Editorial-El Correo
- El presidente convierte la celebración de los 250 años de independencia en otro mitin de su campaña para mejorar las opciones republicanas en noviembre
La marginación de la comisión bipartidista que preparaba desde hace una década el 250 aniversario de la Declaración de Independencia hacía prever que entre los planes de Donald Trump no figuraba aprovechar una fecha tan señalada para unir a Estados Unidos. La obstinación del presidente por protagonizar el 4 de Julio, a diferencia de sus antecesores que evitaban apariciones públicas ese día, llevó a delegaciones demócratas a cancelar su presencia en Washington. Una capital federal con los monumentos más populares vallados por costosas y controvertidas reformas y en la que los ciudadanos figuraron como extras en el guion dictado por la Casa Blanca. Las temperaturas más altas en 150 años y las tormentas volvieron especialmente penosa la asistencia a la tardía alocución del republicano en el National Mall. Y el lanzamiento de 1,6 millones de dólares en fuegos artificiales deslucidos por el humo cerró una jornada para olvidar.
En el acto del sábado, el presidente cruzó la línea que separa la conmemoración institucional del acto de campaña. Y culminó una auténtica sobredosis partidista de cuatro intervenciones en diez días, entre ellas la que le llevó a reclamar un lugar entre sus ilustres predecesores en el Monte Rushmore. A la sombra de Jefferson y Lincoln, Trump reivindicó una gestión que los ciudadanos castigan con un 58% de desaprobación y contó como éxitos las aventuras militares en Venezuela o Irán. Tanto en el discurso de Dakota del Sur como en el de Washington, el mandatario trasladó su principal preocupación en el futuro inmediato: las elecciones del 3 de noviembre, en las que arriesga perder la absoluta subordinación del Congreso para profundizar en su deriva autoritaria. Un camino de 267 órdenes ejecutivas en año y medio de mandato en el que solo los tribunales ejercen de freno cuando pretende ignorar la Constitución.
Por todo programa, Trump esboza un imaginario «resurgimiento comunista» que, según sus medios afines, alude a la pretensión del ala más progresista del Partido Demócrata de ofrecer sanidad, educación y vivienda asequibles. Y urge al Senado a aprobar ya la reforma electoral que, entre otros capítulos, quiere restringir el voto por correo. Una estrategia de manipulación y miedo que prefiere desviar la mirada del desfile de cientos de enmascarados del Frente Patriótico con banderas confederadas y símbolos fascistas el sábado en la capital de la nación.