Ignacio Camacho-ABC

  • El PP tiene un serio problema de relato y de claridad estratégica para cerrar la grieta que tiene abierta a su derecha

Hay ocasiones en que ganar es una cosa y triunfar otra distinta. En Aragón, por ejemplo, el triunfador ha sido el tercero en liza mientras el ganador teórico, el primero de la fila, se está lamiendo las heridas de una victoria objetiva pero pírrica, en el sentido de que ha quedado bastante lejos de sus expectativas. Ésa es la lectura real de estas elecciones convocadas con el propósito –¿o era el pretexto?– de ampliar una insuficiente mayoría, y saldadas con un Vox en potente crecida y un Partido Popular a la baja cuyo único consuelo radica en la confirmación del presentido desplome socialista, para el que no caben interpretaciones ni cábalas ni atenuantes comparativas: se trata de una derrota sin matices, un fracaso estrepitoso del sanchismo y sus políticas encarnadas en la hasta hace bien poco portavoz gubernamental Pilar Alegría, perdedora absoluta sin otro alivio que el de no haber perforado el suelo histórico de sus siglas.

El PP de Feijóo tiene un serio problema. No da con la tecla para cerrar la grieta que tiene abierta por su derecha. Y no es, o no sólo, una cuestión de acierto comunicativo o de debilidad discursiva, que también, sino de ausencia de claridad estratégica. Le falta perfil de alternativa, un modelo, un relato reconocible, una traza concreta, y se le nota demasiado que no los encuentra. Ni aprovecha la caída del adversario ni logra marcar diferencias. El crecimiento de Vox lo ha desconcertado y en vez de afirmarse en unos principios básicos se mueve a base de continuos bandazos: no sabe si tratarlo como rival o como aliado. Unas veces intenta alejarse de los planteamientos de Abascal y otras parece empeñado en copiarle el marco programático. Sus campañas se desarrollan a espasmos, en un visible estado de nervios que desemboca en un comportamiento errático. De esos titubeos sale un retrato borroso que diluye sus rasgos y poco a poco va menguando su posición de liderazgo.

A Vox le sucede todo lo contrario: le funciona cualquier cosa que haga… o que no haga. Ni siquiera necesita candidatos de talla. La crisis del bipartidismo, la polarización retroalimentada y el rechazo de la política clásica lo mantienen en estado de gracia. En Aragón, como en Extremadura y muy probablemente en Castilla y León y hasta en Andalucía, está en condiciones de vender caras las cláusulas de alianza, y los populares empiezan a asumir de mala gana que no les quedará más remedio que aceptarlas. La idea de adelantar elecciones regionales en cadena se ha revelado desacertada; la pretensión de aumentar la estabilidad ha terminado complicándola. Se pueden conformar pensando que al PSOE, en cambio, ya no le funciona nada, pero es mala receta para cuando toque abordar la última batalla porque los votantes huelen la escasez de confianza y Sánchez jugará a fondo esa carta. La de destruir el centro y sacar de paseo el fantasma de las dos Españas.