Francisco Rosell-El Debate
  • Que se anden, por tanto, con cuidado PP y Vox porque, como advirtió el maestro Billy Wilder, las ilusiones son muy peligrosas al carecer de defectos sobre todo con un desaprensivo sin escrúpulos que mira más a la Guerra Civil de 1936 que la Reconciliación Nacional de 1977

Cuando los españoles parecía que serían llamados a las urnas coincidiendo con el cincuentenario de las primeras votaciones s democráticas de junio de 1977, el imprevisto giro dado por Pedro Sánchez al anticipar las elecciones para este 29 de noviembre, lo que certifica que no tiene otro lenguaje que el de la mentira, emparenta este decisivo órdago con el nonagésimo aniversario de los comicios de febrero de 1936 saldados con un pucherazo del Frente Popular que abrió de par en par las puertas del infierno de la Guerra Civil.

Al haber antepuesto Sánchez estos ocho años su condición de nieto de una contienda fratricida a la de hijo de la Transición, a diferencia de González y en analogía con Zapatero, ese cambio de referencia histórica resulta acorde con la involución de quien contrapone espuriamente la «legitimidad de la calle», con él encarnando la voz del pueblo, con la «legitimidad del Parlamento» para autoproclamarse César sin ataduras legales como el chavismo al que las urnas le sirven para sentarse en ellas.

Autoerigido en Gran Votante y Legislador Único, Sánchez persigue un horizonte plebiscitario que le libre de una Justicia que ha condenado o encausado a toda su banda con su sola excepción. Así, deambula atropelladamente del «manual de resistencia» que le aupó al poder al «manual de resistencia» que le permita subsistir como la «tierra firme» se resquebraja bajo sus pies. Cuasi «in articulo mortis» político, ha avanzado los sufragios para que, si suena la flauta, reeditar el escenario de julio de 2023 y, en caso contrario, tener renta para no ser removido al frente del PSOE y encabezar la oposición a un gobierno de PP y Vox. Para ello, le bastaría con activar las bombas que él mismo ha sembrado estos ocho años en los que, junto a su mal gobierno e incompetencia, ha subvertido las instituciones en ese Estado profundo al servicio de cloacas socialistas que planeaban liquidar jueces y guardias civiles con la Fiscalía General poniendo alfombra roja al delito.

De paso que la campaña le da una tregua en el frente judicial al paralizar, según costumbre, salvo para Conde-Pumpido y su Tribunal Constitucional, los procesos judiciales que le acorralan, Sánchez ha creído encontrar un cisne negro en esa anciana de renta antigua Maricarmen [Abascal] a la que ha utilizado impúdicamente para endilgar su incompetencia en vivienda -salvo en la suya y en la de sus allegados- a la oposición rumbo a ese plebiscito. Si el adelanto podía haberle supuesto una traba para materializar sus chanchullos en marcha, el Gobierno ha vuelto a horadar otro boquete a la Constitución gruyere favoreciéndose de la venia permanente de «Casa Pumpido», como ayer allanando la vuelta del prófugo Puigdemont al que Sánchez se comprometió a traer de vuelta a España para ser juzgado, pero al que amnistió para seguir en La Moncloa.

Presumiendo de gobernar al margen del Parlamento hasta completar una legislatura sin presentar Presupuestos, circunstancia por la que exigía la dimisión de Rajoy ipso facto, su despotismo ha dado un paso más al rectificar la negativa del Pleno del Parlamento y que sea su Diputación Permanente, al haber sido éste disuelto, quien apruebe su trágala al beneficiar su composición al Ejecutivo. Salvo para quien reduce la Constitución a un mero formalismo, a nadie cabe tamaño fraude de ley contra la voluntad mayoritaria de la Cámara. Pero, al blasonar su arbitrariedad con La Moncloa como permanente plató electoral, Sánchez se adornó anunciando rumboso, sin tener presupuestos, 10.000 millones en préstamos de 50.000 € sin interés para adquirir la primera vivienda sin presupuestos.

No quedará ahí la cosa, pues lo presumible es que rescate igualmente la «enmienda intrusa» en una norma educativa con la que se pretendía sortear la paralización por parte del Tribunal Supremo de la ley de nietos en lo ateniente al derecho al voto de los descendientes de españoles que marcharon fuera entre 1936 y 1945 tras la trampa urdida por Sofia Puente, directora general de Seguridad y Fe Pública, para hacer decir lo que la disposición aprobada en Cortes no dictaba. Dispuesto a compensar por esa trasfusión de votos oriundos la hemorragia de papeletas de los naturales del país, ya se las aviará para hacerle un torniquete legal para que los sufragios de nuevos españoles vayan a su casillero.

A este respecto, Sánchez trampea como si no hubiera mañana arguyendo que persigue «doblegar a las élites» porque, en el Parlamento, «se pisan los intereses de la gente» en un argumento nítidamente populista que se trasforma inexcusablemente en despótico como acontece con todo aquel que, por democrática que haya sido su elección, gobierna sin límites ni control. En su deriva, Sánchez se hace escoltar –como piqueteros– por sindicatos que sólo han abierto la boca este ochenio para comer a mesa puesta y bostezar a la espera de las protestas preventivas que ahora anuncian contra la oposición y que podrían culminar en una huelga general (en realidad, particular de Sánchez) inédita en España en el curso de la campaña electoral. Ello retrotrae a las elecciones de febrero de 1936 en las que venció el Frente Popular mediante un pucherazo luego de promover en octubre de 1934 una «huelga general revolucionaria» contra el «bienio radical conservador» aprovechando que Lerroux incorporó a tres ministros de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) triunfadora, a la sazón, de los comicios de 1933 en cuya campaña Largo Caballero predijo: «Estamos en plena guerra civil (…) que no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar».

Al cabo de noventa años, se convoca esta protesta general contra la oposición por las viviendas no construidas por el Gobierno como parte del ceremonial de la confusión que acompaña a un envite que Sánchez quiere que dirimir con las calles incendiadas para perturbar el ejercicio libre del voto. Acreditando su ralea de perfecto manipulador, agita para ello la bandera de conveniencia contra «los supuestos especuladores de siempre» que no son otros que aquellos a los que requería marchando a Nueva York para implorarles dispensas.

Dicho lo cual, los meses de noviembre, como constató Zapatero después de encomendarse al 15-M de 2011 para no abandonar La Moncloa, al igual que Sánchez tras la doble cita de 2019 tratando de desembarazarse de Podemos con el que hubo de contraer compromiso, no suelen ser buenos para los socialistas. Sin embargo, quien dio un golpe contra su partido no cejará en ese empeño contra la oposición. Por eso, aunque ayer adoptara un tono bajo y susurrante para presentar su penúltimo cebo, conviene no fiarse de alguien cuya lengua es como el aguijón de abeja que puede picar incluso estando muerta. Que se anden, por tanto, con cuidado PP y Vox porque, como advirtió el maestro Billy Wilder, las ilusiones son muy peligrosas al carecer de defectos sobre todo con un desaprensivo sin escrúpulos que mira más a la Guerra Civil de 1936 que la Reconciliación Nacional de 1977.