- En Sánchez no hay principios éticos y morales para posicionarse contra una guerra que nadie quiere ni apoya, salvo los fabricantes de misiles, como no apoyamos la maldad o la tortura, sino puro tacticismo político
Un ‘aliado accidental’ es una persona que apoya, defiende o favorece a otra persona o a un grupo o causa específica de manera involuntaria, no planificada y, desde luego, sin intención directa de hacerlo, que es lo que hace Trump con Sánchez, que sin proponérselo y nada más lejos de sus intenciones, se ha convertido en su mejor jefe de campaña electoral cada vez que lo cita, critica y arremete contra España.
Sánchez ha entendido que, ejerciendo de némesis europea de Trump, como le define Financial Times, se ha ganado el aprecio de las izquierdas patrias y foráneas hasta encumbrarlo como el único dirigente europeo que discrepa y se enfrenta al presidente estadounidense abiertamente, sin ambigüedades ni contemplaciones, aunque esa estrategia claramente electoralista que ahora sigue en el conflicto de Irán, perjudique a los intereses de España.
Si alguien tiene mano en la Casa Blanca, debería advertirle a Trump que no entre más al trapo de las provocaciones de Sánchez y las ignore. Las invectivas de Trump contra Sánchez producen un efecto contrario al que persiguen. Cuanto más le ataca, menos le desgasta políticamente entre los suyos y más incrementa su ego el narcisista de la Moncloa. Su pacifismo impostado del ‘No a la guerra’, apelando a un eslogan tan simplista como quien dice no a la pederastia o al cáncer, evidencia que ha encontrado en la guerra de Irán y su confrontación con Trump una oportunidad y un balón de oxígeno inesperado para intentar recuperarse de sus reprobables decisiones de gobierno, de las negligencias lamentables en las que ha incurrido sin asumir responsabilidades y, de paso, amortiguar el ruido y desviar temporalmente la atención sobre los escándalos de corrupción familiar, de partido y de Gobierno que le cercan.
El enfrentamiento actual con Trump no es ajeno a la última foto de familia de los aliados de la OTAN en la que Sánchez hizo de niñato contrariado y bitongo, posando casi fuera de plano y en una esquina, para escenificar su desacuerdo con el incremento en el gasto militar de la Alianza que, previamente, sin embargo, todos los socios atlántico incluido él, habían acordado y rubricado. También Sánchez aceptó aumentar la inversión en Defensa hasta el 5 % del PIB de España en 2030, aunque tras abandonar la reunión y para no contrariar a sus socios comunistas de Sumar, declarara en público su desacuerdo. Ahí se «jodió» el Perú. Trump y los aliados europeos advirtieron entonces lo poco leal y nada fiable que es Sánchez, incompatible con la verdad y decididamente irresponsable.
Esto explica el porqué, no siendo Sánchez el único presidente de Gobierno europeo que ha cuestionado el ataque a Irán, también lo han rechazado la italiana Meloni y el británico Starmer pero sin regodearse en la suerte y pasárselo por el morro a Trump, el presidente estadounidense haya arremetido particularmente una y otra vez contra Sánchez y amenazado solamente a España con embargos y sanciones comerciales, y no a Italia y el Reino Unido. Sánchez ha instalado además en Washington la impresión de que los españoles somos unos gorrones aprovechados que nos beneficiamos de pertenecer a un club defensivo como la OTAN, sin contribuir solidariamente a su mantenimiento y que damos la espantada cuando vienen mal dadas. En este contexto y de manera irresponsable y conscientemente, por razones de conveniencia política personal y partidista y sin medir las consecuencias, se ha enfrentado otra vez a Trump, en vez de optar por la real politik con una posición versallesca y contenida, como han hecho Meloni y Starmer, contra el ataque. De haberlo hecho así, claro está, no sería Sánchez.
Asesorado por su factoría expendedora de tácticas y estrategias ajenas a los intereses nacionales pero muy rentables para los suyos personales, ha preferido buscar la gresca y el enfrentamiento directo con el presidente norteamericano, en la creencia de que desempolvando la pancarta del ‘no a la guerra de Trump’ le beneficia electoralmente, por más hipócrita y cínico que resulte un posicionamiento que la realidad ha impugnado con el envío a la zona de conflicto de la fragata mejor dotada en equipamiento tecnológico, militar y armamentístico, de nuestra Armada. Un envío que se ha hecho, por cierto, incumpliendo la ley de Defensa Nacional y al margen del Congreso, que no lo ha autorizado y que tampoco ha debatido sobre la posición del Gobierno respecto a esta guerra de la que Sánchez dice estar en contra, pero participa en ella. Para evitar, precisamente, abordar esa contradicción, margina al Parlamento y se conduce como un autócrata.
La explicación del Gobierno para justificar que la presencia de la fragata ‘Cristobal Colón’ obedece a una misión de defensa y no de ataque, escoltando al portaaviones francés ‘Charles de Gaulle’, junto al hecho de que los aviones de combate y apoyo logístico estadounidenses aterricen y despeguen de Rota y Morón con destino a otras bases próximas a la zona de conflicto, confirman la implicación de España en la guerra por más eslóganes y pancartas que quieran desplegar. Tampoco España invadió ni atacó Irak en 2003. La misión de nuestro Ejército entonces ni siquiera fue defensiva, como la justifica ahora la ministra de Defensa, sino de apoyo humanitario, pero eso no evitó la feroz campaña que el PSOE y la izquierda instrumentalizaron contra Aznar por apoyar y meter, según sus consignas, a nuestro país en un conflicto bélico en el que no disparamos ni salvas. Sin embargo, las elecciones de 2004 no las perdió el PP por la guerra, dado que las encuestas le daban la victoria a Rajoy frente a Zapatero, sino por los terribles atentados de los trenes el 11-M.
Sánchez no lo considera así y ha recuperado la pancarta del ‘no a la guerra’ y exacerbado su enfrentamiento con Trump en una estrategia que pretende establecer un paralelismo entre aquel conflicto bélico y el presente para movilizar nuevamente a la izquierda ante un hipotético adelanto electoral. En Sánchez no hay principios éticos y morales para posicionarse contra una guerra que nadie quiere ni apoya, salvo los fabricantes de misiles, como no apoyamos la maldad o la tortura, sino puro tacticismo político que acabará teniendo, en esta ocasión, el mismo recorrido que un vuelo gallináceo si Trump se convence e ignora a Sánchez y deja de ser su «aliado accidental» e involuntario jefe de campaña.