Teodoro León Gross-ABC
- Los socios europeos hubieran podido actuar como Sánchez, pero no lo han hecho porque miden los intereses nacionales antes que los intereses personales
Sánchez se ufana de que su ‘No a la guerra’ haya desencadenado «una ola de orgullo de ser español», y no sólo en España, sino, según él, «a lo largo y a lo ancho del planeta». No cabía esperar menos de su narcisismo antropológico. Parece que por fin intuye cuál será el motivo por el que pasará a la historia, algo que le angustiaba desde el primer día como él mismo le confesó a Máximo Huerta. Se ve como el Gandhi del siglo XXI, el gran abanderado de la paz. Seguramente sospecha que en cualquier punto del mundo, de la Patagonia a Siberia, de Mali a Vietnam, hay jóvenes que cuelgan pósteres en sus habitaciones con su foto y el lema de ‘No a la guerra’, y ven en bucle su discurso como si fuera el ‘sangre, sacrificio, sudor y lágrimas’ de Churchill en 1940. No hay que descartar que por la noche tenga sueños húmedos recogiendo el Nobel, él sí. Es verdad que de momento no se han visto multitudes «a lo largo y lo ancho del planeta» proclamando su orgullo español, pero al menos en Hamás sí lo han manifestado, y también el régimen de los ayatolás, y los hutíes o el régimen chino. Ya es un principio.
Es extraño que Sánchez no se haya parado a pensar que si es tan barato convertirse en un icono global, si sólo necesitaba decir ‘no a la guerra’ con un desplante a Trump para elevarse a mito planetario… ¿por qué no se le ocurriría a Macron, que tampoco va mal de narcisismo? ¿O a Meloni? ¿O a cualquier otro socio europeo? Si Sánchez se lo preguntase, tal vez le costara poco llegar a la conclusión obvia: todos hubieran podido actuar como él, pero no lo han hecho porque miden los intereses nacionales antes que los intereses personales. En definitiva aplican unos de los principios más clásicos de la geopolítica, formulado por Lord Palmerston: un país no tiene enemigos permanentes ni amigos permanentes, lo que tiene es intereses permanentes. Y todos esos dirigentes son conscientes de que los intereses de sus países requieren cuidar su relación con EE.UU., matizando el rechazo a los ataques sin dinamitar su alianza trasatlántica. Cualquiera de ellos podría ponerse gallito con un ‘no a la guerra’ de no pensar en los intereses de sus países más allá de sus intereses electorales.
A Sánchez se le veía como un niño con zapatos nuevos desde que ‘Financial Times’ lo bautizó como ‘la némesis de Trump’. Cualquiera de sus once mil asesores le habrá pasado titulares y pronunciamientos entusiastas de la izquierda ‘woke’ global fascinada, como Susan Sarandon, con el desafío del David español frente al Goliat de Mar-a-Lago. Igual creen que es algo más que postureo. Por demás, cuando esto acabe por afectar a las empresas españolas, a la seguridad de la frontera sur, a las relaciones internacionales con la penitencia del ostracismo español… a ellos les dará igual. Claro que quizá, para entonces, al patriota Sánchez también.