Jesús Cacho-Vozpópuli

La referencia del Consejo de Ministros del jueves 23 de diciembre sorprendió al personal con el rescate económico a varias empresas, entre ellas el Grupo Universo Pachá, dedicado al sector del ocio en Baleares, agraciado con 18 millones. El asunto tenía su gracia, porque no es fácil imaginar la importancia estratégica que para la economía española tiene el negocio de esas famosas discotecas, donde, entre otras cosas, suele proliferar la economía sumergida. Pero hete aquí que apenas cinco días después, y por virtud del aguerrido Agustín Marco, supimos que el grupo balear y GAT Inversiones, propiedad del ínclito Rosauro Varo, empresario de moda muy de la cuerda socialista (su madre es una exdiputada del PSOE andaluz), miembro del Consejo de Prisa y amigo personal del presidente Pedro Sánchez, con quien suele entrenar por los jardines de Moncloa, habían suscrito semanas antes un acuerdo para montar en Marbella «el mayor club de lujo de España», una especie de cabaret por todo lo alto, un restaurante espectáculo a todo tren en el que piensan invertir del orden de 25 millones. ¿Casualidad? El plato que se zampan los tontos para disfrute de los sinvergüenzas. Ahora ya sabemos las razones del rescate a Pachá, y quién ha hecho posible tamaña merced, o golfería, con dinero público.

El asunto viene a cuento de la afirmación realizada por Sánchez en la última rueda de prensa del año, celebrada el miércoles 29, en la que, a modo de resumen del ejercicio, el psicópata que nos preside aludió expresamente a la “regeneración democrática” como una de las conquistas o virtudes de su Gobierno. De modo que quienes creían que después del rescate de la aerolínea Plus Ultra, un escándalo que permanece en vía muerta sin explicación plausible, o más bien con la única explicación de que rescato a quien me da la gana, siempre y cuando el “premiado” sea amigo y/o conmilitón, este Gobierno se lo iba a pensar dos veces, estaban muy equivocados. Apenas unos meses después de lo del Plus Ultra, el Gobierno Sánchez rescata a las discotecas Pachá porque por medio están los amigos de Sánchez que lo hacen posible. De donde se colige que les importa un pimiento el qué dirán, los medios de comunicación, los tribunales de justicia y el lucero del alba. Y no hay que descartar que tras las discotecas llegue el rescate de las saunas gay. Están en el machito y se trata de medrar, que son dos días. Esta debe ser la superioridad moral de la izquierda y su voluntad de luchar duramente contra la corrupción.

El episodio de Pachá viene a retratar la miseria moral convertida en epidermis de un personaje que estos días cumple tres años y medio desde que el 1 de junio de 2018 ganara la moción de censura planteada contra el Gobierno Rajoy, y dos años justos desde que el Rey le nombrara presidente del Gobierno (7 de enero 2020) tras las elecciones generales de 10 de noviembre de 2019. Tres años y medio o los dos últimos, a elegir, en los cuales España no ha dejado de deslizarse por la pendiente inacabable, inabarcable, de una decadencia que parece no tener fin. Un país más pobre (la renta per cápita es ya similar a la de Chipre), más insignificante en la escena internacional, más endeudado, más crispado, más dividido que nunca en las clásicas dos Españas, con una democracia cada día de peor calidad, con el Estado de Derecho prácticamente desaparecido en regiones tan importantes como Cataluña, con la Justicia sometida al constante y obsceno tironeo de la política, y en el que cada día resulta más difícil imaginar un futuro de paz y prosperidad capaz de dar cobijo a una mayoría de españoles.

