Vicente de la Quintana Díez-ABC

  • «Estudiando la historia de la Filosofía, se traba conocimiento con farsantes mucho más ingeniosos que los autores del decreto que la suprime. Ciertos planteamientos, sedicentemente ‘progresistas’, son cosa juzgada hace dos siglos; una grotesca comedia. Lo que ya no mueve a risa es planificar la destrucción del sistema educativo para completar un destrozo institucional, político y económico que comprometa definitivamente el futuro de España»

El pasado 29 de marzo el Consejo de Ministros aprobaba el proyecto de real decreto de la ESO. Los alumnos cursarán sus asignaturas con un enfoque «menos memorístico». Se suprime del currículo el estudio cronológico de la Historia, desaparece la Filosofía, y se anuncian los contenidos de una nueva Formación del Espíritu Societal: ‘memoria democrática’, ‘ecofeminismo’, ‘ética de los cuidados’ y ‘derechos LGTBIQ+’ serán materias transversales a todas las asignaturas, donde las ‘actitudes’ y las emociones (el «sentido socioafectivo de las Matemáticas») desplazarán progresivamente al antipático conocimiento como eje del proceso educativo.

En Historia, bloques temáticos rotulados: ‘desigualdad social y disputa por el poder’, ‘marginación, segregación, control y sumisión en la historia de la Humanidad’, ‘familia, linaje y casta’, ‘el papel de la religión en la organización social’, suplantarán incluso la mención de la conquista de América o de la Revolución Francesa. La Generalitat ha remitido su borrador de desarrollo normativo a los centros, yendo algo más allá: permite lograr el título de la ESO sin las competencias mínimas exigidas; suprime las notas trimestrales y recoge la formación en ‘identidades’, ‘resistencia a la opresión’ y ‘emancipación nacional’.

Recuerdo mi bachillerato y envidio, con melancólica nostalgia, la posibilidad de cursar uno sin logaritmos y con los profesores de Matemáticas volcados ‘socioafectivamente’ en los alumnos cortos de vista, afectados por sobrepeso o torpes en cálculo diferencial. Soy miope, algo gordo, y de letras puras: por ahí, bien. Dado que en atención a los principios de ‘inclusión educativa’ y de ‘diversidad’ se podrá pasar de curso y graduarse sin límite de suspensos, alimento un rencor retrospectivo por haber carecido de la posibilidad de catear, orgullosa y retadoramente, euskera y educación física. Solo como ejercicio de ‘diversidad’. En mi época, los españolistas sin grandes aptitudes deportivas éramos cruelmente invisibilizados: o saltabas el potro y entonabas con brío el ‘Eusko Gudariak’, o repetías curso. Seguro que la ‘inclusividad’ hará olvidar esa barbarie pedagógica tanto como la conquista de América y los logaritmos.

Sin embargo, este asombroso avance legislativo registra un lunar. Sin Filosofía, se dejará a las nuevas promociones ayunas no solo de pasto mental para su juicio crítico, como se ha señalado, sino de algo más divertido. Me explico. Recuerdo haber estudiado a Marx en clase de religión, en la de historia y en la de filosofía. Fue muy difícil no hacerse ferozmente antimarxista, por aburrimiento y por incordiar. Una antipatía adolescente puede durar toda la vida y la mía por el profeta de Tréveris se la debo a ‘la monotonía de la lluvia en los cristales’ mientras un maestro, ‘con timbre sonoro y hueco’, explica por qué la plusvalía es un robo. De pronto, en breve apunte de antecedentes doctrinales, hubo la mención de los socialistas utópicos: fin del aburrimiento, estaba salvado. No sé qué alusión marginal me hizo buscar las obras de esos divertidísimos chiflados, pero sus disparates me acompañan desde entonces como glosa de muchos extravíos contemporáneos. Saint-Simon, Considérant, Owen… Fourier y su ‘Hiérarchie du cocuage’, en que clasifica el adulterio en nueve grados y 72 especies diferentes, sólo en lo relativo al masculino (sumadas las variedades femeninas, habría 144), los falansterios, donde es obligatoria la uniformidad de unos ropones que, abotonados por detrás, hacen inexorable la cooperación social… Y, de entre todos ellos, Étienne Cabet. De los constructores de mundos imaginarios, no es el más original. Su sistema, expuesto en ‘Viaje a Icaria’, es un reflejo de concepciones anteriores: la ‘Utopía’, de Moro, y, sobre todo, la ‘Basiliada’, de Morelly. Pero Cabet presenta una novedad, nada floja, sobre los anteriores: fija el régimen transitorio entre la vida actual y el comunismo icariano. Este punto de transición es el escollo de todos los sistemas para trasformar el mundo. Aunque Cabet sostiene que el comunismo debe establecerse por persuasión, lo cierto es que Icar, el héroe de su novela, se adueña de Icaria por medio de una revolución; la reina, Cloramida, es destronada, y el jefe del Gobierno, Lindox, con todos sus compinches, son entregados a la nueva justicia.

