Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • Hace años colocó una urna detrás de una mampara. Ahora, es la guerra la que hace el papel de biombo tras el que camuflar una cada vez más incómoda realidad

«Ahora estamos en lo importante y en lo urgente. Nadie podía prever esta guerra. Los ciudadanos deben ser conscientes de la gravedad de la situación. No es una guerra cualquiera. Es un sumatorio de guerra que va a más, no a menos”. Así respondía Pedro Sánchez el pasado jueves a la prensa cuando se le preguntó si aún pensaba cumplir con su deber constitucional de presentar los presupuestos. Ayer repitió el argumento. Pero unos días atrás, el martes, el ministro de Economía nos había dicho que no era para tanto: “La situación actual no es comparable a la de 2022”. España llega a este escenario «más preparada que nunca» y con «los deberes hechos». ¿Qué pasó entre una y otra declaración?

Un papel. Solo un papel de la muy creativa factoría de ficción monclovita. Hay que subir el tono. ¿No a la guerra? Al contrario, la guerra es una bendición. Ya lo sabíamos, pero los manifiestos errores de Donald Trump han reforzado la apuesta del presidente del Gobierno; y la de su imagen: reserva moral de Occidente. Cuanto más aterradora sea la amenaza mayor será la dimensión de nuestro superhéroe. “La única cualidad indispensable para un hombre con poder es la capacidad de aprovechar las circunstancias. No pretender dirigirlas, sino apoderarse de ellas”. Otra cita del vademécum de moda, ese pozo de inagotable sabiduría que es El mago del Kremlin.

Pero retrocedamos en el tiempo: 1 de octubre de 2016. Comité Federal del PSOE. Sánchez sabe que va a perder la votación. El “Comando Luena”, entre cuyos integrantes está Koldo García, improvisa un pucherazo escondiendo tras una mampara una urna con la intención de llenarla de papeletas en favor del hasta ese momento secretario general. La maniobra se descubre y el escándalo es mayúsculo. De aquel fracasado intento de distorsionar la realidad Pedro Sánchez extraerá una enseñanza que aplicará con éxito en el futuro: no se pueden dirigir las circunstancias; hay que apoderarse de ellas.

La guerra como oportunidad

Desde entonces no ha habido apenas semanas, de las 494 transcurridas hasta hoy, sin que hayamos asistido a algún intento de explotar cada circunstancia; de disfrazar la realidad cuando esta no es favorable; de aplicar una “construcción narrativa” adaptada a la necesidad del momento. La guerra de Irán ha ofrecido a los libretistas la oportunidad de fabricar una escenografía que armoniza sin esfuerzo la explotación de ambas prácticas. La guerra, lejos de ser un problema, se percibe y se maneja como una gran oportunidad. Ya veremos si su duración e impacto sirven para alterar las previsiones electorales. Por el momento, Trump, primero con sus ataques a España y después con su gestión de la guerra, le ha abierto al presidente español una ventana de oportunidad donde apenas entraba un hilo de luz.

Pedro Sánchez ha vuelto a cambiar de piel. Ya no es el Sánchez de hace unas semanas. Tiene nuevo relato. Y nueva mampara. La guerra es la mampara, la cortina de humo, nunca mejor dicho, que nos impide ver una realidad desasosegante: la que, elección tras elección, Extremadura, Aragón, Castilla y León, desmonta la fantasía y restablece la verdad tal y como la perciben los ciudadanos. Una verdad que nada tiene que ver con esa consigna imaginaria que tanto repite el presidente: España va como nunca, como un tiro, como un cohete. Una realidad que interpela y enfrenta a una izquierda con el espejo de su fracaso allá donde no podía fracasar: en la gestión de la igualdad; en la defensa de las clases medias; en la protección de los más débiles. Veamos algunos ejemplos.

Una realidad incómoda

Pobreza infantil: Una de las primeras decisiones que tomó el primer gobierno de Sánchez, el “Gobierno bonito”, fue crear el Alto Comisionado para la lucha contra la pobreza infantil (2 de junio de 2018). Su primera titular fue María Luisa Carcedo, nombrada meses después ministra de Sanidad. El Comisionado fue suprimido en noviembre de 2023, para dotar de funciones al nuevo Ministerio de Juventud e Infancia. Ocho años después de identificar el problema, estamos peor. España lidera las tasas de pobreza infantil en la Unión Europea, superando el 29% frente al 19% de media de la UE, lo que afecta a más de 2,7 millones de niños y niñas.

Jóvenes frustrados: El incremento del desempleo entre los jóvenes hizo que el pasado febrero el paro sufriera la más alta subida en ese mes desde 2021; las donaciones de padres a hijos marcaron en 2025 un récord por la crisis de la vivienda (225.000 operaciones, una cifra nunca vista); los jóvenes que no pueden independizarse alcanzan el nivel más alto en 139 años, según revela un análisis de Funcas; entre 2008 y 2022 la tasa de pobreza de los mayores de 65 años disminuyó del 21,6% al 16,7%, al tiempo que la tasa de los que tenían entre 16 y 29 años aumentó del 24,7% al 28% (datos del INE).

Empleo precario: El IX Informe FOESSA, presentado por Cáritas Española en noviembre de 2025, alerta sobre un proceso inédito de fragmentación social en España, donde la precariedad laboral se ha convertido en la «nueva normalidad”. Casi la mitad de la población activa (el 47,5%, equivalente a 11,5 millones de personas) se encuentra atrapada en una situación de precariedad. Tener trabajo ha dejado de ser un mecanismo suficiente de integración social. La clase media española se contrae, y esa precariedad laboral, junto al encarecimiento de la cesta de la compra en un 36% en los últimos cinco años, consolida la exclusión, moderada y severa, de amplios sectores sociales como un fenómeno estructural.

Burla empalagosa

En breve se cumplirán ocho años del acceso de Pedro Sánchez al poder, y en términos de igualdad y reducción de la pobreza el gran éxito (sic) del Gobierno (así lo presentan, como un éxito) es que ya se benefician del Salario Mínimo Vital cerca de 2,4 millones de personas. Han pasado ocho años, y el presidente anuncia ahora la elaboración de un estudio «sin precedentes» para analizar y reducir la desigualdad desde la infancia. “Tenemos que recuperar el papel que le corresponde a la política. España demuestra que existe un camino alternativo. Que podemos avanzar hacia una mayor igualdad, con políticas valientes y audaces. Para que la única desigualdad que persista sea la del tamaño de nuestros sueños”, ha dicho. ¿Ocho años después? ¿Recuperar el papel de la política? ¿Un estudio sin precedentes? ¿Del tamaño de nuestros sueños? ¡Qué burla! ¡Y qué empalago!

La guerra es la mampara tras la que se pretende esconder esta ruina, la pantalla que impide la visión de una España que lejos de ir como nunca va peor de lo que ha ido en mucho tiempo; de una España que crece más que sus vecinos por el aumento de la inmigración, no porque seamos más productivos, como ya sabíamos y confirma el primer informe del Consejo de la Productividad (otro que se está jugando el puesto); una España cuya renta sigue hundida por debajo de la media de la Unión Europea y que a duras penas se sostiene gracias a variables que poco o nada tienen que ver con una gestión política ineficiente (y mucho menos con el aprovechamiento personal de las dichosas circunstancias): el dinero de la UE en circulación (caótica pero intensiva) y una red social que aún resiste y que Estefanía Molina ha resumido con precisa afirmación: “El Estado del bienestar son los padres”. Tal cual.