José Alejandro Vara-Vozpópuli

  • Abascal rentabiliza el desastre de un PSOE abarrotado de líderes encausados o en prisión y anegado de escándalos

Otro trastazo electoral para la colección. Después de Extremadura, Aragón. Nadie daba un chavo por Pilar Alegría, designada para el cadalso, elegida para el sacrificio. Era el primer experimento de Sánchez con ministros candidatos. Luego van MJ MonteroDiana Morant, quizás Óscar López, puede que Isabel Rodríguez. Lo de Salvador Illa le salió bien, pero es el PSC, no el PSOE, “somos otro partido”, dicen por allí. Da lo mismo quién lidere las listas. El cartel electoral es Sánchez. Y la derrota, también. Desde lo alto del muro que líder socialista levantó entre españoles se divisa la abrumadora victoria de la derecha. Más de 40 escaños para PP y Vox, un resultado sin precedentes que confirma el cambio de orientación en el voto, el final de las mayorías de «las fuerzas del progreso», la evidente realidad de una izquierda arrasada. El PSOE ya no se saca el uniforme de loser oficial en todas las elecciones. Su realidad política depende de un prófugo en Waterloo y de los cinco escaños de un partido desgajado de una banda terrorista. En las próximas generales todo apunta a que le resultará difícil conformar de nuevo su estrafalario orfeón.

El PSOE azul

El resultado que acapara loas y parabienes es el de Vox, que duplica su representación en las Cortes aragonesas. Puede sacar pecho del avance incontenible de sus apuestas en materia de inmigración y vivienda, okupas incluídos. A la espera de los análisis de los sabios politólogos, no hay duda de que Abascal recibe papeletas tanto del PP como del PSOE, e incluso es posible que movilice a una masa notable de jóvenes que pasaban absolutamente de las urnas. Lograron la campanada en Extremadura y la repiten con mayor fuerza en Aragón. ¿Es la hora de que asuman de nuevo alguna responsabilidad de gobierno y abandonen el cómodo papel de tacañones gritones desde la barrera? Es posible, pero hay un sector del electorado que busca precisamente esos mandobles dialécticos a diestro y siniestro, y no le reclaman que se incorporen a un Ejecutivo. Al menos por el momento. Total, no está claro que sepan gobernar. Ni que se mueran por hacerlo. La estrategia es claramente acertada y los efectos más que evidentes. Vox crece y crece. Y ese parece su itinerario de futuro. ¿Echar a Sánchez al basural del que llegó? Bueno eso ya si eso. El bipartidismo malo, malo…

El Partido Popular no puede festejar siquiera un empate con las últimas elecciones. Ha perdido un par de escaños. Cierto que no aspiraba a la mayoría absoluta, pese a lo que cacarea la sincronizada. En Aragón nunca hay tal. Soñaba con rozar los 30 escaños, con un retroceso mayor del PSOE y con poner a Vox en su sitio. No ha sido así. Es posible que, como su homóloga María GuardiolaJorge Azcón logre renovar el gobierno, bien sea en coalición o en solitario, lo que Abascal decida que es quien dice cómo están las cosas, pero el aviso que remiten las urnas a la dirección de Génova obligará sin duda a reflexiones de alto calado y, quizás, a introducir modificaciones en la estrategia. Cierto, mientras esté Sánchez a Vox le va a ir bien. Eso es sabido. Pero se ha de hacer algo diferente. El PP ha ganado las elecciones, que no es poco,  pero sin avanzar, está estancado, con ese gesto de palomino atontado del adolescente cuando le dicen que nones. Con un PSOE abarrotado de líderes encausados o en prisión, con otros cuantos denunciados por acosadores sexuales, con un Óscar Puente todavía pavoneándose en su sillón después de las tragedias ferroviarias de Adamuz y Barcelona, no resulta comprensible que esos fatídicos desastres no tengan un mayor reflejo en las urnas. También suena excesivo escuchar voces populares que, en la misma noche del escrutinio, claman ya por una refundación y cambio de liderazgo. Un desahogo.

Un rosario de batacazos

A Sánchez le molesta perder. Es un chuleta de billares que solo se preocupa de lo suyo. Las derrotas, sin embargo, se han convertido en su biotopo natural. De las cinco elecciones generales que ha disputado tan sólo ganó dos. Las del 19, un año raro. Allí nació Frankenstein, esa depravación contra natura. Perdió todas las autonómicas de 2023 menos las de Castilla La Mancha, que las ganó Page y no él. Y las de Asturias que allí siempre se impone el PSOE, por la tradición minera y esas cosas. Perdió las generales de 2023, las europeas de 2024 y ahora se encamina decidido a perder las de 2027 salvo que cuaje la jugada de organizar un Frente Amplio con toda la escoria de la periferia liliputiense en unas listas con olor a rabia, desesperación y rencor. No parece que el electorado esté para muchas bromas. En Moncloa agitan algunas razones para no sumirse en la depresión. La primera, que Sánchez ya es el tercer presidente con más días en la Moncloa. Superó los 2.810 días de Zapatero. Ahora va a por los 2.905 de Aznar. Para batir los 4.904 de González tendría que aguantar hasta el 31.

Palmó con estrépito del procesado extremeño, valedor del hermanísimo. Alegría ha enterrado al PSOE en la sima de la historia aragonesa del partido. El hundimiento se torna irrefrenable. Aguantar es el nombre del juego. En el Ala Oeste se entretienen ahora con la batallita de Sánchez contra los ‘tecnoligarcas’, los ‘amos del algoritmo’, los dueños de las redes que pretenden acabar con el único gobierno progresista que sobrevive en el planeta. Ya no quedan líderes progresistas. Sólo Lula, expresidiario por corrupto, y Mamdani, el alcalde musulmán de Nueva York que juró el cargo sobre el Corán. Y ahí aparece Sánchez con sus tablas de la ley contra la fachosfera de las redes, contra el odio por internet. Un trampantojo más de la factoría de Diego Rubio, el sherpa del Ala Oeste que escruta el futuro con la serenidad de su insignificancia, con ese caudal de pensamientos rancios que no compran ya ni los más fanatizados.

Palmó con estrépito del procesado extremeño, valedor del hermanísimo. Alegría ha enterrado al PSOE en la sima de la historia aragonesa. Pretende Moncloa aguantar con ese trampantojo propagandístico contra las redes ultras hasta el verano, su disparatado antídoto frente a una España sin ferrocarril, anegada por las lluvias que no encuentran pantanos en su camino porque Teresa Ribera sugirió derribarlos, sin una vivienda para los jóvenes, sin salarios dignos, con el retorno del pluriempleo del franquismo porque la cosa no da, y con un hartazgo social por la corrupción y los escándalos que complica las apariciones en público del presidente. Ya sólo abandona su despacho para ir al cuarto de baño, dicen lenguas malvadas de su negociado. Luego, en otoño, algo se inventará para poner su desvencijado artefacto en clave electoral. Es una precipitada carrera hacia el precipicio. «Para todo hay término, hay tasa, hay una última vez. Y hay un hasta aquí, nunca más y basta» dijo aquel santo. Bueno, que PP y Vox se apliquen también el cuento. Amén.