Juan Carlos Viloria-El Correo
- Las brasas de la intolerancia identitaria en Cataluña no han logrado cancelar a Mendoza
Cuando Juan Marsé publicó su mítica novela, ‘Ultimas tardes con Teresa’ en la Cataluña de 1965, sufrió una triple censura: del franquismo, del catalanismo y de la izquierda divine, que hacía la revolución, J&B en mano, en la discoteca Bocaccio de la calle Muntaner. Como recuerda Joaquim Roglam, la censura franquista tildó la novela de escabrosa, inmoral e izquierdista; sugirió cambiar pechos por senos y suprimir el fino bigotito del alférez provisional, entre otros recortes. Los catalanistas de los barrios ricos también dieron la espalda al charnego escritor y a los santones de la izquierda burguesa, hoy en las filas del PSC, les pareció reaccionaria porque no era marxista. Pero, precisamente, Javier Cercas dijo entonces que él como muchos dejó de ser marxista para hacerse «marsista».
Aquella historia que retrataba el clasismo altanero de los barrios altos de Barcelona con los inmigrantes que se apiñaban en los bloques del Guinardó en las faldas del Monte Carmelo, se convirtió en novela de referencia sin sentir ni siquiera los rasguños de la intolerancia, pero apuntó un supremacismo identitario que se iría cociendo a fuego lento durante décadas hasta estallar con ruido y furia en los años del fracasado ‘procés’. El pijoaparte, charnego, que aspiraba a ligarse a la Teresa Serrat, catalana, rubia, chica de clase alta, universitaria rebelde, vecina del burgués barrio de Sant Gervasi en una emotiva historia de amor interclasista, ha migrado a Esquerra Republicana y ahora quiere obligar a los nuevos charnegos a que solo hablen catalán. Pero el franquismo sociológico trasmutado ahora a la derecha del PP tampoco quiere inmigrantes que okupen sus pisos de protección oficial en Badalona.
Juan Marsé, ácrata y librepensador, fue el gran cronista de aquella Barcelona del desarrollismo abierta a la cultura, sin etiquetas, pero nunca fue aceptado por el nacionalismo catalanista como uno de los suyos. Ahora le ha tocado a Eduardo Mendoza, otro gran cronista de la ciudad de los prodigios. Otro librepensador, otro talento de la escritura de Cataluña pero que escribe en castellano. Los rescoldos de la intolerancia identitaria se han cebado con él en un espectáculo grotesco y esperpéntico pero alarmante porque Junts quiere quitarle la Cruz de San Jordi, Puigdemont habla de «la venganza de los resentidos», el senador Pujol le insulta, (mala gente y cobarde) y, hasta las Juventudes nacionalistas, llamaron a quemar sus libros. La censura es reaccionaria y si se mezcla con el nacionalismo es un cóctel insoportable. Pero las colas interminables de gente esperando por una firma de Mendoza el Día del Libro confirma que aunque los intolerantes no tengan sentido del humor, la mayoría de los catalanes ignoran a los fanáticos de San Jordi.