Editorial-El Correo
- Quince años después del fin del terrorismo, la consolidación de la convivencia exige a Bildu el reconocimiento del daño causado por respeto a las víctimas
Por fin. Fue seguramente la expresión más compartida en Euskadi y en el conjunto de España aquel 20 de octubre de 2011, cuando ETA anunció el cese definitivo de la violencia tras medio siglo de dolor y sinrazón. Ese sentimiento de alivio tan gráfico y liberador, recogido por este periódico en una portada histórica para ilustrar el final del terrorismo, marcó el inicio de una nueva etapa de esperanza, convivencia entre diferentes y desarrollo pleno de las capacidades del País Vasco sin el lastre de la amenaza ni el señalamiento cruel. La pesadilla que supuso para miles de personas el zarpazo del terror, con el asesinato de 850 personas y un sinfín de víctimas de la extorsión que todavía hoy causan un escalofrío, ha dado paso a un proceso de reconstrucción de puentes que aún no ha acabado tres lustros después.
La paz debe significar mucho más que la mera ausencia de violencia, y eso exige una doble confirmación en un momento de interés electoral. Frente a discursos que desempolvan los tiempos más oscuros, solo cabe remarcar que no hay vuelta atrás en el final del terrorismo y la apertura de un nuevo tiempo abierto a la discrepancia sin miedo a ser colocado en una diana: ni existe ETA, derrotada por la fuerza del Estado de derecho, la acción policial y el hartazgo ciudadano, ni hay lugar para un regreso de cualquier expresión violenta, a pesar de algunas señales alarmantes en las calles que convendría deslegitimar con celeridad.
No basta con una aparente normalidad para consolidar la convivencia, si no va acompañada de un compromiso irrenunciable con la memoria de las víctimas, la verdad y la justicia. Ese reto pendiente señala directamente a la izquierda abertzale, obligada a dar el paso definitivo en el reconocimiento del daño causado y de la injusticia de aquella barbarie tras años de connivencia con ETA, cuando no de apoyo a lo que fueron brutales vulneraciones de los derechos humanos. Quince años después, el camino recorrido demuestra la fortaleza de la democracia. Sin embargo, el desafío pendiente sigue siendo legar a las futuras generaciones una sociedad plenamente consciente de su pasado, por muy doloroso que haya sido, y firme en sus principios. Bildu ha pasado en este tiempo de la ilegalidad a convertirse en un actor central en la política española y vasca, con aspiraciones declaradas al liderazgo de las instituciones en Euskadi y voluntad de pacto. Falta que se sume a la necesaria condena para completar el recorrido ético pendiente y otorgar a todas las víctimas el respeto que merecen. Por fin.