Editorial-El Correo
- Los graves altercados de la última noche empañan una Aste Nagusia en la que sobra la intolerancia y falta pluralidad para afianzar su histórico tirón
La quema de Marijaia puso ayer fin a unas fiestas de Bilbao empañadas por los graves altercados de la última noche, en contraste con la normalidad que ha imperado durante nueve jornadas de ocio multitudinarias. Los inadmisibles ataques a ertzainas y policías municipales, recibidos a botellazos por grupos de jóvenes cuando acudían a atajar una pelea, obligan a renovar con firmeza los mensajes de condena por la falta de civismo de unos pocos. El hostigamiento a unos agentes comprometidos con la defensa del orden público es una absoluta anormalidad democrática que debe ser denunciada por todos los que promueven una Semana Grande libres de agresiones. Sin convivencia no hay fiesta, y ese es un mensaje que conviene recalcar para poner coto a la intolerancia y evitar cualquier espacio a la impunidad.
La seguridad ciudadana en todos sus órdenes es una prioridad para garantizar una Aste Nagusia sin sobresaltos, acompañada por el saber estar que, en general, ha demostrado el pueblo de Bilbao y sus miles de visitantes. En esta edición que se cierra hablando de lamentables disturbios, ha prevalecido la fiesta. La aplicación rigurosa de los controles es la mejor cobertura para disfrutar de ella con seguridad, salud y transparencia: sea con la prevención de la delincuencia en el recinto festivo, la vigilancia sanitaria de los puestos de comida sin ninguna garantía, la limpieza del recinto -de nuevo, un trabajo ímprobo que merece ser destacado- o la gestión del TicketBai en las comparsas para impedir un trato desigual con el resto de negocios.
Los dos millones de personas que han vivido la Aste Nagusia son el testimonio de su tirón, pero no convendría fiar el éxito a una eventual masificación. El modelo debe ampliar sus miras y organizar la oferta cultural sin renunciar a figuras de la música y del teatro. Es revelador que, en la edición más multitudinaria, haya habido recintos desangelados y el público diera la espalda a algunos de los conciertos programados como principales. Bilbao ha vuelto a demostrar con su participación que está por encima de las carencias de un programa demasiado previsible y con espacios desconectados del resto de la fiesta. Esta ciudad y las miles de personas que nos visitan -y que a buen seguro seguirán haciéndolo- son más plurales de lo que se puede escuchar desde la balconada del Arriaga durante el txupinazo y de lo que se puede ver entre determinados grupos. Los gestos de intolerancia, violencia y falta de respeto son los auténticos aguafiestas, afortunadamente cada vez menos.