Editorial-El Correo

  • Proteger la convivencia en Euskadi contra actitudes intolerantes exige un compromiso de la política que lidere a toda la sociedad

El primer paso para afrontar un problema es admitir que existe. En palabras de Bingen Zupiria, «en Euskadi no han desaparecido actitudes que cuestionan el respeto a las personas». En el cuidadoso enunciado del consejero de Seguridad cabe encuadrar episodios y comportamientos que sobresaltan el ánimo ciudadano y de los que no se libra prácticamente ningún ámbito de la sociedad. Amenazas de muerte como la lanzada contra la alcaldesa peneuvista de Lemoa o las recibidas por el propio Zupiria como responsable de la Ertzaintza, convocatorias de grupos minoritarios que derivan en violencia en las calles, clima de confrontación en el seno de la Universidad pública o una huelga general con intimidaciones y destrucción de propiedad constituyen elementos «aislados y puntuales», pero conforman un ambiente general enrarecido que alcanza al mundo del deporte, desde las agresiones a árbitros hasta el acoso en su domicilio al presidente del Athletic.

Estas manifestaciones de intolerancia se producen en un País Vasco con una historia todavía muy reciente de violencia terrorista, que el abandono de la actividad criminal de ETA cerró oficialmente hace quince años. Cuando Bingen Zupiria reconoce que «no ha desaparecido la falta de respeto a las personas», señala a la izquierda abertzale. A la incapacidad de sus dirigentes para condenar la larga etapa de asesinatos y extorsión de la banda, y a la decisión de plantear una evolución táctica indiferente a la deriva de sus nuevas generaciones en ámbitos como la UPV/EHU. La experiencia de la violencia no inmuniza a los individuos o a los colectivos a la hora de optar por el recurso más fácil y perverso para imponer los propios postulados o intereses.

La política, desde el conjunto de los partidos hasta las instituciones en las que nos representan, tiene que jugar un papel fundamental en la gestión de la pluralidad. Una comunidad como Euskadi no puede felicitarse del escaso arraigo de las propuestas autoritarias que sacuden el mundo si, a la vez, se deja contagiar de sus peores estrategias para arramblar con consensos como el que impulsa el euskera por el método de convertir al discrepante en enemigo. El imprescindible debate para salvaguardar la convivencia debe implicar a las familias e incidir durante la esencial etapa de formación educativa en favor del objetivo compartido de desterrar una ‘cultura de la violencia’ a la que precisamente le falta cultura.