Ignacio Camacho-ABC

  • La anunciada defunción de Seat forma parte de un proceso de desmantelamiento que afecta a todo el sector automovilístico europeo

La marca Seat, en concreto el modelo 600, fue el símbolo del surgimiento de la clase media en España, cuya consolidación resultó clave en el éxito de la transición a la democracia. En aquellos años una cuota significativa de la propiedad y la totalidad de la ingeniería eran italianas tras la entrada accionarial de la Fiat de los Agnelli, pero en la memoria colectiva la firma seguía asociada al proyecto con que el INI trató de impulsar la incipiente motorización de una sociedad autárquica. Fue a mediados de los 80 cuando tras una serie de vicisitudes financieras el grupo Volkswagen absorbió la compañía para privatizarla, aunque nunca consiguió que la mentalidad popular la relacionara a la prestigiosa reputación de la industria alemana.

Esta semana el conglomerado germano, afectado por una severa crisis, ha decidido darle la puntilla tras un largo proceso de pérdida de cuota de mercado. Como sucede con tantas empresas y negocios que formaban parte del paisaje social cotidiano, desde los cines a las librerías o el comercio tradicional, los españoles deploramos su desaparición sin reparar en que nosotros mismos hemos dejado de frecuentarlos; sólo el Ibiza ha resistido la diversificación del gusto de los usuarios, cuyas tendencias de compra se mueven con la velocidad de cambio que caracteriza los hábitos del consumo contemporáneo. Hoy el nombre de Seat suena a rancio o a nostálgico en el mejor de los casos; a aquella época del «Seílla, las letras y el televisor» de la copla de Carlos Cano.

La anunciada sentencia de muerte, luego matizada con plazos y casuismos, oculta sin embargo un fenómeno bastante más grave que el de una marca en desuso progresivo: el de los estragos provocados por la competencia de China en el sector automovilístico, inexplicablemente desprotegido por una burocracia bruselesa demasiado permeable al ‘lobbismo’. La decisión de VW se enmarca en una restructuración a gran escala que contempla la ejecución global de cincuenta mil despidos –el equivalente a la población de Segovia o de Baden-Baden– sumados a otros tantos ya ultimados en un anterior ajuste operativo. Una escabechina laboral con efecto crítico no sólo en la producción directa sino en el tejido auxiliar de fabricación de componentes de vehículos.

La eliminación de nuestra entrañable seña de identidad industrial apenas representa un detalle en ese contexto. El problema de fondo trata del riesgo de destrucción de un segmento productivo de enorme peso en el PIB europeo, sometido a un implacable desmantelamiento por la penetración asiática y por el empeño en acelerar la transición al motor eléctrico, dominada también por los coches chinos gracias a su imbatible hegemonía en precios. Esa especie de suicidio fabril traerá consecuencias desagradables más allá de su impacto en el empleo; es un desarme tecnológico funesto, una renuncia más frente a los dos grandes imperios económicos y comerciales modernos. Lo lamentaremos desde el recuerdo de aquella esperanza generacional que fue el Seiscientos.