Víctor Núñez-El Español
  • Mientras el mundo arde entre el fuego cruzado y cae Constantinopla, en España estamos enfrascados discutiendo —y legislando— sobre el sexo, aunque no precisamente el de los ángeles.

Después de una semana sacando en procesión por los platós a la enésima marioneta de la guerrilla mediática progresista, gimoteando por una terrible agresión fascista que nadie ha visto en un melodrama digno de emocionar a Spielberg, ya tenemos la conclusión del teatrillo del cabestrillo: la herramienta HODIO.

Bien es cierto que Sarah Santaolalla fue incapaz de defenderse coherentemente cuando le desmontaron en directo la farsa del tullido por la que denunció a Vito Quiles —al demostrar que el parte forense determinó que no consta lesión alguna—, y optó por afectar indignación y abandonar desairada el programa.

Pero la verdad ya cuenta poco en esta política del simulacro que el tardosanchismo ha llevado hasta lo paroxístico.

Como apunta Jorge San Miguel, «el Gobierno ya es poco más que una gigantesca operación de luz de gas». Y el presidente que pasará a la Historia por haber sido el mayor instigador del encanallamiento de la convivencia en España nos presenta ahora el último ingenio de la factoría de ficción de los cerebritos de Moncloa: un Observatorio para medir «la huella del odio y polarización».

Entrar a comentar esta pamema es ya hacerle el juego al Gobierno.

Pero resulta iluminador a la hora de desentrañar la maquinaria de agitación que ha modelado la vida civil española en los últimos años. Y que no es sino una adulteración del proceso político en toda regla, mediante la promoción de un consorcio de tertulianos, cómicos y expertos con vistas a orientar la agenda informativa y, en último término, arrancar reformas normativas.

De entre la constelación de monstruitos que el Gobierno ha aupado al prime time con su complejo mediático-industrial, su criatura más perfecta hasta la fecha es Sarah Santaolalla. Una polemista con ademanes pendencieros, que rezuma tanta ordinariez como voluptuosidad. Un pelele para eclipsar con sus turgencias el resto de la temática política, y hacer orbitar autorreferencialmente a su alrededor todo el guirigay nacional en un universo comunicativo paralelo.

Y no es esta una apreciación machista: cabe recordar que ya con anterioridad la parrilla periodística estuvo capturada durante unos cuantos días debatiendo sobre su delantera, porque un cargo del PP primero, y una tertuliana después, aventuraron comentarios groseros e improcedentes sobre sus senos.

Aunque ella juegue a ofenderse porque las críticas que se le dirigen son en ocasiones de ese tenor, es evidente que su físico forma parte del happening.

Al sanchismo, dedicado a excitar las pasiones más bajas, le resulta idóneo un sujeto que, tanto por sus modales como por su aspecto, es capaz de suscitar las reacciones más primarias.

Y, logrado que un puñado de mamelucos esputen alguna barrabasada denigrante, el Gobierno ya tiene el pretexto para armar una campaña que caracterice esas conductas marginales como representativas de un electorado derechista echado al monte al que hay que poner coto como sea.

Pero en esta España tercermundizada, es todo tan cutre que, queriendo el PSOE fabricar a su propia Sidney Sweeney, apenas si ha conseguido parir una Belén Esteban roja.

El branding del nuevo chiringuito presidencial es de un patetismo acorde a su motivación. Y aunque es para tomárselo a chacota, no lo es tanto el mecanismo que lo anima.

En su deriva kirchnerista, Sánchez se ha aplicado a enervar al público —desde el poder pero vicariamente— inspirando el pánico social ante el advenimiento del Anticristo ultraderechista. Y así generar estados de crispación constante sobre los que luego legislar a su conveniencia. Hemos pasado de la Ley Begoña a la Ley Santaolalla.

Este modus operandi lo inventaron los jacobinos cuando, en la víspera de la sesión en que la Convención decidía la pena que se impondría a Luis XVI, amotinaron a la turbamulta de los suburbios para clamar por la muerte del Rey y llevarla hasta las puertas de las Tullerías, a fin de amedrentar e influir en el sentido del voto de los diputados girondinos que se inclinaban por la clemencia.

Hoy el PSOE explota el negocio de la victimización, instituyendo a su plañidera en la Víctima Oficial del Estado, tal como la ha bautizado Juan Diego Madueño. Del VOE al BOE.

Este Gobierno ha venido funcionando a golpe de autogolpes. Eso sí, para luego venir a rogarnos que «hablemos más de amor y menos de odio», como ha hecho este miércoles el presidente, como una especie de novio tóxico que regala los oídos de su víctima con palabrería obsequiosa después de acosarla.

La pornografía sanchista es tan burda que toda esa arquitectura de bullicio contra la ola reaccionaria, sobre la que se había edificado la hegemonía progresista, ha caído en bancarrota.

Y de ahí la matraca de los últimos años con la narrativa de las fake news, el discurso de odio o el control de las redes sociales. Todo esto va de disciplinar a la sociedad mediante el miedo, monitorizando la disidencia digital y exhortando al cierre de filas con el oficialismo, un patrón que el Gobierno interiorizó en el ensayo general de la pandemia

Así que, mientras el mundo arde entre el fuego cruzado y cae Constantinopla, en España estamos enfrascados discutiendo—y legislando— sobre el sexo, aunque no precisamente el de los ángeles.