- Si en los últimos 20 años hubiésemos seleccionado con esmero a quienes recibíamos para que fuesen nuestros próximos conciudadanos, probablemente no seguiríamos ahora el camino de Francia, Bélgica, Países Bajos, Reino Unido, Suecia, Alemania, Austria… Pero nos pudo el miedo, la inercia, la desidia…
Se ha dicho prácticamente todo sobre el actual proceso de regularización de inmigrantes, aunque espero arrojar algún matiz de interés trayendo a colación la llamada «ingeniería social fragmentaria» que promociona el amigo personal de Pedro Sánchez, Alex Soros, en Occidente.
El número inicial de inmigrantes del que se habló fue de más de 500.000, aunque pronto alcanzó los 800.000, y con la reagrupación familiar podrían acercarse a los dos millones de nuevos residentes en nuestro país. En 2022 se ampliaron los criterios para ese reagrupamiento familiar. Todo lo contrario que en países como Dinamarca, donde su gobierno socialista exige al inmigrante varios años de independencia financiera con un empleo y que el familiar llegue conociendo el idioma danés. Aquí se es mucho más laxo con el núcleo familiar que se puede traer, y aún se amplió a padres e hijos de la mujer que denunciase ser víctima de violencia de género. La Policía ha descubierto varios fraudes de mujeres marroquíes que interponían esas denuncias. En mi libro Hacia una Europa Islamizada destaco cómo el gravísimo problema social que tiene Francia con sus nacionales de origen magrebí comenzó tras la crisis económica de los 70s: cierre de fronteras a la inmigración extracomunitaria y adopción de políticas de reagrupamiento familiar en aquellos banlieues. Es a lo que nos dirigimos en España sin freno.
Conviene recordar que actualmente nuestro país suma 11 millones de inmigrantes (extranjeros o nacionalizados) con sus descendientes: un 22 % de nuestra población.
La Policía ha detectado a magrebíes que vienen de Francia y Bélgica, y a paquistaníes que llegan de Gran Bretaña con la intención de regularizarse sin hablar nuestro idioma. Seguimos el patrón contrario al resto de países europeos con mayor tradición de acogida de inmigrantes musulmanes. Esos fieles son la mayoría de la inmigración en el resto de Europa. En mi libro describí de forma prolija cómo muchas veces son quienes mayor abandono y fracaso escolar presentan, lo que les aboca a empleos de baja cualificación, salarios y aportaciones; desempleo y ayudas; o a una vida marginal o delictiva. Su demografía crece a una velocidad alarmante mientras las mujeres autóctonas apenas tienen hijos. No pocas veces muestran un evidente desafecto hacia las sociedades occidentales de acogida, a las que tienen como ajenas porque ellos pertenecen, ante todo, a la ummah. Añoran e idealizan –sin conocerlos– los países de los que huyeron sus padres o abuelos. Algunas veces ese desafecto se convierte en odio y hostilidad por su incapacidad o falta de voluntad para adaptarse. Si hace dos décadas había quince millones de musulmanes en Europa hoy son más de cuarenta. Paulatinamente van ocupando mayores esferas de nuestras sociedades bajo el pretexto de la libertad religiosa que ellos repudian para otros credos y minorías. Países como Siria, Líbano, Egipto y otros en Oriente Medio y el norte de África fueron mayoritariamente cristianos no hace tanto tiempo. Es un agnóstico quien esto escribe. En España hay más de 2.000 mezquitas y más de 2,5 millones de musulmanes. Esta última cifra la dan UCIDE y el Observatorio Andalusí, que exigen más derechos para los musulmanes: cementerios, profesores de islam en las escuelas… Sin embargo no recogen su elevado desempleo ni el desmesurado porcentaje de sus presos en nuestras cárceles, como sí hacía el Consejo Musulmán de Gran Bretaña (MCB) en 2011, 2015, 2016. Eran cifras desalentadoras y alarmantes después de más de medio siglo en el país, pero MCB las atribuía al racismo institucionalizado.
En España la mayor comunidad musulmana extranjera es la magrebí, con índices de criminalidad y desempleo mucho más altos que autóctonos y otros inmigrantes. Una encuesta de Sigma Dos para El Mundo en enero de 2024 mostraba una amplia simpatía de los españoles hacia los latinoamericanos (47’2 %), pero muy baja respecto de los magrebíes (3’4 %). Ese sentimiento negativo era transversal a los votantes de partidos de izquierda y derecha, lo que hacía pensar más allá del racismo del que nos tratan de convencer. La brecha entre autóctonos europeos y nuevos pobladores musulmanes no se cura, si no que se agrava. Esto, a pesar del amordazamiento, intimidación, engaño, ocultación, e imposición de un pensamiento único que no cuaja. No puede imponerse desde las instituciones con insultos, amenazas y persecución, un sentimiento contrario al fundamentado que la gran mayoría de ciudadanos tiene. Más valdría reconocerlo y preguntarse por qué.
Es aquí cuando quiero introducir brevemente por falta de espacio aquella «ingeniería social fragmentaria». En común paladino es la polarización a la que determinadas élites nos han conducido deliberadamente. Sociedades en las que sus miembros muestran diferentes intereses y objetivos –cuando no abiertamente enfrentados– no avanzan, si no que se estancan, retroceden y debilitan. Social y económicamente. Europa pierde posiciones globales a medida que nuestra población originaria decrece. Si además de enemistarnos a nosotros mismos entre fachas y progres, metemos en nuestro seno una población antagónica creciente que nada tiene que ver con nosotros, en diez años nadie nos sacará del hoyo en el que nos han metido. Ni podremos luchar juntos por los logros sociales obtenidos hasta ahora.
Seguramente Vox no encontró apoyatura legal para favorecer una inmigración afín sobre otra incompatible en sus acuerdos regionales. Así que pagaron justos extranjeros por pecadores. Si en los últimos 20 años hubiésemos seleccionado con esmero a quienes recibíamos para que fuesen nuestros próximos conciudadanos, probablemente no seguiríamos ahora el camino de Francia, Bélgica, Países Bajos, Reino Unido, Suecia, Alemania, Austria, … Pero nos pudo el miedo, la inercia, la desidia y quizás nuestra buena fe de entonces. Mientras tanto, poderosísimas potencias y organizaciones islamistas se iban infiltrando en nuestras asociaciones, instituciones y partidos con ingentes cantidades de dinero. Crearon de forma engañosa un estado de opinión favorable que al mismo tiempo acallase y demonizase cualquier oposición fundamentada a su implantación subversiva y posterior islamización. Diversidad o islamofobia; inclusión o racismo; solidaridad y derechos humanos para ellos, o xenofobia. Utilizan su imparable demografía, y manipulan derechos, garantías y libertades siempre a su favor. La izquierda colaboracionista fue la tonta útil que dio amparo a ese diseño calculado con la esperanza de que fueran su nuevo caladero de votos en Europa, aunque pronto volarán solos.
- Alejandro Espinosa Solana es autor del libro ‘Hacia una Europa Islamizada’ (SND Editores)