- Entre los tesoros culturales que posee España se encuentran sus distintos idiomas. Como tales tesoros hay que cuidarlos, protegerlos y darles futuro.
El peor enemigo de la humanidad es la estupidez. En estos tiempos aflora como las setas en otoño y a esa proliferación contribuyen internet y las redes sociales como un auténtico catalizador de la estulticia humana. Ya lo había afirmado Umberto Eco: «internet da la posibilidad al tonto del pueblo de ponerse a la altura del sabio». Lo dijo Eco, no lo escribí yo. Seguro que el lector conoce un buen catálogo de situaciones y de protagonistas de esos ambientes. Uno de ellos tiene que ver con el idioma. Como lo hemos ido convirtiendo en una herramienta para separar en lugar de que responda a su primer y más genuino objetivo que es el de comunicar y permitir el entendimiento entre unos y otros.
Tengo para mí que entre los tesoros culturales que posee España se encuentran sus distintos idiomas. Como tales tesoros hay que cuidarlos, protegerlos y darles futuro. En primer lugar, se encuentra el castellano o español, que permite entenderse ya a más de seiscientos millones de personas. El idioma por antonomasia de este país. Después están el gallego, el catalán y el euskera o vascuence. El bable, el andaluz o el aragonés, con todos los respetos, son variaciones dialectales del castellano. Ni poseen gramática ni tiene una tradición literaria y por no tener, no tiene sentido alguno el empeño de determinados políticos por convertirlos en idiomas oficiales. Es tan infructuoso como el empeño del peor ministro de Exteriores de la historia reciente, Albares, en hacer oficial el catalán en la Unión Europea. Los esfuerzos estériles conducen a la melancolía.
En los últimos días, se sucedieron dos noticias de denuncias a dos trabajadores –un guardia de seguridad y un funcionario— que no entendían el catalán. Es un claro ejemplo de necedad y de mala voluntad por parte del denunciante, además de una instrumentalización del idioma para hacer el mal. No creo que sea necesario denunciar a una persona por no entender un idioma concreto cuando el castellano es el idioma oficial en todo el territorio. Allá ellos, ese odio los envenena todos los días. Qué infelices son.
El bilingüe es el que habla el idioma del otro. Seguro que ese ciudadano valenciano que denunció al guardia de seguridad por no entenderlo sabrá hablar español. Me recuerda a un banco que te saluda en catalán, llames de donde llames a su centralita, cuando el noventa por ciento de sus clientes son de fuera de Cataluña. Tanto dinero gastado en publicidad para no saber comunicarse con lo más importante que poseen: su clientela.
La Torre de Babel fue una maldición para los seres humanos por su soberbia y por su mala voluntad. Desde entonces el don de lenguas solo lo tienen una minoría en medio de los miles de millones que ya poblamos el planeta. A mí me encantaría hablar más idiomas y poderme comunicar con el mayor número posible de personas. Admiro a quien logra hacerlo. Lo que no se me ocurre es denunciar a nadie porque no me entienda en mi idioma. En todo caso, mis esfuerzos por aprender otro idioma siempre serían desde la economía del esfuerzo de estudiar, el que me permita relacionarme con el mayor número de personas. El español, por ejemplo, dado que el chino no posee capilaridad salvo en su propio país, es el segundo idioma de los negocios y de internet. Pero quien se empeñe en aprender el suahili tendrá todo mi respecto y admiración. Allá cada uno con sus esfuerzos.
En la España de hoy, en lugar de aprender a convivir, estamos empeñados en enfrentarnos unos a otros. ¿Qué pecado habremos cometido para que nos haya tocado vivir un tiempo tan cargado de estupidez humana?
Nota final: Tengo que agradecer al diario The Times de Londres que se hiciera eco ayer de mi artículo sobre el panettone y el roscón. Ya se sabe que el humor inglés es más parecido al gallego que el de otras latitudes. Menos mal. La cantidad de graves y circunspectos que carecen de sentido del humor deben ser los que pueblan esa legión de intolerantes a los que más arriba me refiero. Con lo bueno que es comenzar el día con una sonrisa. Como decía un recordado jefe mío del pasado, la interpretación de la ironía va en la inteligencia del lector. Amén.