Editorial-El español

Pedro Sánchez ha visitado este jueves por primera vez el puerto de Arguineguín.

Lo ha hecho coincidiendo con la visita del Papa León XIV. No en 2020, cuando al muelle llegaron más de 2.600 inmigrantes ilegales hacinados en condiciones que convirtieron el lugar en el «muelle de la vergüenza».

La alcaldesa de Mogán, Onalia Bueno, remitió entonces varias cartas a la Moncloa solicitando la presencia del presidente. No obtuvo respuesta. Sánchez ni siquiera pisó Canarias durante aquellos meses críticos.

Ha tenido que poner el pie allí el Papa León XIV para que el presidente del Gobierno descubriera, de pronto, que la isla existía en el mapa.

Pero Sánchez ha aprovechado su momento de gloria. Ha posado sosteniendo en brazos a Mama Usati, una bebé de cuatro meses hija de inmigrantes llegados en patera. Sánchez ha intentado así imitar los gestos del Pontífice, que suele bendecir niños de forma espontánea durante sus viajes.

No es un detalle menor. Sánchez ha elegido el bebé migrante, el puerto simbólico y el momento exacto en que las fotografías del Papa circulaban de forma masiva. El resultado es una escenificación calculada que intenta asociar su imagen al halo moral de León XIV.

El contraste resultará profundamente incómodo para cualquier persona con un elemental sentido de la vergüenza ajena. Un político que se ha presentado reiteradamente como laico y que ha mantenido distancias públicas con la Iglesia recurre ahora a la iconografía religiosa cuando le conviene.

La «bendición» laica de un bebé migrante en Arguineguín sirve para humanizar una gestión migratoria que, precisamente en Canarias, ha evidenciado la doble moral del Gobierno: beligerante dialécticamente, allí donde le sale gratis, e inoperante, cuando no indiferente, en la realidad.

La foto de Sánchez no es la de un gesto espontáneo de empatía. Es una operación de imagen que utiliza el tirón mediático y emocional de la visita papal para paliar, al menos en parte, su rápido desgaste político.

El timing lo delata todo. Sánchez no apareció cuando el problema era grave y visible. Aparece ahora, cuando el problema se ha convertido en oportunidad narrativa gracias a la visita del Papa. La alcaldesa de Mogán lo ha expresado con claridad: Sánchez ha llegado tarde, cuando ya no había crisis que gestionar, sólo cámaras y un Pontífice dispuesto a dignificar el lugar.

Los vecinos que vivieron aquellos meses de hacinamiento tampoco han ocultado su malestar.

Este episodio no es ninguna excepción a una regla de impecable comportamiento y rigurosa institucionalidad. Forma parte de un patrón reconocible. Sánchez busca siempre desesperadamente insertarse de forma artificial en cualquier relato positivo (ya sea el de una emergencia, el de una institución o el de una figura con autoridad moral) para convertirlo en propaganda personalista.

El foco se desplaza entonces de la crisis, o de las víctimas, hacia su persona.

En este caso, el hecho es la visita de un Papa a Canarias y el drama migratorio que sigue abierto.

La foto, sin embargo, habla más de estrategia que de presencia real.

El resultado es un ejercicio de oportunismo. Utilizar la visita papal para blanquear una gestión controvertida, apática e indiferente, transmite desprecio tanto hacia el momento como hacia quienes lo padecieron cuando nadie del Gobierno central quiso ver el muelle, a los inmigrantes o a los ciudadanos que sufren las consecuencias de una inmigración caótica, descontrolada y para la que no existe plan de futuro alguno.

Sánchez ha demostrado que encuentra el camino a Arguineguín cuando hay un Papa de por medio. Cuando sólo había migrantes hacinados y cartas sin respuesta, el camino era invisible a sus ojos.