Joseba Eceolaza-El Correo

  • La izquierda abertzale tiene una responsabilidad ética desatendida: construir referentes conciliadores para las generaciones que vienen

En los procesos de violencia política, ser el último ha provocado a menudo un enorme vértigo. Puede ser un deseo, como ocurre entre los familiares de las víctimas, pero también una carga para un superviviente. En ambos casos, esa condición de último ha dado lugar a reflexiones especialmente valiosas sobre la memoria, la transmisión del dolor y la responsabilidad hacia quienes vienen después.

Como recuerda el filósofo Reyes Mate, cuando Jorge Semprún se encontró con Elie Wiesel en 1995 ambos coincidieron en que nadie quería ser el último en morir porque tendría que asumir la responsabilidad de salvar el mensaje sobre la experiencia de los campos de concentración nazis que hasta ese momento había sido desoído.

Contar el mal ha sido siempre una cuestión narrativa, pero también moral. Los últimos que salieron con vida de los campos nazis se enfrentaron a un dilema difícil: describir con toda su crudeza lo que habían visto y padecido o recurrir a la literatura para intentar expresar aquello que parecía imposible de explicar. Sobrevivir significaba, de alguna manera, asumir también la obligación de contar.

Entre las víctimas del terrorismo, en cambio, la condición de «última víctima» ha aparecido sobre todo como un deseo. Cada nuevo atentado les obligaba a revivir su propio dolor. El asesinato de otros las devolvía a la tristeza y les recordaba que aquello que había destrozado sus vidas seguía ocurriendo. Desear ser la última víctima era, en el fondo, desear que nadie más tuviera que pasar por lo mismo.

Manuel Pardines, hermano de José Antonio Pardines, la primera víctima mortal de ETA, pasó más de cuarenta años deseando que su hermano hubiera sido también el último. Él mismo lo expresó en el documental ‘El desafío’: «Fueron casi mil víctimas. Y nosotros cada vez que había una víctima pedíamos que fuera la última. Pero, por desgracia, no fue así».

Hay, por tanto, dos maneras profundamente distintas de enfrentarse a la condición de ser el último. Para quien sobrevive a la barbarie, puede significar la responsabilidad de mantener vivo el relato. Para quien ha sufrido el terrorismo, ser el último encierra una esperanza mucho más elemental: que el dolor termine en uno mismo y no alcance a nadie más.

En el mundo de los victimarios, ser el último debería provocar la amarga sensación de haber perdido años de vida en algo que nunca tuvo sentido. Fuera ya de contexto y sin causa, los últimos presos de ETA que salgan de la cárcel serán el triste vestigio de una violencia que, sin embargo, seguirá marcándonos durante muchos años más.

Como se ha vuelto a comprobar este verano, el preso de ETA, y no sus víctimas, continúa ocupando un lugar central en el universo sentimental de la izquierda abertzale. Cuando ETA desapareció, se abrió la oportunidad de elegir otras referencias para un tiempo nuevo: líderes, intelectuales, artistas, personas respetadas dentro y fuera de Euskadi. Figuras capaces de inspirar, conciliar y transformar. Sin embargo, ese no fue el camino por el que se optó.

Un victimario no es únicamente aquello que hizo. También es aquello que decidió hacer después con el daño que ha causado. Sin embargo, la representación social más visible del preso de ETA en el espacio público sigue siendo, demasiadas veces, la que glorifica sus atributos más embrutecidos. Existía otra posibilidad. Los presos de la vía Nanclares demostraron que era posible reconocer el injusto daño causado, pedir perdón, asumir la responsabilidad por la violencia ejercida y convertirse incluso en agentes comprometidos con los derechos humanos. Frente a ese ejemplo, se ha mantenido una representación sentimental mucho menos conciliadora, prolongando así un dolor enorme entre muchas víctimas del terrorismo.

El odio rompió cualquier tipo de principio moral, incluido algo tan básico como el respeto a la vida humana. No hay nada que no esté permitido cuando se ha deshumanizado al otro, como ocurrió aquí. Después de ello, reconstruir el tejido moral y social que la violencia rompió es una tarea lenta y difícil, que requiere algo más que el final de la propia violencia. Por eso necesitamos que nuestro ecosistema moral esté unido a la representación de la paz y no a la romantización de la violencia.

Está también en nuestras manos decidir hacia qué referentes mirarán las generaciones más jóvenes. Repensar la barbarie significa explicar lo sucedido, pero también revisar nuestro catálogo de héroes y preguntarnos a quién otorgamos reconocimiento social y por qué.

En la izquierda abertzale sigue existiendo, en este sentido, una responsabilidad ética desatendida: construir referentes conciliadores para las generaciones que vienen. La llegada del tiempo de los últimos victimarios podría ser una buena ocasión para quebrar, al menos en parte, décadas de glorificación de la violencia y sustituirlas por nuevos referentes éticos.

Ojalá lleguemos a tiempo.