Antonio Rivera-El Correo
En 1916 Francesc Cambó se puso al frente de la campaña ‘Per Catalunya i l’Espanya gran’. Pretendía imprimir modernidad a una política española anquilosada. En 1986 lo intentó Miquel Roca con un libro titulado ‘Una proposta catalana per a la modernització de l’Estat’ y el eslogan electoral de ‘Hay otra forma de hacer España’. Los dos fracasaron. Cada cierto tiempo, con todo derecho, ese otro gran centro español que es Cataluña nos propone cómo mejorar el país. Lo intenta ahora Rufián, desde la izquierda también nacionalista. Le auguro similar resultado.
Se trata de conseguir los escaños por la minoría de diversas provincias, normalmente del interior. Se suma y así se compite con el tercero en discordia, Vox, en un empeño antifascista. Problema: Vox ya tiene acreditado un resultado previsto en ese tipo de circunscripción que suma más que todas las izquierdas de la izquierda juntas, añadidos indepes o similares de todo jaez. Segunda cuestión: si no fuera así, la propia mezcla, más allá de estimular el voto izquierdista, que lo haría, provocaría más otro reactivo españolista.
Pero, sin ir tan allá, votantes no extremistas de la izquierda y ni siquiera demasiado españolistas se sentirán poco estimulados por una plancha que exhibe una intención autodeterminista para parte del país. Hay que ser muy nihilista para entregar el voto en favor de este a quienes tienen por objeto principal su desmembramiento, su debilitamiento y su expolio. Las derechas nacionalistas mostraron anteriormente más mano izquierda. El soufflé mediático y no sé si político de esta intentona acabará en la deposición de Rufián, al que ya han asegurado en su partido que será futuro cabeza de lista. La lógica política no es muy distinta de la que se aplica a los banquillos del fútbol.
Porque, además, el contexto de las izquierdas no es el más propicio. Necesidad, urgencia y realidad no viajan juntas. Podemos concentra su empeño y limita su futuro a disputar con Sumar. Sumar es título declinante, como su mascarón de proa. Izquierda Unida ha vuelto a darse cuenta de que es lo que sostiene a pie de obra la izquierda de continuidad, y en casi todos los rincones del país.
Los indepes de las naciones más históricas van por libre porque ven que les va bien: la verdad de la patria y la lógica del qué hay de lo mío gozan de mejor salud que la de la izquierda y la de la lealtad solidaria. Los que no se sabe qué son, los regionalistas supervitaminados, optan por lo mismo o quedan a la espera, siempre que encabecen en su distrito. Los Comunes catalanes ya le han dicho a la Esquerra que son más que ellos y Más Madrid se reparte en diferentes quinielas.
Con esos mimbres se pretende unir a las izquierdas de la izquierda para que en Soria, en Palencia, en Huelva o en Cuenca hagan lo que nunca han hecho, y que lo hagan con una combinación que lo hace, si cabe, todavía más imposible: desunión estructural y propuesta que espanta más que atrae. El filósofo Ortega dijo aquello de que el esfuerzo inútil conduce a la melancolía. Pues eso.