Editorial-El Debate
- El Gobierno no puede transformar la memoria en una herramienta sectaria para demoler la convivencia y la democracia
La descodificación de documentos históricos siempre es, sobre el papel, una buena costumbre. Permite conocer y reconstruir mejor el pasado, con el riesgo de que condicione un presente ya muy distante con respecto a los hechos revelados.
Una sociedad madura, con unas instituciones solventes y unos dirigentes decentes, no debe tenerle miedo a nada, y mucho menos a su memoria. En ese sentido, desclasificar legajos del 23-F podría ser una buena noticia, aparte de que con ello se cumple con la legislación vigente.
El problema es quién lo hace, cuándo y para qué, tres preguntas que estando de por medio Pedro Sánchez, un sectario desesperado en su agonía política, tienen necesariamente una respuesta inquietante.
Porque la manipulación de la memoria ha sido una de sus banderas más personales, en una versión maniquea y frentista con dos objetivos lamentables: resucitar la idea deplorable de las dos Españas enfrentadas e irreconciliables, como método para movilizar a sus seguidores potenciales; y borrar el pasado de sus aliados, marcado por el terrorismo, la ruptura y el delito.
La propia portavoz del Gobierno delató las intenciones de Sánchez en una delirante intervención en la que justificó este paso por la necesidad de ilustrar a los jóvenes que cantan canciones fascistas. Y lo remató la vicepresidenta acusando al PP de querer encubrir hechos de aquella época, en la que ni siquiera existía.
Toda España sabe lo que pasó aquel 23-F, es consciente del brillante papel del Rey Juan Carlos y sabe, también, que la principal amenaza para la neonata democracia fue ETA, cuyos herederos políticos son ahora socios decisivos para Pedro Sánchez. Sin los votos de Otegi, simplemente él no sería presidente.
Todo ello prefigura, en fin, un relato peligroso que ojalá el líder socialista no se atreva a lanzar, aunque las señales ya son inquietantes: el de dudar de la legitimidad del sistema nacido en 1978 y proponerle a la sociedad un dilema deleznable sobre el modelo institucional imprescindible para librar a España de una inexistente amenaza reaccionaria.
Sánchez ha dado sobradas muestras de su desprecio por la historia, de su dialéctica guerracivilista y de su apuesta por el choque. Que esta decisión no sea otro paso en esa repudiable dirección es algo imposible, ahora mismo, de garantizar.