Un país con el Gobierno más débil de la democracia y el peor pertrechado técnica y políticamente para afrontar los desafíos del momento. Un Ejecutivo que ha cumplido con largueza lo que cabía esperar de él a tenor de los temblores del parto del que nació, aquella llamada desesperada de Sánchez a Pablo Iglesias la misma noche del 10-N de 2019 cuando, al final del recuento electoral, resultó que PSOE y Podemos habían perdido cerca de un millón y medio de votos y un buen puñado de escaños, y se hizo evidente que a ambos no les quedaba más solución que abrazarse cual náufragos a un Gobierno de coalición del que el arrojado Pijoaparte que nos preside había abominado hasta la extenuación (no podría dormir tranquilo) en la campaña electoral. Un Gobierno de socialistas y comunistas con apoyo parlamentario de lo mejor de cada casa, gente empeñada en acabar con el régimen del 78 y poner fin a la España constitucional. Nada bueno se podía esperar de semejante engendro. ¿Qué podía salir mal?

A decir verdad, poco nos pasa. Auténtico maestro en el arte de manipular la realidad y recrear ese paisaje de cartón piedra que sus medios amigos propalan con fruición, Sánchez aseguró el miércoles que “La pandemia no ha sido un freno sino que ha sido un acelerador de un gran proceso de modernización que está viviendo España, y uno de esos pilares es la regeneración democrática y por consiguiente la rendición de cuentas”. El delirio de un psicópata de libro, para quien la vida de los ciento y pico mil españoles que la pandemia se ha llevado por delante no significa nada. El mundo de ficción en el que vive este auténtico okupa del poder que, incapaz de gestionar con propiedad una simple junta de vecinos, abdica de su obligación como presidente a la hora de pilotar una tragedia nacional como la del Covid para endiñar la responsabilidad a las Comunidades Autónomas, presto a escurrir el bulto y temeroso de que un día el asunto pueda dar con él ante los tribunales de justicia.

Endosa la gestión de la pandemia a las CC.AA. y se lava las manos, dejando al personal presenciando perplejo y en primera fila al espectáculo inenarrable de 17 Estaditos adoptando por su cuenta medidas sanitarias distintas, 17 maneras de hacer frente a la variante Ómicron, 17 formas de interferir en la vida de los ciudadanos, 17 Tribunales Superiores de Justicia dispuestos a dar satisfacción al gran cacique regional en lo que no pasa de ser una nueva y sangrante demostración del fracaso de la actual división territorial del Estado. La pandemia ha permitido sacar a la luz las pulsiones autoritarias del personaje (dos sentencias del Constitucional en contra) a la hora de forzar la reclusión de la ciudadanía en sus domicilios. El daño a las libertades, saqueadas durante los dos últimos años por culpa de un confinamiento que no es otra cosa que un arresto domiciliario forzoso, ese arresto tradicionalmente reservado a cierto tipo de delincuencia. El confinamiento y el toque de queda o la suspensión de la libertad para ir y venir, la madre de todas las libertades, adonde a uno le dé la real gana. Fue Thomas Jefferson quien recordó que “quien sacrifica la libertad para ganar seguridad acaba perdiendo ambas cosas”. Cabe decir que esas medidas han gozado del aplauso de una amplia mayoría de la población, que se ha sometido resignada, a veces con gusto, al chantaje de los apóstoles del miedo: muchos profesionales de la medicina, gran parte de los medios y casi toda la clase política, con el Gobierno a la cabeza. Una demostración en vivo de esa servidumbre voluntaria sobre la que teorizó Étienne de La Boétie.

