Isaac Blasco-Vozpópuli
- Lo que mejor hacen los herederos de aquellos movimientos surgidos al calor del dislate zapaterista es repetirse. Y Díaz lo hace más que el ajoblanco
Antonio Maíllo se refirió ayer a un taxista, también a la frutera de su barrio, como los destinatarios reales de este enésimo proceso de la refundación de la izquierda que concluirá el sábado 21 de febrero con un botellón en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. La búsqueda de un nuevo liderazgo es por ellos, no por seguir acaparando protagonismo, vino a significar.
Al margen de que el taxista seguramente votará a Vox, el coordinador general de Izquierda Unida, cuya militancia debe de caber en dos o tres taxis como el que cogió este pasado miércoles, definió el objetivo de darle vueltas a la misma madeja con uno de esos eufemismos tan propios del lenguaje totalitario: pidió “amplias dosis de generosidad” a los dirigentes actuales. Pero, en realidad, estaba diciendo: “Yolanda Díaz debe irse”. Porque si algo esconde tanta solemnidad declarativa es una lucha de poder a cara de perro.
Desde los tiempos de la URSS, ya se sabe que este tipo de retruécanos forma parte del acervo lingüístico de la izquierda más allá de la izquierda, que es la más coñazo de todas las izquierdas. Maíllo, lo más parecido hoy a un comunista canónico en España, siguió tirando de frases acartonadas, similares a las de esos artículos anónimos de ‘Pravda‘ que, atribuidos a la pluma de Stalin, indicaban al aludido el camino hacia el gulag. “Hay que agitar el árbol de reflexión política” frente al ascenso de la “extrema derecha”, concluyó. Muy bien.
Con todo, Maíllo acaso sea el más consecuente de los cabecillas de un marasmo que lleva preguntándose qué va a ser de mayor mientras España padece una parálisis institucional sin precedentes en la democracia. Una España al borde diario del colapso por un déficit de gestión que ha devenido en unos servicios públicos depauperados porque sus responsables se afanan más en ejercer el control sobre el debate público que en cumplir con sus obligaciones ejecutivas.
La primera incumplidora es, precisamente, la vicepresidenta segunda del Gobierno, cuya agenda diaria consiste en epatar para permanecer por permanecer, pero en ningún caso para resolver nada.
Lo que mejor hacen los herederos de aquellos movimientos surgidos al calor del dislate zapaterista es repetirse. Y Díaz lo hace más que el ajoblanco. Le va a costar irse, y la muestra es que ni se dio por concernida cuando Sumar no sacó un solo diputado en las últimas eleccines gallegas.
Su reacción a este nuevo ensayo de cohabitación de las izquierdas que supere el engendro de Sumar basculó entre el candor y el cinismo: “Esto va de movilizar y todo lo que sume, bienvenido sea”. Nada de eso, señora vicepresidenta: esto no va de movilizar, sino de moverle a usted la silla.