Editorial-El Español

Pedro Sánchez ha elegido a Carlos Cuerpo como vicepresidente primero y a Arcadi España como ministro de Hacienda para cubrir el vacío que deja María Jesús Montero camino de Andalucía.

El mensaje de fondo es demoledor para el PSOE: el presidente comunica a su propio partido que, a su juicio, ningún cuadro socialista está hoy a la altura de su persona.

Cuerpo no es militante socialista y ha construido su carrera en la alta función pública y en los despachos comunitarios, no en las agrupaciones ni en las federaciones.

A Cuerpo se le suele presentar como un economista solvente, sosegado, el «ministro menos político» del Gabinete: el tipo de perfil que uno espera ver al frente de un banco central o de una dirección general de la Comisión, no necesariamente en la cúspide de un partido socialdemócrata.

Arcadi España, por su parte, procede del socialismo valenciano de Ximo Puig, con fama de gestor discreto y continuista, más identificado con la prudencia presupuestaria que con cualquier audacia ideológica.

Dos tecnócratas de manual para pilotar el corazón económico del Gobierno.

El contraste con la tradición socialista es evidente, a pesar del precedente de Nadia Calviño. Durante décadas, las vicepresidencias y los ministerios de peso eran la culminación de largas carreras orgánicas: líderes forjados en juventudes, congresos y batallas internas.

Hoy, el número dos del Ejecutivo sale del casting personal de Sánchez, no de las urnas internas del PSOE. La señal a la militancia es inequívoca: el carné ya no es la vía natural hacia la cúpula; lo decisivo es la confianza del presidente.

Este giro no es un accidente, sino la consecuencia lógica de un proceso de presidencialización y de fagocitación del partido que viene de lejos. Sánchez se impuso a sus barones, derribó a la gestora que le había defenestrado y ha ido desactivando uno a uno a los líderes territoriales que podían hacerle sombra.

Las filtraciones en las que insta a «marcar» a los críticos y un partido convertido en páramo interno no son meras anécdotas: son el método de gobierno.

En ese contexto, elevar a un independiente a la vicepresidencia no es sólo una opción técnica; es un gesto político que relega al PSOE a papel de comparsa disciplinada.

Al mismo tiempo, la remodelación responde a una lógica de reposicionamiento en el tablero nacional. Tras agotar la agenda más ideológica (amnistía, pactos plurinacionales, ampliación del «escudo social») y tras fagocitar el espacio de Sumar y Podemos, Sánchez entiende que su horizonte ya no está a la izquierda, sino en el centro.

Ahí encajan Cuerpo y Arcadi España: como rostro de moderación económica, estabilidad y diálogo con Bruselas, destinados a tranquilizar a las clases medias urbanas y a los socios europeos.

La secuencia lo confirma. La crisis de Gobierno llega tras el choque por el decreto anticrisis derivado de la guerra de Irán, que ha obligado a dividir el paquete de medidas por las exigencias de Sumar y dejado la imagen de un Ejecutivo desordenado y sometido a presiones por su flanco izquierdo.

La respuesta es el cierre de filas en torno a tecnócratas de confianza directa y la recentralización del mando económico en Moncloa. El mensaje al votante templado es: a partir de ahora, menos ruido y más contabilidad.

Sumar es el gran damnificado de la operación. Pierde a una interlocutora política como Montero y se encuentra frente a un tándem Cuerpo-España mucho menos permeable a sus demandas y mucho más alineado con los parámetros de estabilidad presupuestaria que exige Bruselas.

Pero Sumar carece de músculo para romper: sus amenazas de abandonar el Gobierno se han demostrado retóricas en cada crisis y sus dirigentes saben que unas elecciones anticipadas serían, probablemente, su certificado de defunción.

Sánchez puede, por tanto, permitirse el lujo de ignorar sus gestos de protesta porque da por garantizado ese voto y porque el coste de «tragarse» cualquier decisión (como ha hecho ya de hecho Yolanda Díaz, que llegó a calificar de «mala persona» a Cuerpo) es, para Sumar, menor que el de cumplir sus propias advertencias.

En paralelo, la elección de perfiles desideologizados es una señal a Junts y al resto de socios nacionalistas. La economía se presenta como terreno de gestión profesional, no de batalla simbólica.

Cuerpo y España no arrastran historia propia en el conflicto catalán ni son emblemas de la izquierda estatal; eso facilita que Junts pueda seguir negociando decretos, presupuestos o financiación sin pagar peaje identitario ante su electorado.

Para un independentismo que se mueve en clave transaccional, un Gobierno tecnocrático vulnerable pero previsible es el socio ideal.

El resultado es un paisaje peculiar: a la izquierda, un espacio de Sumar y Podemos ya colonizado, sin fuerza para desmarcarse.

En el centro, un presidente que se envuelve en la bandera de la moderación económica y de la responsabilidad europea.

En la periferia, unos socios nacionalistas con margen para elevar el precio de su apoyo sin cargar con la culpa de la inestabilidad.

El PSOE, entre tanto, asiste desde la grada a un reparto del poder en el que su factor orgánico pesa cada vez menos.