Jon Juaristi-ABC

  • El nazismo, que era una religión criminal, no ha muerto. Se ha transformado en yihadismo

Me topo, en mi paseo matinal ante el Cantábrico, con una manifestación propalestina, o sea, antiisraelí. O sea, antisemita, para que andarse con rodeos. No son muchos los manifestantes, y la gente no les hace pajolero caso. Eso parece irritarles, porque, de vocear su mantra, pasan a vociferarlo: «No es guerra; es genocidio». Natural: si cualquier guerra que han sostenido los israelíes con su vecindario ha sido un genocidio, ¿por qué la presente iba a ser otra cosa? Solo «parece» guerra; en realidad «es»genocidio. Eso es lo que piensan estos antisemitas de Santander ignorados por los veraneantes de El Sardinero.

Y es lo que pensaban ya, desde el 7 de octubre de 2023, todos los antisemitas del Gobierno de España: la Pirada («¡Del río al mar!»), la Pájara, etcétera, etcétera, hasta llegar al Matasiete que convierte a cualquier adolescente judío que se le ponga a tiro en un «niñato israelí», o sea, en un genocida en ciernes. Yo, como saben quienes me leen, pienso todo lo contrario. No por ser judío (que lo soy) ni israelí (que no lo soy) sino porque sé lo que es una guerra y sé lo que es un genocidio. Pero no voy a perder el tiempo con refutaciones de la basura islamoizquierdista.

Me interesa otra cosa: desmontar críticas solo aparentemente razonables al Estado de Israel a propósito de la presente guerra –que no genocidio– contra Hamás. Reconozco que tanto el Estado de Israel como sus dirigentes pueden ser objeto de críticas verdaderamente razonables (todavía las estoy esperando, a ver si alguna me convence). De momento, lo único que encuentro son argumentos como el que sostiene que Israel no puede acabar con Hamás, porque «Hamás no sólo es un grupo terrorista, también es una facción religiosa y, por lo tanto, una serie de ideas y emociones internalizadas por la población», lo que supone que la eventual victoria israelí supondría solo el inicio de «un nuevo ciclo de odio» y otra guerra futura.

Y bien, supongamos que se hubiera criticado a Churchill por no haber cedido ante Hitler, toda vez que el nazismo no era sólo un movimiento terrorista, sino una facción religiosa (¡que lo era!) cuya ideología y emociones habían sido internalizadas por la población alemana. ¿Qué eran los que condenaban los bombardeos aliados sobre Alemania que destruyeron Dresde y Berlín? Nazis o, como mínimo, filonazis. Ninguno de ellos, por cierto, condenó los bombardeos alemanes sobre Londres. No hubo equidistantes, afortunadamente. Aunque ello no evitó el genocidio nazi contra judíos y gitanos, se impidió al menos que se ampliara a los eslavos y a los cristianos de toda laya. Es cierto que el nazismo no ha muerto, pero su avatar presente, el yihadismo, está perdiendo una guerra que quería convertir, desde el 7 de octubre de 2023, en el exterminio total del pueblo de Israel. O sea, en genocidio.