Es otra de las características de la época que nos ha tocado vivir: la mansedumbre, la infinita capacidad de la gente para aceptar cualquier atropello o barbaridad que salga de las sentinas de este Gobierno mendaz. Nada nos sorprende, nada es capaz ya de alterar nuestra resignación. Trasegamos en silencio cualquier sapo. Aceptamos con sumisión cualquier atrocidad. Cuentan las crónicas que el miércoles Sánchez solo admitió preguntas de medios afines (en concreto de la SER, El País, TVE, La Sexta, Efe y eldiario.es de Escolarcín), a pesar de que en la sala había más de 50 medios acreditados de distinto talante editorial. Si al inane Rajoy, tan aficionado al plasma, se le hubiera ocurrido una felonía semejante hubiera ardido Roma y varias provincias del Imperio. Sánchez sigue cavando trincheras. Es la realidad de un Gobierno que fía su estabilidad a la división de los españoles en dos bloques irreconciliables. Hace justo un año se dijo en esta misma columna que “España necesita con urgencia restañar las heridas de un país gravemente fracturado. Sería la primera petición que una sociedad responsable formularía al año que acaba de comenzar tras dar cerrojazo al dramático 2020. Acabar con la crispación, terminar con el frentismo, enterrar el rencor y poner fin a una polarización de la que nada bueno cabe esperar”. No solo no se ha iniciado esa operación sutura, sino que la fractura es más fuerte y sangrante que nunca.

En lo que atañe a mansedumbre y resignación pocos estratos sociales alcanzan hoy un virtuosismo comparable al de la clase empresarial. Véase, si no, el apoyo que la organización empresarial CEOE ha prestado a la reforma laboral (“planetaria”, Yolanda Díaz dixit) aparecida el jueves en el BOE. Nuestros empresarios estaban tan convencidos de que el Gobierno social comunista iba a hacer una escabechina, tan seguros de que al final no les quedaría más opción que tragarse el sapo, que la mini reforma de eternamente Yolanda les ha sabido a gloria y han corrido presurosos a endosarla. No el señor Garamendi, claro está, sino los patronos del Ibex que dicen a Garamendi lo que debe o no firmar. Al final, ha sido Bruselas, no nuestra irresponsable claque empresarial, quien se ha plantado, salvándoles del desastre que se avecinaba, dependiente como es la mayoría de la tarifa que regula Sánchez a través del BOE, o esperando como agua de mayo esos fondos de la UE con los que esperan tapar sus miserias, fondos que, visto lo de Plus Ultra o lo de la discoteca Pachá, será inevitablemente una merienda de negros donde florecerán las nuevas fortunas de los amigos de Sánchez.

Pero cualquier reforma o reformita que introduzca rigideces adicionales en una legislación laboral tan paternalista como la española, en el fondo tan franquista, es un disparate que tendrá su correlato a medio plazo en las cifras de paro. Y esta reforma las introduce, esta reforma empeora las perspectivas del mercado de trabajo. Nadie se atreve a decirlo, pero la dura realidad es que la única forma de reducir la temporalidad o acabar con ella consiste en bajar (bajar, sí, notablemente por debajo de los 33 días actuales) los costes efectivos del despido indefinido, los más altos del mundo desarrollado con diferencia, aunque sea a costa de subir los del despido temporal. El drama de la economía española no es tanto la tasa de paro, que también, como la tasa de empleo, es decir, el cociente de dividir la población ocupada entre la activa o en edad de trabajar. Resulta que ese cociente es de los más bajos del mundo, lo que equivale a decir que nuestra economía da empleo a poca gente, es incapaz de ofertar el empleo que reclaman las nuevas generaciones, algo que no arregla una reforma que deja el mercado laboral en peor situación que la que tenía tras la de 2012. Señores de CEOE, han hecho ustedes un pan como unas tortas.

Por lo demás, volver otra vez a la prevalencia de los convenios sectoriales sobre los de empresa o a su ultraactividad es dar más poder a esas mafias sindicales que viven a costa del Presupuesto y que se han convertido en la guardia de corps de Sánchez encargada de mantener la paz en la calle, libre de huelgas y manifestaciones contra este Gobierno corrupto benefactor de sus amigos. Todo lo que sea menester para “durar”, el faro que rige el día a día de este aprendiz de sátrapa dispuesto a seguir pagando a sus socios parlamentarios, rufianes y demás familia, lo que estos tengan a bien pedirle por mantenerle en el poder. Unos socios que hoy son los primeros interesados en defender la continuidad en Moncloa de este gran depredador del futuro de España.

