Chapu Apaolaza-ABC
- El término fascista ya solo explica que el que lo usa contra alguien, lo odia
El tertuliano me llamó fascista en televisión: «Fascista que defiende el fascismo». Todos hemos escuchado discutir a los demás y hemos discutido con ellos; a veces resulta divertido y otras, muy desagradable. La discusión tiene que ver con que uno argumenta que se ajusta más al orden de la naturaleza. Para que la discusión funcione, los contendientes deben estar también de acuerdo en ese orden que representan en conceptos, palabras y magnitudes compartidas o, de lo contrario, la discusión carece de sentido.
En el prefacio de ‘Mero cristianismo’, C. S. Lewis reniega del uso de ‘cristiano’ para referirse a alguien que, sin seguir las doctrinas de Cristo, comparte aproximadamente sus valores. Lewis explica cómo corre el riesgo de la palabra ‘caballero’, que ha perdido sentido. Antes representaba una información concreta sobre alguien –que disponía de un escudo de armas y de tierras–. Más tarde, se fue deformando hasta representar a alguien que se comportaba como un caballero: cortés, honorable y valiente. Alguien con buenas intenciones. Llamar a alguien ‘caballero’ en este nuevo sentido, propone Lewis, deja de ser un modo de dar información –tiene un escudo de armas– para convertirse en una forma de alabanza en la que ni siquiera todos tienen por qué estar de acuerdo. «Cuando una palabra deja de transmitir información para transformarse en un elogio –o en lo contrario, añado–, deja de comunicar hechos acerca del objeto». Decir de alguien que es un caballero significa poco más que decir que es una persona que le gusta a quien lo describe. Lo mismo sucede con ‘fascista’, que ya solo explica que quien lo usa contra alguien, lo odia. Hablamos de uno de esos términos rotos de tanto usarlos, como el amor de la canción, de los que ya no quieren decir nada, como ‘machista’ o ‘facha’, que se emplean para desacreditar al contendiente, para matar su argumentario, y que en concreto ya no hablan más que de quien los pronuncia.
Antonio Maestre me llamó fascista en televisión, digo, porque está enfadado con mis opiniones y porque no teme encasillarse en el papel de matón de barrio. Durante un tiempo estuve pensando en el prefacio de Lewis y en cómo ‘fascista’ ya no solo no quiere decir nada, sino que es un insulto que puede convertirse incluso en un cumplido. El día de la discusión, Antonio Maestre –que cuando se enfurece se le ponen, como le dijo Raúl del Pozo a Santiago Carrillo, los ojos de revólver– había publicado un artículo en el que cargaba contra la oposición venezolana en España, llamándolos «escoria infecta» y «gusanera fascista». Si otro escribe ese texto, le bombardean el búnker de Berlín, pero es sabido que a la izquierda no le tira la sisa de la palabra.
Pensé que, si para el tertuliano ser un fascista era luchar por la democracia en tu país, si ser fascista era jugarte el tipo por defender tus ideas a riesgo de perder la libertad, la hacienda y la vida; si abandonar tu país por no cerrar la boca ante una dictadura era ser un fascista, con mucho gusto me contaría entre ellos.