NICOLÁS REDONDO TERREROS-ABC

  • De lo que se trata es de mantener en la Moncloa a Sánchez; mientras tanto el PSOE queda en nombre y sigla nada más… ¿seguirá solo Page en ese inmenso y acusador silencio?

Los resultados de las elecciones gallegas confirman el diagnóstico. La debacle de los socialistas gallegos es total, absoluta; traspasa los límites políticos y geográficos de Galicia y obliga a los dirigentes socialistas, si conservan el mínimo pundonor, a realizar un profundo y radical análisis de la situación que atraviesa el PSOE. El gobierno inverosímil y bucanero, que pergeñó Pedro Sánchez después de perder las elecciones generales del 23 de julio del 23, provocó una especie de embaucamiento mágico en los socialistas. Pero la realidad, resistente siempre a los sortilegios, es tozuda: el PSOE nunca ha tenido menos poder local y autonómico.

Las elecciones municipales anteriores confirmaron la inhibición de una gran parte de los votantes socialistas. Era inasumible que el PSOE hubiera dinamitado el Código Penal para favorecer a sus socios, al fin y al cabo tal decisión iba contra del impulso primario de avanzar hacia la igualdad. Tampoco entendieron muchos votantes la fruición inmoral que causaba al gobierno la coalición con Bildu, que fortalecía a través de su adecentamiento la ‘leyenda’ de la banda terrorista ETA. Causó un disgusto casi físico que el presidente fuera cambiando de opinión según sus necesidades más personales y en aquella ocasión lo terminaron pagando los candidatos socialistas a los parlamentos autonómicos y a las alcaldías de España. El resultado fue desastroso…. Nunca el partido municipalista había tenido menos poder en los municipios, diputaciones y autonomías.

Sin embargo, el resultado de las generales fue una oportunidad para enmendar los desaguisados de la anterior legislatura. Prestaba tiempo para pensar en una oferta política nueva, reformista, europea, parecida a la que impulsó aquella afirmación tan sencilla como contundente de Felipe González: «Yo solo quiero que España funcione». La historia reciente del PSOE le hacía merecedor de esa nueva coyuntura, y con un poco de inteligencia, con humildad, Sánchez podría haberse aprovechado de la insospechada situación prestada por los errores de los adversarios, convirtiéndose en un buen político, dejando atrás la política pequeña, inmoral y egoísta, que había caracterizado la última legislatura. Pudo poner por encima de una ambición sin embridar al PSOE, a España o a ambos. Ensimismado en el reflejo de su vanidad, sin encontrar respuestas en su oquedad intelectual, se empeñó en un gobierno imposible que solo podía salir adelante si el presidente volvía a dejar claro que para él, lo dicho, lo escrito, lo firmado, carecía de todo valor.