JAVIER REDONDO-El Mundo

El autor sostiene, al hilo de los resultados de las elecciones del 26-M, que Sánchez ha completado la parte que le corresponde para resucitar el bipartidismo. Casado ha ganado tiempo para rearmar el Partido Popular.

CUANDOSánchez compareció para ofrecer una primera valoración de la triple –en la mayoría de los sitios– convocatoria electoral, la concurrencia no sabía todavía que pasada la mitad del escrutinio, el baile de tres escaños concedía al PP la posibilidad de gobernar y conservar la Comunidad de Madrid, la joya de la corona. El presidente sí lo sabía. Por eso adoptó y mostró dos roles, dos poses, dos ademanes, dos semblantes. En la primera parte de su intervención celebró gozoso la victoria de su partido y felicitó a los candidatos. Su alegría está más que justificada. El PSOE ha vuelto definitivamente también porque Podemos se ha deshecho. Es el primer partido del país y extiende o recupera poder en todos los territorios.

Sánchez ha completado la parte que le corresponde de su tarea de resucitar el bipartidismo. Ha ejercido de pegamento de la izquierda. Para ello ha asumido una buena porción del manual programático de Podemos, aunque en manos del PSOE la democracia está mucho más segura. Además, Sánchez ha convertido al PSOE en el primer partido socialdemócrata de Europa. La socialdemocracia agoniza en Francia, cae detrás de Los Verdes en Alemania, en Italia respira pero no influye, en Grecia casi no existe desde hace un lustro, en Bélgica es irrelevante y sólo en Holanda le hace sombra a los liberales. Únicamente domina en Portugal. El PSOE es el partido socialdemócrata más potente de la Unión. Sin embargo, ha conseguido serlo gracias a la defensa de políticas de izquierda de nueva agenda –que tienen más que ver con el reparto de privilegios y fomento de identidades y singularidades que con la generación y redistribución de recursos y renta– y la particular –coyuntural o no– fragmentación de la derecha en España.

He aquí el motivo de su abrupto cambio de registro durante su comparecencia: en la segunda parte el presidente adoptó un rictus serio; sobradamente taciturno y ceremonioso; severo, erizado y seco, para solicitar formalmente que Cs y PP retiren lo que llama «cordón sanitario» trazado en torno al PSOE y se le permita gobernar allí donde ha ganado. La cultura según la cual gobierna el partido más votado ha quedado desfasada gracias a los efectos de aquello que se conoció hace poco pero tanto como nueva política; por eso su narrativa incluye una novedad: la exclusión automática de Vox sin considerar como precedente adverso la inclusión automática de Podemos –cuyas listas incorporan desde su nacimiento anticapitalistas, antiglobalistas, separatistas, chavistas y populistas–, que ha tenido la oportunidad de regir en solitario o coalición algunas localidades; el experimento ha durado cuatro años, excepto en Cádiz, donde si se uniesen PP, PSOE y Cs desbancarían al candidato anticapitalista González Kichi. Sería estrafalario, sí, e innecesario también, pero constituye un ejemplo de que la política es una cuestión de interpretación, una construcción artificiosa de nociones y ubicaciones.

Lo que no es un ejemplo sino un síntoma es Barcelona: su candidato Collboni podría solicitar a Valls y PP su apoyo para su investidura. Lo obtendría. ¿Lo quiere? Las tres fuerzas sumarían 16 concejales y obligaría a Colau a escoger entre los separatistas o entregar la ciudad al PSC. La convergencia del constitucionalismo tiene una mínima e improbable opción de prosperar. En otro lugar, lo que tampoco es ejemplo –ni síntoma– sino prueba de contraste es Navarra. Si el PSOE se abstiene –tal como sugerirá Ferraz–, gobernará Navarra Suma (UPN, PP y Cs); si no, podría gobernar la candidata socialista, Chivite, que ha mostrado su disposición a hacerlo con la nacionalista Barkos y Podemos, para lo cual necesita la abstención de Bildu. No se trata, por tanto, de someter a examen los términos, grados de cada negociación y listado de llamadas para interpretar la posición y decisión de partidos contaminantes pero decisivos en la formación de mayorías. O son útiles como palancas que permiten el acceso al poder y se considera su apoyo o se desestima de inicio. Si Chivite concursa a la Presidencia de la Comunidad Foral contaría irremediablemente con el respaldo tácito, por omisión, de Bildu, que a su vez presentó lista conjunta con ERC en las elecciones europeas. Conviene aclarar con urgencia los criterios que se emplean para atufar según qué acuerdos. Todo, por tanto, es más complejo de como lo plantean los teóricos de la foto de Colón.

