Julián Quirós-ABC
- De los tres poderes del Estado ideados por Montesquieu para evitar la tiranía, Sánchez ha decidido invalidar dos de ellos, el judicial y el legislativo
Conviene mirar atrás para entender mejor al Sánchez de ahora. Lleva varios años operando contra la autonomía del poder judicial, negando su independencia, denigrando la investigación de los jueces porque perjudican sus intereses o ponen reparos a los afanes expansivos de la Moncloa; les han llamado golpistas, fachas con toga y conspiradores. Ahora le toca el turno al Parlamento; desde que Sánchez ha perdido su mayoría acusa al Congreso de no representar la voluntad popular de estar al servicio de los oligarcas. De modo que de los tres poderes del Estado ideados por Montesquieu para evitar la tiranía, Sánchez ha decidido invalidar dos de ellos, el judicial y el legislativo, y sólo ve legitimidad en el ejecutivo, que encarna él mismo. Y así se nos presenta como el único poder legítimo, él y el pueblo, él y la calle; sin intermediarios. El sueño, en definitiva, de cualquier caudillo: quedarse solo sin que nadie le contradiga o tenga fuerzas para limitarlo. Señales inequívocas de una deriva por la que han pasado muchos otros antes de Sánchez, la lista es tan larga como siniestra.