- Trump no quiere hablar a los americanos de libertad en el mundo, como hacía Reagan. Cree que le resulta más práctico y útil hablar de petróleo en vez de democracia. Lo peor es que puede tener razón
Se cumple una semana de la captura de Nicolás Maduro y es muy difícil mantener que la situación en Venezuela hoy es peor que hace siete días. El dictador está encarcelado, sus asustados cómplices dan los primeros pasos en la dirección que se les exige, los regímenes criminales de Cuba o Irán ya no tienen acceso al petróleo venezolano y un grupo de presos políticos han recuperado la libertad. Hasta el hermano de Delcy, al estilo Torcuato Fernández Miranda, anuncia una amplia reforma legal en el país.
Marco Rubio ha explicado claramente que el destino final de todo el proceso es el pleno restablecimiento democrático; sin embargo, el presidente Donald Trump insiste en presentar la operación casi como un episodio de rapiña imperialista, un descarnado tutelaje por petróleo y poder. Presumo que este discurso responde a claves de política interna; se trataría de garantizar al americano medio, harto de enterrar soldados y de perder guerras lejanas, que la intervención de Venezuela no solo ha sido un golpe eficaz, sino también un negocio rentable.
Aun así, resulta sorprendente que, pudiendo presumir de una acción decisiva en favor de la democracia, Trump haya despreciado olímpicamente ese argumento moral que compartimos quienes celebramos la caída del dictador. Lejos de ello, cada vez que abre la boca parece ensuciar un poco más lo que podría ser un indudable éxito internacional y suscita dudas sobre el destino final de todo el proceso. Si todo se redujera a petróleo y a poder, nada impediría a los jerarcas de la dictadura mantener la opresión de los venezolanos siempre que pagaran el peaje económico exigido por Trump; el petróleo cambiaría de destino, pero la falta de libertad en Venezuela sería la misma. No creo que ese sea el plan, pero la duda es legítima ante el discurso que viene haciendo el presidente americano.
Entre la estomagante e hipócrita superioridad moral de la izquierda y este ostensible desprecio al principio de moralidad en la actuación pública debe existir un razonable término medio. Estados Unidos ha sido la gran potencia global del último siglo por su poder militar y económico, pero también por un liderazgo moral que tantos ciudadanos del mundo admiramos y respetamos. Los europeos nunca agradeceremos bastante el sacrificio de tantos jóvenes americanos enterrados en las playas de Normandía y en cementerios de todo el continente, pero Trump no quiere hablar a los americanos de libertad en el mundo, como hacía Reagan. Cree que le resulta más práctico y útil hablar de petróleo en vez de democracia. Lo peor es que puede tener razón.
Decenas de politólogos han explicado a lo largo de estos años todos los rasgos del populismo, el desprecio a las instituciones, el rechazo a la ley y los controles, la demagogia, el frentismo, el victimismo y tantos otros vicios políticos, pero esta sorprendente actitud de Trump nos revela otra característica del fenómeno, el populista siempre apela a los peores instintos del ser humano. La codicia por el petróleo, el egoísmo identitario, el miedo contra la inmigración, la ira contra el adversario o la irracionalidad económica. El populista no nos hace mejores ciudadanos ni nos invita luchar por causas nobles, nos quiere mezquinos, obstinados y resentidos.
A pesar de sus insólitas maneras, Trump ha devuelto a millones de venezolanos la esperanza en el futuro. Esta semana recibirá en Washington a María Corina Machado; ella, como Zelenski, es la prueba evidente de que los seres humanos también somos capaces de actuar por causas nobles y seguir a quien nos habla, no de dinero, sino de heroísmo, generosidad y grandeza.