Manuel Marín-Vozpópuli
- ¿Hasta cuándo soportarán sus respectivos electorados tanto cinismo? La prioridad en España no es una derecha a bastonazos
Hace una semana, Vozpópuli publicó un sondeo según el cual nueve de cada diez votantes del PP y de Vox son partidarios de alcanzar pactos de gobierno autonómicos que reafirmen en las instituciones lo que sociológicamente emerge cada vez más como un grito contra el sanchismo. Las urnas en Castilla y León no han hecho sino revalidar, con más del 50 por ciento de los votos conjuntamente, esa tendencia. En España hay un giro notorio hacia la derecha ideológica y aunque PP y Vox simulan entenderlo, lo cierto es que las recientes elecciones en Extremadura y Aragón demuestran que lo puramente táctico se impone sobre la lógica ciudadana. Aquí nadie pacta un gobierno autonómico sin medir al milímetro qué grado de desgaste sufre, qué bazas regala al PSOE o qué reacción ideológica en la izquierda puede generar. Es miedito, es acomplejamiento, es estrategia. Y eso, en ambos partidos.
En Castilla y León el PP ha vuelto a ganar con solvencia. No alcanza la mayoría absoluta de antaño, pero el mapa entre izquierda y derecha sigue sin alterarse. La única cuestión pendiente, porque se van agotando los plazos, es en qué condiciones Vox asume que debe entrar en Ejecutivos regionales de una vez por todas, sin medir nada más que la lógica ciudadana, o bajo qué absurdo criterio rompe los tableros del juego y consiente la repetición de elecciones. Vox estaría encantado de demostrar que el PP, al convocar comicios adelantados en Extremadura o Aragón, se ha equivocado porque, lejos de alcanzar la certeza de mayorías absolutas, ha evidenciado una mayor dependencia del partido de Santiago Abascal. Alberto Núñez Feijóo, a su vez, ha sentado las bases realistas sobre las que es posible asentar acuerdos de Gobierno. Sin embargo, ese marco ideológico ha sido despreciado por Vox, que una vez más se ha hecho el ofendidito. Lo del PP y Vox es la historia de nunca acabar, un tedioso toma y daca de consecuencias imprevisibles. Primero, porque Ciudadanos ya vendió estúpidamente todo su patrimonio a ser segunda fuerza política en España para hundir al PP… y hoy es un partido desaparecido. Y segundo, porque Vox, que está en su derecho de creer que podrá desbancar al PP, da la impresión de no tener clara su prioridad: ¿quiere contribuir a hundir al sanchismo o pretende hundir al PP? Es algo que todavía no ha aclarado Vox con un mínimo de clarividencia.
¿Qué era Vox en 2018, cuando irrumpió en el Parlamento de Andalucía como una flecha? Pues era un partido que bebía de muchos errores ideológicos de un PP que había renunciado a ser la derecha clásica para emular a una suerte de liberalismo centrista porque Ciudadanos le segaba la hierba bajo los pies. Vox se apropió de un hueco semivacío con un mensaje estridente y sin matices, según el cual todo era blanco o negro porque no había grises. Después revalidó todo aquel entramado en las generales de 2019 y en sucesivas elecciones. Vox había llegado para quedarse, como suele decirse, y el PP no lo tomó demasiado en serio. Vox era un producto derivado de un populismo extremista que empezaba a caer simpático entre capas sociales que veían en el bipartidismo clásico una conjunción de corrupción, pasteleos, debilidad y obsolescencia. Podemos abrió la veda y Vox lo aprovechó inteligentemente en sentido inverso. ¿Qué es hoy Vox? Lo mismo, pero sin aclarar si lo que quiere es erradicar a la izquierda del poder o intentar ser el partido hegemónico de la derecha. Es decir, un producto electoral de primera magnitud con capacidad de veto para muchas decisiones, pero a la vez la sombra indecisa que para fulminar al PP no hace sino alimentar a la izquierda. ¿Se les va acabando el cuento al PP y Vox? ¿Hasta cuándo soportarán sus respectivos electorados tanto cinismo? Si la prioridad de esos electorados es sentar las bases de una salida de la izquierda del poder, algo están haciendo muy mal.
Ambos partidos pueden llevar al límite la milonga de que no terminan de ponerse de acuerdo en el número de consejerías autonómicas que debe ocupar cada cual. Ambos podrán tener matices sobre la Agenda 2030, el feminismo, la igualdad, el rollo woke, el cambio climático o la inmigración. Todo es falso. Todo depende de una decisión política, personal e intransferible de Alberto Núñez Feijóo y de Santiago Abascal. Pueden seguir aburriéndonos con las sandeces del ‘socialismo azul’, los eslóganes primitivos, o la iconografía de una nueva sociedad y bla, bla, bla. Me temo que el votante de derecha quiere resultados, no autodestrucción. Que desea gestión. De infraestructuras, de trenes que lleguen a tiempo, de carreteras que no tengan socavones, de vivienda que se construya más allá de los mítines, de defensa de la unidad nacional, de seguridad en las calles… No desea demagogia con la inmigración, ni buenismo laboral, ni cobardía institucional. Sánchez está sentando las bases para quedarse y para eso ha secuestrado instituciones, ha tomado al asalto consejos de administración de multinacionales privadas, ha amenazado a jueces y fiscales, y ha tratado de acallar la corrupción poniendo un bozal a la Policía o a la Guardia Civil. El modelo de democracia liberal está fallando, está roto por la cuaderna, y el problema para Vox son los pines que llevan en su solapa consejeros del PP con no sé qué rollo de la Agenda 2030.
Resulta poco comprensible que PP y Vox se mutilen entre sí, que Abascal no asuma que su papel en la historia de hoy es subalterno pero imprescindible, y que siga alimentando la entelequia de un liderazgo virtual de la derecha que no le corresponde. Tan incomprensible como que la soberbia se imponga en el PP sin entender que, a día de hoy, por sí solo, no podrá con el sanchismo porque los números, los escaños, la expectativa, sigue siendo muy insuficiente. Vox no asume que la deriva populista tiene techo de cristal y una fecha límite por más que la borrachera de la euforia les indique que su camino es correcto. Y el PP no termina de entender la lógica de la cesión. La prioridad en España no es una derecha a bastonazos. Y hasta que se dejen de jugar al Scattergories con el presente y el futuro de la democracia española, habrá poca solución. De momento, tienen a Extremadura, a Aragón y a Castilla y León para demostrar que en algo aprecian el sentido común y la salubridad de nuestro sistema.