El espectáculo que ofrece el país en este principio de año desprende el aroma inquietante de la tierra quemada, y no tanto por la realidad inapelable del peor Gobierno de la democracia, de su falta de capacidad intelectual y técnica, de su incorregible sectarismo, para dirigir un país complejo de 47 millones de habitantes, sino por la ausencia de una alternativa clara en la oposición. El empeño del dúo Pablo CasadoTeodoro García Egea por acabar, cueste lo que les cueste, con la figura de Isabel Díaz Ayuso –sin duda la española del año- es uno de esos espectáculos de ceguera y estulticia política que será recordado por mucho tiempo. El daño que a su propia imagen se está procurando el líder palentino es difícilmente reparable a estas alturas. Hoy resulta complicado encontrar un solo español de centro derecha medianamente liberal que entienda, Pablo, lo que estás haciendo. Es muy posible que, más pronto que tarde, llegues a ser presidente del Gobierno, entre otras cosas por consunción del contrario, pero se antoja complicado que lo puedas ser en contra de Ayuso y sin los votos de VOX, ese partido al que en Génova os empeñáis en ignorar cuando no denigrar. De sentido común.

Pensar que el 22 pueda ser el año del apaciguamiento y del fin de la crispación es ilusión propia de brindis navideño. España es víctima de profundas divisiones sociales, territoriales, generacionales, ideológicas y culturales. Presunta víctima indefensa de nacionalismos reaccionarios consentidos, cuando no alentados, desde el Poder. El “procès” ha muerto por agotamiento, pero “el Proceso” de liquidación de la España constitucional está más vivo que nunca y cuenta con liderazgo nuevo. Ahora lo encabeza la propia Moncloa, y de ahí el interés del personaje por controlar jueces y cambiar leyes. Como escribe Álvarez de Toledo en su reciente éxito editorial refiriéndose al indulto a Junqueras y compañía: “Lo que buscan ustedes es la amnistía, la de los sediciosos y la de sus cómplices, la amnistía de ustedes”. El tejido existencial del país está muy dañado, como la urdimbre de valores compartidos capaz de soportar una convivencia en paz. Nada sigue pareciendo tan importante como desalojar cuanto antes de la Moncloa al narciso que nos preside en orden a minimizar en lo posible los daños causados. Con la Justicia sometida a constante asedio, y el rey Felipe vivaqueando por los meandros de su incertidumbre (triste mensaje a ras de suelo el suyo de Navidad), el último parapeto frente al viaje a ninguna parte del populismo rampante de izquierdas que padecemos es la Unión Europea, el último burladero, la única barrera para impedir la desintegración del Estado.

Con los PGE para 2022 recién aprobados, parece que a la España liberal solo le queda rezar, quien quiera o crea, y soportar un par de años más de degradación. Ajo y agua. Sánchez tiene por delante, sin embargo, dos elecciones parciales este año que podrían hacerle mucha pupa, su respaldo ciudadano reducido a la mínima expresión, su Gobierno temblando con una minoría de apoyos tan escandalosa que sería un milagro que resistiera. Hay, además, en el horizonte del 22 otro asunto de gran importancia, como es la decisión del BCE, la sonda que hoy mantiene conectada nuestra economía a la vida, de empezar en primavera a recortar los programas de compra de deuda soberana. La obligación a la que podría enfrentarse pronto nuestro Tesoro de salir al mercado a colocar parte de la deuda, podría suponer elevar el diferencial español respecto a Alemania a niveles difícilmente soportables a medio plazo, poniendo al descubierto el edificio de cartón piedra que hoy oculta el pobre andamiaje de nuestro apuesto príncipe de las tinieblas. Ese será el momento en que la realidad podría empezar a imponer su diktat. Año duro, pues, por delante, uno más, pero posiblemente también muy interesante. Hay esperanza. Salud y Constitución para los lectores de Vozpópuli en este recién estrenado 2022.