He aquí al amigo lcar convertido en dictador de Icaria. Comienza a lanzar decretos. Redacta una Constitución y queda implantado el régimen republicano. La ‘República Democrática’ servirá de punto transitivo para llegar a la ‘Comunidad’ en un período evolutivo de cincuenta años. La propiedad privada actual se respeta; pero se restringen las nuevas adquisiciones, para ir estableciendo la igualdad. Icar otorga sueldos, destina quinientos millones para albergar jornaleros, derrocha en instrucción. Como esta munificencia coincide con el agotamiento de las fuerzas tributarias, allana la dificultad condenando a Lindox y demás ministros del antiguo régimen al pago de mil millones de francos como indemnización al pueblo. En Icaria la responsabilidad política no es palabra vana, sino hecho positivo. Otras medidas pueden agruparse así: fijación del precio de todos los artículos de primera necesidad; aumentos salariales; imposición en máximos. Los recursos para todo ello se obtienen por medio de empréstitos y grandes emisiones de papel moneda. La litografía y unos banqueros fantásticos convierten la República en reino de Jauja…

La educación se rige por el principio ‘toda enseñanza debe ser un juego, y todo juego una enseñanza’. Aunque supone Cabet que el espíritu de abnegación es incentivo suficiente para que los icarianos laboren, no debe estar muy seguro, porque establece el trabajo obligatorio.

En el libro discuten acerca del comunismo y la libertad el inquisidor español ‘Antonio’ y el filósofo icariano ‘Dinaros’. ¿Libertad de prensa? Según un neófito icariano, esta libertad sólo es necesaria en los gobiernos monárquicos y aristocráticos, «donde es un remedio -dice- a intolerables abusos; pero no en un régimen de comunidad, donde nadie abusa». El razonamiento parece diamantino por su consistencia y claridad: es evidente que, no abusando nadie, la libertad de crítica resultaría abusiva. En consecuencia, el gobierno icariano sólo tolera diarios limitados a insertar resoluciones de las asambleas y cuadros estadísticos. Cabet, panfletista, que tanto molestó con sus diatribas al Gobierno de Luis Felipe, no quería que le ocurriera a él otro tanto en su Icaria. Disentía por completo de Jefferson, que prefería vivir en un país que no tuviera gobierno y tuviese periódicos, antes que en país que no tuviera periódicos y tuviese gobierno.

«No hay más historia -dice la Constitución icariana- que la nacional, escrita por los historiadores nacionales. Un tribunal juzga la memoria de los personajes históricos y discierne, sin apelación, la gloria o la infamia». Discernida la infamia o la gloria, ¿para qué más historia? Cabet, que en producción material se atenía al principio de lo necesario, tratándose de historia era partidario de lo superfluo: nada hay más superfluo que la historia después que un tribunal ha resuelto, sin apelación, acerca de la gloria o la infamia de los personajes históricos. El sistema de Cabet tuvo realidad en Texas, donde estableció una colonia comunista. Y se alzó con 200.000 francos de suscripciones comunitarias. Repitió el ensayo en Illinois, erigiéndose en dictador de la nueva colonia, que al fin se sublevó, obligándole a poner pies en polvorosa para salvar el cuello. Estas peripecias le hicieron comprender a Cabet cuán peligrosa es la libertad de pensamiento… de los demás y, sobre todo, la libertad de acción para perseguir al que convierte el ‘ideal’, primero, en timo, y luego, en despotismo.

Estudiando la historia de la Filosofía, se traba conocimiento con farsantes mucho más ingeniosos que los autores del decreto que la suprime. Ciertos planteamientos, sedicentemente ‘progresistas’, son cosa juzgada hace dos siglos; una grotesca comedia. Lo que ya no mueve a risa es planificar la destrucción del sistema educativo para completar un destrozo institucional, político y económico que comprometa definitivamente el futuro de España. ESO no tiene gracia.

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Vicente de la Quintana Díez es abogado y analista político