Luis Ventoso-El Debate
  • Cualquier persona normal despejaría el rumor con una pequeña broma, él no, todo le sirve para zaherir y dividir

Es una pequeña anécdota que ya he contado alguna vez, pero igual resulta ilustrativo refrescarla. Hace tres años participé en una agradable reunión de trabajo con una docena de personas en un centro universitario. Al acabar, uno de los asistentes, lector ocasional de mis escritos, se me acercó en un aparte. Quería contarme algo que consideraba que debía conocer: «Lo traté en los tiempos del baloncesto y si entonces nos dicen que podría llegar algún día a presidente, no nos lo habríamos creído. Quiero que sepas que no era buena gente. Era un mediocre y un resentido, y el típico pelota con los fuertes que luego se metía con los débiles». El confidente parecía una persona tranquila y cabal. No puedo decir que lo que me contó me sorprendiese demasiado, pues encajaba con el personaje.

A comienzos de esta semana, un medio digital publicó que Sánchez había sido atendido en el hospital Ramón y Cajal por una dolencia coronaria. Varios medios, caso de este periódico, nos pusimos en contacto con la Moncloa para preguntar al respecto y sus portavoces nos aseguraron que el presidente no padecía enfermedad cardíaca alguna. No había por lo tanto noticia y no publicamos nada (aunque algunas fuentes siguen sosteniendo que lo que ocurrió fue que Sánchez notó una molestia, fue al hospital, lo chequearon y todo se quedó en una falsa alarma).

Un presidente normal habría despachado el asunto con una pequeña frase de desmentido tiznada con algún toque de humor. Sánchez, no. Un par de días después de que algunos medios recogiesen el desmentido monclovita, su inquilino ha sentido la necesidad de volver al asunto con un agrio mensaje en la red X (la de su odiado Elon Musk). El tuit que ha escrito resulta revelador de su psicología. En lugar de limitarse a señalar que está bien de salud y que no existe tal dolencia del corazón, lo que ha hecho es cebar su misiva de mala baba, con todos los clásicos de la casa. Escribe enojado que todo ha sido una maniobra de «la derecha y la ultraderecha», con su «máquina del fango». También aprovecha para hablar de «seudomedios», para decir que los partidos de la oposición trabajan siempre con «la mentira» y para acusarlos de «desmantelar los servicios públicos».

¿Qué se refleja? Pues lo de siempre: un personaje tóxico, que por naturaleza es incapaz de crear un clima constructivo. Su acción política se rige por el principio de fomentar la máxima división posible, pues considera que el único modo de salvar los restos de su nave radical es fomentando los odios ideológicos entre los españoles. Su psicología está siempre marcada por el resentimiento. No estamos ante una persona de naturaleza sana y franca, capaz de conceder una oportunidad incluso a sus adversarios. Estamos ante un resentido de métodos marrulleros, con una mala leche militante y una relación muy laxa con la verdad y el principio de realidad (manera finolis de definir a un mentiroso patológico).

Ni siquiera tiene ideología. Es un chico de familia bien, que disfrutó de una infancia y juventud burguesas y muy confortables, de veranos en el extranjero para aprender inglés, educación de pago y casa paterna en un buen vecindario. Luego, antes de ir de feminista, se benefició encantado del negocio del sexo de pago y vapor. Cuando disputó las primarias a Madina, encarnaba la opción más liberal y menos izquierdista del PSOE. Y probablemente era su talante real por entonces. Pero Sánchez es como un envase vacío, cuyo contenido se va definiendo a tenor de un único principio: el interés de su hipertrofiado ombligo. No hay más. Por eso ha llegado a la suprema abyección de pactar con la formación heredera de una banda que asesinó a centenares de españoles, incluidos algunos militantes de su partido. Ha facilitado la salida de la cárcel de los sicarios para comprarse su poltrona y cada vez que acude al Congreso se arrastra lisonjeando a una portavoz que en su día fue condenada por apología del terrorismo (una tipa que ahora tiene el cuajo de endilgarnos a los españoles que sufrimos su violencia unas repugnantes lecciones de falsa superioridad moral).

Parte del problema político que sufre España es en realidad de matriz psicológica. El corazón puede que le funcione como un reloj suizo. Pero también existen las enfermedades del alma, y ahí presenta achaques severos.