Editorial-El Correo
- Cuando se cumple un mes de la guerra contra Irán, el bloqueo de Ormuz y la amenaza hutí en el mar Rojo redoblan la presión sobre Trump
El ataque lanzado por los hutíes de Yemen contra Israel impactará también en la apertura de los mercados mañana. Transcurridas cuatro semanas desde el comienzo de la agresión ilegal de Estados Unidos e Israel contra Irán, el debut del grupo aliado de Teherán era predecible, por su capacidad de estresar las defensas hebreas y su potencial disruptivo en el tránsito por el mar Rojo y el canal de Suez. Con el estrecho de Ormuz bloqueado, las consecuencias para las ya sacudidas cadenas de suministros mundiales -no solo de hidrocarburos, también de fertilizantes, componentes industriales y alimentos- solo pueden multiplicarse. También la presión sobre Donald Trump.
Un mes después de iniciado el conflicto que incendia Oriente Medio, la propaganda de victoria que emiten los dos bandos no resiste el contraste con la realidad. Al Gobierno israelí le cabe el dudoso honor de intentar normalizar el asesinato de los sucesivos dirigentes iraníes y de aprovechar que el planeta se concentra en las urgencias económicas para reproducir en Líbano la destrucción que sigue sembrando en Gaza y Cisjordania. Todo ello al coste de mostrar defensas vulnerables a las oleadas de misiles iraníes. El propósito del régimen de los ayatolás pasa por sobrevivir, con un liderazgo difuso y más radicalizado, y causar el mayor daño posible a sus vecinos del golfo Pérsico aliados de EE UU; unas naciones árabes incapaces de aprovechar para construir un proyecto conjunto de seguridad, tampoco ahora que comprueban el resultado de confiar en un presidente que se mofa en público del heredero saudí.
Los objetivos de Trump para dinamitar el avispero que evitaron sus predecesores eran irreales cuando intentaba enunciarlos -el cambio de régimen en Teherán, la eliminación de su programa de misiles balísticos y apoderarse del uranio enriquecido que ya dijo haber destruido en los ataques de junio-. Sus frecuentes declaraciones de victoria no se corresponden con la destrucción de bases estadounidenses en el Golfo, ni con la pérdida del costosísimo armamento que sustenta su superioridad aérea. La supuesta inminencia de una operación terrestre puede añadirse a la campaña peor preparada de la historia de EE UU. Los socios europeos, angustiados por el previsible agravamiento de la crisis energética, se aferran a la vía negociadora; una senda aún muy incipiente a la que la Casa Blanca debería aplicar el mismo empeño que dedica a destruir la OTAN.