Cristian Campos-El Español
  • Es una gravísima distorsión moral creer que el mejor homenaje a los fallecidos y sus familiares es mantener una teatral apariencia de unidad institucional que en la práctica supone la irresponsabilidad de los políticos.

Esta no será una columna larga porque, ¿para qué gastarse si los españoles andamos atascados en el día de la marmota y ya sólo nos queda repetir una y otra vez las mismas quejas de rutina mientras los trenes se estrellan, los servicios públicos se desmoronan y Pedro Sánchez, con cuarenta y un muertos en la morgue, se dedica a reñirnos por no informarnos en las fábricas de bulos oficiales?

Cuando el PSOE, el partido que rodeó las sedes del PP después de que los islamistas volaran los trenes de Atocha, pide no politizar la tragedia sólo está pidiendo tiempo para armar el relato con el que desviará la atención de la catástrofe y volverá a colocar la pelota en el tejado de la oposición.

Creo que esto lo entendemos todos, ¿cierto?

Es por supuesto prerrogativa de los españoles decidir si le conceden o no ese tiempo a Pedro Sánchez como si el PSOE fuera un partido de monjes jainistas, esos que van barriendo el suelo para no pisar una sola hormiga mientras caminan, y no una maquinaria impersonal cuya gasolina es el poder inimputable.

Nada que objetar en cualquier caso a la decisión que adopten los españoles. Hay gente a la que no le gusta ganar jugando feo y prefiere perder jugando bonito y manteniendo la posesión de la superioridad moral.

Del éxito de esa ejemplar predisposición al martirio da fe el hecho de que Carlos Mazón anda dimitido y amenazado de prisión mientras Teresa Ribera, que se negó a hacer las obras en el barranco del Poyo que habrían evitado una buena parte de los 238 muertos de la dana, anda cobrando un salario de 425.000 euros como vicepresidenta primera y comisaria de Competencia de la Comisión Europea.

A cambio, no hay español que no se conozca hoy el menú del restaurante El Ventorro como si fueran las tablas de la ley.

Sólo una pequeña observación a raíz de esto más allá de la evidencia de que en este país lo que es o no es «juego bonito» lo decide el PSOE y no hay por tanto posibilidad alguna de ganar esa Champions de la estética si no militas en las falanges del sanchismo.

Es esta observación:

Las urnas te dan la Moncloa y eso parece garantizado para PP y Vox en el plazo máximo de un año y medio.

Lo que no te dan las urnas es la legitimidad que hace que a Pedro Sánchez se le puedan estrellar dos trenes competencia del ministerio que está en el centro de una trama de corrupción a la que todavía no se le ve el fondo y que en España no se mueva ni una hoja.

Lo que no te dan las urnas es que, con cuarenta y un muertos a cuestas, trece españoles en la UCI y más de ciento cincuenta heridos en los hospitales, el ministro que ha dedicado la mitad de su jornada laboral desde noviembre de 2023 a pitorrearse de los ciudadanos desde la atalaya de su cuenta de X siga en su puesto y aquí paz y después gloria.

Y lo que no te dan las urnas es la garantía de que los españoles reaccionarán al más leve tembleque de un futuro gobierno del PP con la misma mansedumbre con la que han reaccionado a los 120.000 muertos de la Covid-19, los diez muertos del apagón de 2025, los 238 de la dana y los cuarenta y uno de este domingo.

Y eso lo comprobará la oposición no el día que a PP y Vox se le mueran cuarenta y un españoles por una mezcla de corrupción, incompetencia y desidia, sino el día que Alberto Núñez Feijóo carraspee durante una rueda de prensa.

Y eso, esa legitimidad, esa paz de espíritu, no se gana en las urnas, sino negando la mayor. Y negar la mayor es dejar de actuar como si España le perteneciera en usufructo vitalicio al PSOE y todos los españoles le debiéramos algo. Un respeto. Una moderación. Una genuflexión. Un je ne sais quoi.

Dice el periodista David Alandete «en Washington el año pasado murieron sesenta y siete personas en un accidente provocado por una mala ruta de helicóptero. De inmediato se exigieron responsabilidades al Gobierno y al Pentágono, y los periodistas preguntaron abiertamente de quién era la responsabilidad dentro de la cadena de mando. En España, en cambio, vemos a medios y periodistas sosteniendo que pedir explicaciones tras una tragedia es ‘fascismo’. Eso es propio de sistemas autoritarios: contar con medios alineados o comprados que hacen las purgas y descalifican la crítica por ti».

Estoy de acuerdo con Alandete.

Es una gravísima distorsión moral creer que el mejor homenaje a los fallecidos y sus familiares es mantener una apariencia de unidad institucional que en la práctica se traduce en un «ya habrá tiempo de exigir responsabilidades» sabiendo que ese tiempo y esas responsabilidades jamás llegarán.

Como jamás han llegado las del apagón de 2025, del que todavía no sabemos, en la práctica, nada.

En el accidente de este domingo una niña de seis años perdió a sus padres, a su hermano y a su primo. El personal de emergencias se la encontró vagando sola por las vías, entre los vagones destrozados.

La pregunta es sencilla. ¿Cómo se demuestra más respeto por esa niña? ¿Escenificando una pantomima de unidad institucional y burocrática para tranquilidad de políticos y funcionarios e intelectuales de salón?

¿O exigiendo saber, como hacen en Estados Unidos, «de quién es la responsabilidad en la cadena de mando»?

Sólo un detalle. Sólo unas horas antes de la tragedia más avisada, advertida y previsible de todas las que han tenido lugar en la España de los últimos veinte años, Óscar Puente se dedicó a tuitear contra Donald Trump, a ridiculizar al director de un periódico crítico con el Gobierno, a reírse del alcalde de Madrid y de su mujer, a burlarse de Jorge Azcón y a exigirle a Alberto Núñez Feijóo que «se pire» de España.

Apenas unas horas después, con cuarenta y un muertos sobre la mesa de su despacho en el ministerio más corrupto del gobierno de Pedro Sánchez, su partido pedía «no politizar», «respeto por las víctimas» y «altura institucional». Es decir, chitón.

Por supuesto, sus deseos han sido concedidos. A los cuarenta y un muertos de Adamuz se les ha concedido no sólo el silencio de los cementerios, sino también el de las calles.

Admirable unidad entre muertos y vivos en España. Todos igual de callados.