- Como hace nada, porque no gobierna, sus portavoces nos anuncian que va a dedicar este año a ir a degüello contra las comunidades que gobierna el PP
Al estilo de las satrapías más acendradas, en España contamos con un periódico de referencia del régimen, donde se van contando por adelantado las intenciones del venerado líder supremo. Nuestro particular Pravda cerró el año anunciando que el proyecto de autócrata ha exigido a sus ministros que se fumen el Congreso y cuelen como reglamentos «propuestas sociales». Y ahora, el diario oficialista inicia enero anunciándonos que el presidente «busca un golpe de efecto para afrontar un difícil 2026» y «evitar otra debacle electoral».
¿Y en qué consistirá este sonado «golpe de efecto» de Sánchez? ¿Se tratará del estreno mundial de una nueva ópera del maestro David Azagra, émulo de Shostakóvich salido también de San Petersburgo? ¿Se tratará de Don Pedro haciendo un cameo en un vídeo de Bad Bunny dentro de su intensa campaña para dar la chapa a los jóvenes a través de TikTok? ¿Recuperará a Ábalos y Cerdán, los dos pensadores que le ayudaron a llegar al poder? ¿Se presentará como candidato para las primarias de Hamás?
El misterio ha sido finalmente desvelado por los avezados politólogos del Pravda: el gran «golpe de efecto» consistirá en que Sánchez buscará «el choque político» y se convertirá en el nuevo líder de la oposición con una campaña a degüello contra los gobiernos autonómicos del PP.
Dado que el personaje es políticamente un pato laqueado –que ya no cojo, como llama la jerga estadounidense a los presidentes de salida–, todo esto del «golpe de efecto» provoca una sonrisa irónica (o incluso una risita). Pero en realidad es un asunto grave, porque refleja de nuevo una de las estrategias distintivas y nocivas de Sánchez: embarrar la cancha todo lo posible, encabronar a los españoles unos contra otros, dividir a la sociedad y dinamitar puentes.
Es ley de vida en las organizaciones políticas: siempre que el líder empieza a oler a pretérito, la parroquia comienza a rajar. En el PSOE ya se ha abierto esa espita, y es imparable. Cada vez habrá más filtraciones y menos respeto hacia el gran timonel. El año que empieza discurrirá por tanto con un goteo de escándalos en el Gobierno y el PSOE, que el poder intentará opacar zurrando a saco desde sus televisiones a los mandatarios regionales del PP. Sánchez y Bolaños tocarán el cornetín e Intxaurrondo, Fortes, Ruiz y los ministros de la ganadería embestidora de los Óscar subirán todavía más su desmedido nivel de agresividad.
El sanchismo va a morir matando. Escucharemos todo tipo de burradas guerracivilistas. ¿Le servirá de algo? No, porque la distancia a favor de la derecha que hoy marcan las encuestas no tiene vuelta atrás, salvo algún ensalmo de magia bolivariana en el recuento (y vamos a suponer que España es el primer mundo todavía y esas cosas aquí no pueden pasar, aunque cunde la sensación de que cierta persona no tendría reparos morales en hacerlo). Tampoco le va a ir nada bien al PSOE en las autonómicas, donde asistiremos a sendos pepinazos de Marisu y Pili Alegría.
El gran «golpe de efecto» de 2026 se traducirá, por lo tanto, en unos meses de sobredosis de propaganda, soportando a un Sánchez salido de sus casillas. Luego, algún día, se abrirán las urnas para las generales. Acto seguido, una vez perdida la Moncloa, comenzará la implosión del PSOE, que ha hecho sus méritos para ello.