ABC-ISABEL SAN SEBASTIÁN

Pedro Sánchez se ha ganado dos semanas de vacaciones en avión privado: es el precio de la traición

EL presidente rehén de la extrema izquierda y los golpistas, el único que ha llegado al despacho tras encabezar una lista electoral humillantemente derrotada en las urnas, disfruta ya de sus vacaciones con el Falcon que tanto le gusta a disposición de sus caprichos. Ha demostrado no tener honor, ni palabra, ni lealtad a sus siglas o a sus compañeros, que pagarán muy caras en las municipales y autonómica la justa indignación de los españoles, ni coraje para defender la Constitución que juró cumplir y hacer cumplir, ni mucho menos talla política, pero posee la potestad de viajar a donde le plazca en el avión oficial que pagamos los ciudadanos a escote. Es más; tan grande es su poder, tan absoluta su arbitrariedad, que ha dado órdenes estrictas para que la utilización de esa aeronave por parte de su insigne persona se considere secreto de Estado. ¿Cómo, si no, podría seguir usándola para asistir a un concierto de rock o a la boda de su cuñado? La ocultación es un pilar esencial sobre el que asentar que este infame mandato basado en el fraude.

El presidente vendido a populistas y separatistas se toma dos semanas de asueto entre Doñana y Lanzarote. ¿Quién dijo crisis? Él no tiene un negocio que levantar ni una nómina que ganarse. Su negocio es conservar como sea el puesto que obtuvo mintiendo al prometer elecciones y su nómina depende únicamente de lo que decidan sus socios, cuya característica común es el afán de dinamitar la Nación y la democracia. De ahí que haya dedicado los últimos días a tratar desesperadamente de agradarles, a costa de hincarse de hinojos ante ellos, deshonrando con su conducta todo que significa la Presidencia del Gobierno de España. ¡Nunca un billete de avión había salido tan caro!

El presidente felón ha dejado hechos los deberes, justo es reconocerlo. Claro que su ejemplo y mentor, José Luis Rodríguez Zapatero, le había facilitado las cosas indicándole la senda a seguir mediante una proclamación solemne pronunciada con orgullo: «Yo dialogué hasta con ETA». En realidad, el verbo correcto habría sido «claudicar». Eso es lo que hizo ZP ante la banda asesina y es exactamente lo que emuló su discípulo hace unos días, al pasar mansamente por las horcas caudinas de Torra, a instancias del correveidile Pablo Iglesias, sin otro fin que prolongar su estancia en La Moncloa ni otra motivación que su desmedida ambición. Desde su escondite belga, el líder de la secesión catalana huido de la Justicia, Carles Puigdemont, había dado instrucciones precisas: Que fuese a Barcelona el jefe del Ejecutivo, acompañado de sus ministros, y se celebrase una cumbre de igual a igual con el Ejecutivo autonómico. Que hubiese foto de la reunión, foto de la vergüenza, para satisfacción de sus masas ávidas de escenificación patriótica. Que quedara claro a ojos del mundo que quien se rendía era Sánchez, con sus apelaciones al «diálogo» estéril y su omisión deliberada de cualquier referencia a la ley pisoteada por el anfitrión de ese encuentro. En cuanto a las promesas secretas… es de suponer que estaría sobre la mesa el indulto. A cambio, la violencia alentada desde la Generalitat sería «de baja intensidad» y se aprobaría en el Congreso el techo de gasto, como paso previo al Presupuesto. Un cambalache siniestro.

El presidente Pedro Sánchez ha puesto realmente alto el listón de la vileza. Se ha ganado con creces esas dos semanas de vacaciones en avión privado: es el precio de la traición que juzgaremos los españoles cuando al fin se nos dé voz.