Por otra parte, el triunfo de Sánchez refuerza su poder en el partido, lo centra a la vez que lo ensancha y, en caso de duda respecto de los pactos, puede usar el comodín de las bases. Tanto ha tonificado el partido que ha reanimado baronías. Si bien, el secretario general está mucho más protegido gracias a los estatutos que redujeron la influencia del Comité Federal. Es tal su éxito que, aun a pesar de estar en trance de perder algún Gobierno –Aragón– y de tener que fajarse para arrebatárselo al PP en Castilla y León –federación muy comprometida con Sánchez–, ha conducido al PSOE a obtener dos mayorías absolutas en comunidades de rancio abolengo: Extremadura –del pendular Vara– y Castilla-La Mancha –de Page y Bono–, el primer Gobierno autonómico en el que entró Podemos, que ha dejado de existir en la región. Además gobernará cómodamente en Asturias. Las elecciones han generado un efecto tornillo. A Sánchez le cundió la moción y ahora le cundirán sus 123 diputados gracias a la subyugación de Podemos.

Entre tanto, el PP y Casado resisten. El líder popular ha ganado un tiempo precioso y se puede permitir iniciar el rearme desde abajo. En números globales, las elecciones europeas sirven como termómetro. El PP mejora en casi 200.000 votos sus números de las generales –medio millón en las municipales–. En términos absolutos no es mucho, pero simbólicamente representan una parte de electorado –que recupera de Vox y algo de la abstención– que envía un mensaje: el PP es la organización en torno a la cual ha de agruparse el centroderecha. La supervivencia de Casado se solventaba en Madrid. Pese a la lógica euforia desatada el domingo en Génova, el camino será más tortuoso de lo que parece y, a nivel nacional, el PP está abocado a la reconstrucción. Al evitar que lo supere Ciudadanos, el partido de Rivera vuelve a una posición natural y previa al 28-A: se abre a pactos con el PSOE.

RIVERA crece constantemente, pero parece que nunca lo suficiente. Salvo en Madrid, Murcia, Castilla y León y Aragón no podrá condicionar gobiernos y suma 2.788 concejales. La ventaja de estos números es que Rivera evita la federalización del partido, pues no surgen líderes territoriales con suficiente peso como para distorsionar la estrategia nacional. Rivera se enfrenta al nuevo y constantemente aplazado debate: aceptar la posición de centro inclusivo y bisagra o convenir una disputa virtuosa con el PP que desemboque en la confluencia de marcas. Para Cs y PP casi todo pasa por Madrid. Y Madrid pasa por Vox, la gran esperanza de Sánchez a medio plazo. Vox se ha desinflado y su proceso de adelgazamiento será más acelerado que el de Podemos en cuanto que su electorado primará a la larga que no gobierne la izquierda. Si no quiere asfixiar a PP y Cs debe andarse con tiento al elegir sus compañeros de bancada y asientos en el Parlamento Europeo. Una bravata en Bruselas computarían como ocho años de Sánchez. Vox exigirá entrar en el Gobierno de Madrid, cosa que repele a Cs. Por último, el gran derrotado de las elecciones fue Podemos, justo cinco años después de su alborotada y tan celebrada irrupción. En estos cinco años, muchos de sus cuadros medios asumieron el proceso de institucionalización y renunciaron a sus apuestas de máximos en pos de transformaciones graduales y sistémicas. El centralismo, verticalización y personalización del partido, lejos de fortalecerlo lo ha debilitado. Una organización con tal elevado grado de disciplina interna es útil para tomar en seguida –al asalto– el poder. Si no lo consigue, se desintegra. La formación, construida a imagen y semejanza de su líder, se desangra al agotarse el momento populista. Iglesias tiene todavía más difícil que hace cuatro días ser ministro. Sánchez tiene mucho más fácil darle el último bocado, so pena de que un animal acorralado no calcule daños en ninguna dirección y reabra o no cierre el ciclo electoral.

Javier Redondo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III. Acaba de publicar, junto con M. Álvarez Tardío, Podemos, cuando lo nuevo se hace viejo (ed. Tecnos).