Fernando Navarro-El Español
  • Tenemos un problema, pero no tanto por los gobernantes como por los gobernados, que no acaban de pillar los requerimientos básicos de una democracia.

La culpa, según Montesquieu, es del clima: «cuando nos acercamos a los países (sureños), uno puede creer que se va alejando de la moral misma».

La libertad es incompatible con el buen tiempo, decía, y no crece donde florece el naranjo, estableciendo así una misteriosa correlación inversa entre la democracia y la vitamina C.

Y es que a los pensadores siempre les ha intrigado que unos países prosperen, mientras que con otros no hay manera.

Otros, más adelante, intentaron encontrar el secreto del éxito en la raza, cuanto más aria mejor, y la cosa fue aún peor.

En 2012 Acemoglu y Robinson defendieron una tesis alternativa en su libro Por qué fracasan los países: lo hacen en función de la calidad de sus instituciones.

No es por el clima ni por la ignorancia de sus gobernantes. Es por las instituciones.

Ponían, además, ejemplos inapelables: Corea del Sur y del Norte, y las Alemanias Federal y Democrática. Es decir, experimentos de laboratorio en los que un mismo país, dividido arbitrariamente en dos, ha visto cómo una parte progresaba y la otra se hundía por implantarse en ellos instituciones diferentes.

A pesar de tener la misma raza y provenir de la misma cultura.

Con instituciones se referían a la arquitectura legal, política y económica de un país: leyes y constituciones, sistemas electorales, seguridad jurídica, contrapesos al poder político, imparcialidad del sistema judicial…

Pero también, al mayor o menor respeto a la propiedad privada, a la existencia de incentivos a la innovación, a que los mercados sean abiertos o cerrados, y a la correlación entre cercanía al poder y éxito económico.

Esto último es muy importante porque, si se produce una contaminación política de la actividad económica, se genera un ecosistema viciado en el que sólo brotan instituciones extractivas, es decir, las de ÁbalosKoldo y Plus Ultra.

Que se implanten unas u otras instituciones determina que se genere una espiral virtuosa (instituciones inclusivas-crecimiento-refuerzo del pluralismo) o viciosa (instituciones extractivas-concentración de poder y riqueza-estancamiento y pobreza-bloqueo del cambio).

Supongo que la meticulosa colonización del poder por parte de Pedro Sánchez, y su aversión al pluralismo, les dan algunas pistas acerca del vórtice en el que nos encontramos hoy en España.

Seis años después de Acemoglu y Robinson, Levitsky y Ziblatt escribieron otro libro con un título igual de melancólico: Cómo mueren las democracias.

Al quedar obsoletas las asonadas, revoluciones y vistosos golpes con tanques, las democracias en el siglo XXI mueren desde dentro. Las matan dirigentes elegidos democráticamente, que erosionan gradualmente las instituciones y reglas del sistema.

Este deterioro suele ser progresivo y en apariencia legal, y acaba con el paciente difunto.

Porque lo que Levitsky y Ziblatt defienden es que las constituciones y las leyes, por sí solas, no bastan para sostener una democracia. Deben ser reforzadas por reglas informales y una cultura democrática compartida.

Las reglas no escritas son los verdaderos guardarraíles de las democracias, y los autores identifican dos:

1. La tolerancia mutua (reconocer a los adversarios políticos como rivales legítimos y no como enemigos, aceptar que la oposición tiene derecho a existir, competir y llegar a gobernar, y aceptar que una derrota electoral no es una catástrofe existencial para el país).

2. La autolimitación voluntaria en el ejercicio del poder (no estirar las costuras de las leyes y los procedimientos democráticos).

Ya ven ustedes el problema: desde el lugar en el que ahora nos encontramos, al que Sánchez nos ha conducido sin descanso, esas reglas no escritas son dos puntitos en un horizonte rebasado hace tiempo.

Y lo de «no estirar las costuras legales» suena a chino a quien lleva toda la legislatura, que inauguró con una amnistía corrupta, sin aprobar unos Presupuestos Generales.

Entonces, el problema es qué hacer cuando un gobernante no tiene la menor intención de respetar normas no escritas, y a duras penas lo hace con las escritas. Algunos piensan que la solución estaría en transformar todas en escritas, pero la ley nunca tiene esa voluntad de totalidad.

En realidad, el gobernante siempre va a tener esa tentación de hacer trampas para mantenerse en el poder.

Lo verdaderamente diferencial es que hoy puede hacerlo sin coste, y ese es el descubrimiento que ha hecho Sánchez. Él es un elefante que ha entrado en una cacharrería en la que, para su sorpresa, sus ocupantes permanecen apáticos.

Y por eso ahí está, pisoteando todo hasta que la tienda se nos caiga encima. Realmente el nuestro sí que es un problema de cultura compartida, pero no tanto de los gobernantes como de los gobernados, que no acaban de pillar los requerimientos básicos de una democracia y tienden más bien a contemplarla como un fruto espontáneo de la naturaleza.

Por eso parecen pensar que la democracia no requiere un esfuerzo de mantenimiento.

Esto es el origen de esta espiral viciosa de la que tanto nos va a costar salir.