- Al fraude de gobernar sin presupuestos ni mayorías ni votos se le añade el bochorno de arrancar ya su penitencia judicial
Dentro de unas horas comenzará en el Tribunal Supremo el juicio contra José Luis Ábalos y Koldo García por algunos de los muchos delitos de los que son sospechosos y que se resumen en su intermediación, a cambio de comisiones, para que varias comunidades autónomas y ministerios dirigidos por el PSOE les comparan toneladas de mascarillas, en plena pandemia, a unos empresarios poco duchos en la materia pero muy bien relacionados con la cúpula socialista. Mientras la gente se moría y no se podía ni enterrarles en familia, ellos hacían negocio.
En pocas semanas, antes del verano, veremos así la primera sentencia, pero no la última: poco después será el turno del hermano del presidente, a no mucho tardar el de Begoña Gómez y, a lo largo del próximo año, irá evolucionando la instrucción de un ramillete eterno de casos que, de una forma u otra, toca a Pedro Sánchez por la naturaleza de los investigados, todos de su núcleo político y familiar más próximo.
A la cercanía se le añade otro hecho ya incontrovertible: todas las tramas se relacionaban entre ellas con los mismos o parecidos protagonistas y ninguna hubiera prosperado de no contar con el visto bueno y la firma del propio presidente o de alguno de sus más ilustres colaboradores: material sanitario, rescates, obra pública, licencias de hidrocarburos, cátedras, enchufes, energías renovables y contratos de toda laya tienen en común que fueron posibles gracias a Pedro Sánchez, bien directamente, bien por alguno de sus protegidos.
Y están hermanados también por la evidencia de que en el origen había un socialista, con carné o sin él, dispuesto a participar o a auxiliar a la trama, más allá de cuál sea en estos momentos su presencia en los distintos sumarios: Ángel Víctor Torres, por ejemplo, no está aún imputado en ninguna causa, pero todos le hemos podido ver en informes de la UCO acelerando a la desesperada, sin respeto por los procedimientos administrativos, los pagos a una de las sucursales de esta auténtica mafia.
Que Sánchez haya respondido a todo, por sistema, con la secuencia de primero lo niego, después me hago la víctima de una conspiración, más tarde intento legislar contra quienes lo denuncian y por último, cuando las evidencias son ya incontestables, tildo a los corruptos de «lobo solitario» y presumo de respuesta enérgica; solo confirma que él ha sido el cómplice por acción u omisión de todo y además el beneficiario como poco político de los responsables de todas las andanzas.
Porque en Ábalos, Cerdán y Koldo se resume toda la trayectoria política de un indeseable capaz de, en las mismas horas en que su mujer debía estar delante del juez Peinado para comunicarle su futuro inmediato por cinco delitos indignos de una inquilina de la Moncloa, llevársela de vacaciones a un palacio y pasarle la factura a los contribuyentes, una chulería descriptiva de la catadura del mismo personaje que vivió y muy bien de los negocios de su suegro proxeneta y luego iba proponiendo la abolición del oficio más antiguo del mundo, justo después del de corrupto.
En esos tres nombres están las primarias del PSOE, cada vez más sospechosas de amaño; la moción de censura espuria negociada con todos los enemigos de España con el único objetivo de debilitarla a cambio de alimentar el triste ego de un Narciso de saldo; y la última investidura del perdedor, intercambiada por el sometimiento de la Constitución al dictado de quienes simplemente quieren anularla.
A la factura institucional demoledora que supone mantener en la presidencia a un kamikaze sin presupuestos y sin mayoría, en claro fraude político y en modo «okupa», se le suma desde este martes la penal con los arquitectos de su carrera en el banquillo y una certeza: a todos les protegió y patrocinó en la misma medida en que ellos lo hicieron con él.
Y de todos se lucró, ya veremos si no solo políticamente. En realidad, esa es ya la única gran duda de esta etapa negra de la reciente historia de España que aún no ha terminado. Queda probablemente lo peor.