caos ferroviario. Un día lanzan la liebre del cambio de hora, otro la del fondo soberano de vivienda, un tercero la de ceder fincas del Estado a los jóvenes del ámbito agrario, y ahora este anuncio de colocar ‘dos rombos’ a las redes, como en la tele de antaño. Un proyecto en principio razonable que además encaja en el marco idóneo para garantizar unos días de primer plano, nos da los articulistas un jornal ganado y de rebote cabrea a Elon Musk y permite a Pedro marcar paquete de liderazgo antitrumpiano. Ya veremos cuando toque implementarlo.

La idea en sí misma no tiene mala pinta. Responde a una necesidad social, aborda una materia candente y busca una finalidad constructiva, aunque también suscita muchos interrogantes prácticos entre los especialistas en ciberseguridad y en psiquiatría, aspecto este último nada desdeñable por el impacto de las adicciones sobre una población en edad crítica. Pero sucede que al cabo de siete años los españoles estamos ya muy prevenidos ante la superficialidad sanchista y las maniobras de distracción en sesión continua. Eso de «proteger a los niños del salvaje Oeste digital» suena demasiado a consigna como para disipar la sospecha de superchería propagandística.