Gabriel Rufián presentó este miércoles, en la Sala Galileo de Madrid, su propuesta de frente de izquierdas.
La idea es sencilla sobre el papel: que cada partido se presente sólo en las circunscripciones donde tiene arraigo y que el resto se retire o se integre en «confluencias». ERC en Cataluña, EH Bildu en Euskadi, el BNG en Galicia, Más Madrid en la capital, Compromís en Valencia.
Un programa de mínimos (antifascismo, autodeterminación, dignificación de las condiciones de vida) y un grupo interparlamentario compartido en el Congreso. Eso es todo.
La ley D’Hondt, argumenta Rufián, tritura a las izquierdas fragmentadas. Si no se unen, las matarán políticamente por separado.
El diagnóstico es correcto. Las matemáticas lo avalan. Según diversas simulaciones, un frente unitario podría dar entre ocho y dieciséis escaños más a la extrema izquierda.
Pero el diagnóstico correcto no garantiza el tratamiento adecuado. Y lo que Rufián propone es una medicina que sus propios pacientes rechazan tragar.
Es probable, además, que esa medicina sea sólo homeopatía.
Las reacciones han sido contundentes. ERC, su propio partido, lo ha desautorizado. La secretaria general, Elisenda Alamany, ha sido tajante: «ERC se presentará en las cuatro provincias catalanas».
EH Bildu ha rechazado diluir su proyecto en una lista conjunta.
El BNG ha declinado.
Podemos ha dado un portazo. Ione Belarra ha advertido de que «si todo el planteamiento es de cálculo electoral, la conclusión al final será que hay que votar al PSOE».
IU se ha mostrado escéptica.
Los Comunes han recordado que ganaron a ERC en Cataluña en 2023.
La coalición que propone Rufián, en definitiva, tiene más vetos que apoyos.
La pregunta relevante no es si el proyecto es viable (no lo es), sino por qué ha recibido semejante cobertura mediática y, sobre todo, a quién beneficia.
La respuesta conduce directamente a la Moncloa.
En julio de 2025, fuentes gubernamentales reconocieron a la prensa que querían impulsar una lista conjunta a la izquierda del PSOE. La cita es reveladora: «Podemos y Sumar no se van a entender, pero tienen que entender que pueden ir en una lista conjunta y luego separarse».
No es un secreto, es una estrategia confesada. Algunos medios han publicado que las maniobras de Rufián «gustan en Moncloa».
El grupo PRISA le ha dedicado entrevistas, editoriales elogiosos y seguimiento diario.
Y ningún medio sanchista le concede ese espacio a quien perjudica al PSOE.
Los ditirambos son, además, obscenamente teatrales y tienen un objetivo evidente: halagar el ego de Rufián, que está a la vista de todo aquel que haya reparado en cómo el político de Santa Coloma de Gramanet se gusta a sí mismo en sus propias intervenciones.
La lógica sanchista es elemental. Todas las encuestas indican que con tres o cuatro candidaturas a su izquierda compitiendo entre sí, la reelección de Sánchez resulta matemáticamente imposible.
Porque PP y Vox superan los doscientos escaños en la mayoría de los sondeos. Y sólo una izquierda alternativa reunificada podría arañar los diputados que separan al bloque progresista de una hipotética mayoría de investidura.
El frente de Rufián no es un proyecto de la izquierda radical: es el salvavidas de Sánchez.
Pero el salvavidas tiene un precio que pagarán otros. Si la izquierda alternativa acepta el marco propuesto (renunciar a sus siglas, retirarse donde no domina, subordinar su identidad a una coalición dirigida por la lógica electoral), se convertirá en complemento funcional del PSOE.
Perderá autonomía. Perderá capacidad de condicionar. Perderá, a medio plazo, razón de existir.
La historia lo demuestra. Cada vez que el PSOE ha logrado un interlocutor dócil a su izquierda, lo ha devorado. Ocurrió con Errejón, que escindió Más País para acabar siendo irrelevante. Ocurrió con Yolanda Díaz, promocionada por la Moncloa como alternativa a Iglesias para terminar desaparecida.
El patrón es claro. El sanchismo no quiere socios, quiere comparsas.
Los intereses de Rufián y los de Sánchez convergen sin necesidad de conspiración. Rufián sabe que su carrera en Cataluña ha terminado. Junqueras no lo quiere de vuelta. La dirección de ERC lo margina.
Su futuro pasa por Madrid, y el frente de izquierdas es su vehículo personal.
Joan Tardà, verdadero ideólogo de la propuesta, le proporciona la cobertura intelectual. Moncloa, la mediática. Y Rufián pone el carisma televisivo.
Es una operación donde todos ganan, menos los partidos que deberían formar parte de ella.
Porque el frente, tal como lo concibe Rufián, conduce a un final inexorable. Que en la mayoría del territorio español, donde el PSOE es la fuerza dominante, los votantes de izquierda radical acaben engrosando las listas socialistas.
No hay generosidad en pedir a Podemos que se retire de Andalucía, a IU que desaparezca de Asturias o a Sumar que ceda Valencia. Hay cálculo. Y el cálculo siempre beneficia al más grande.
Rufián ha puesto nombre a un problema real. Pero la solución que ofrece no es un acto de lucidez estratégica. Es una operación que nació muerta porque sus destinatarios la identificaron de inmediato como lo que es: un intento del sanchismo de mantener vivo, a costa de los demás, lo único que le importa preservar. Su propio poder.