Amaia Fano-El Correo

Gracias a Trump, la política exterior española ha entrado en una fase declarativa. Basta escuchar a Pedro Sánchez en su reciente viaje a China. Sus discursos no responden solo al interés de diversificar mercados, sino al intento, o la necesidad, de aprovechar la baza que le brinda la enloquecida administración estadounidense para reinventarse como líder de la izquierda global, ahora que va dejando de ser profeta en su tierra.

Siempre dispuesto a «hacer de la necesidad virtud», el marido de Begoña, hermano de David, discípulo de Zapatero y mentor de Abalos, Koldo y Cerdán se propone liderar a lo grande, actuando como dinamizador de un movimiento que aspira a redefinir el orden mundial y a desplazar el centro de poder del eje occidental hacia China y los países del «sur global» con el pretexto del multilateralismo. ¡Ahí es nada!

Y aquí procede introducir un matiz decisivo, porque Sánchez no actúa solo como presidente de España cuando insta a Occidente a «renunciar a sus cuotas de representación en instituciones internacionales», desde Pekín; o cuando insiste en que «Europa debe estrechar sus alianzas con el gigante asiático». Lo hace también como presidente de la Internacional Socialista, organización que lleva años intentando recomponer su red de influencia en el escenario europeo, donde la socialdemocracia ha perdido peso.

El acercamiento de su actual líder a un régimen de partido único como el de China, que está muy lejos de cumplir con el derecho internacional (que se lo pregunten a vietnamitas, taiwaneses y filipinos), busca recuperar ese espacio mediante vínculos económicos y alianzas comerciales que refuercen una nueva arquitectura multipolar, donde la superpotencia amiga y aliada de Putin desempeñe un rol protagónico.

La España de Sánchez se ofrece así como bisagra «para abrir la puerta de los comunistas a Europa», como advierte el opositor chino Yuan Lee que denuncia las «amistades peligrosas» del líder del PSOE con el que ha sido un rival sistémico de Occidente.

El argumento que se esgrime para ello es que el nuevo orden ya no se organiza en alianzas rígidas, sino en redes flexibles, donde los intereses geopolíticos están por encima de los reparos tradicionales. Pero, en política exterior, cada gesto legitima una visión del mundo. Y lo que Sánchez persigue es claramente normalizar un nuevo marco internacional y europeo donde los preceptos liberales pierdan peso.

En su discurso anti-Trump, dice querer priorizar la autonomía estratégica de Europa frente a Estados Unidos. Pero su aproximación al gigante asiático sugiere más bien la intención de sustituir una dependencia por otra. Sirva de ejemplo el caso de la propia España, cuya balanza comercial desde su llegada al Gobierno favorece de calle a los chinos.

La cuestión no es si España o Europa deben relacionarse con ellos, sino desde qué posición estratégica hacerlo. Y cuando el promotor de ese acercamiento preside una organización global ideológicamente afín al régimen de Xi Jinping, ya no se trata de interés comercial, sino de alineamiento político.