Gorka Maneiro-Vozpópuli

  • Es lugar común dar por hecho el varapalo electoral que sufrirá el PSOE de Sánchez, habida cuenta la propia debilidad orgánica de su partido

Como he explicado en otras ocasiones, el 29 de noviembre nos jugamos la pervivencia de nuestro sistema democrático, no porque las alternativas al gobierno de Sánchez sean más o menos de nuestro agrado estético, gusto programático o interés ideológico o porque sean formaciones políticas que vayan a resolver todos los problemas que padecemos… sino porque Sánchez ya ha demostrado durante sus ocho años de permanencia en la Moncloa sus tics autoritarios, su propensión a la mentira, su querencia por saltarse los más básicos procedimientos democráticos, su pulsión por priorizar su interés personal al interés común, su deseo de ocupar todas las instituciones que debían ser neutrales y su disposición práctica a sortear, evitar o saltarse el poder legislativo y a ocupar, controlar o amenazar al poder judicial.

Y siendo esto así, no es momento de ponerse exquisitos ni andarse con demasiados remilgos ni ser más quisquilloso de lo recomendable sino de alcanzar ahora el objetivo ineludible, el único realmente alcanzable y, en el fondo, el único indispensable: la caída definitiva de Pedro Sánchez, tanto para pasar la peor página de nuestra historia reciente como para que pueda abrirse una nueva etapa de regeneración democrática, reformismo político y reconciliación ciudadana. A continuación ya juzgaremos a los que vengan por sus actos y por sus omisiones, cada cual según sus apetencias, sus prioridades y sus preocupaciones, ahora lo que toca es parar los pies y descabalgar a quien se ha convertido, con la responsabilidad culposa de sus conmilitones, en un auténtico peligro público para nuestra democracia. Todo lo demás son minucias o divagaciones no demasiado útiles en estos momentos.

Es lugar común dar por hecho el varapalo electoral que sufrirá el PSOE de Sánchez, habida cuenta la propia debilidad orgánica de su partido, su balance político, su podemización ideológica, sus incoherencias y sus errores estratégicos, así como el de la extrema izquierda en sus variadas expresiones electorales, habida cuenta el espectáculo que se han permitido y su progresivo empequeñecimiento durante estos últimos años, absorbidos por el podemizado Sánchez, todo lo cual está siendo reflejado con bastante nitidez en todas las encuestas dignas de tal nombre. O sea que, salvo para Iván Redondo, más pendiente de ganar cuota de pantalla para beneficiar su cuenta de resultados que de acertar en sus pronósticos, y para Tezanos, que pone nuestro dinero malversado al servicio de Sánchez, la suerte está echada: Sánchez sufrirá un revolcón electoral, se confirmará el subidón de Vox y gobernará el PP de la mano de los de Santiago Abascal. Y aquí paz y después gloria. ¿O no?

Eso es lo que ocurrirá si todo transcurre como presupone tanto el analista político más avezado como el ciudadano relativamente bien informado, siempre que no se produzcan sucesos inimaginables que sólo caben en mentes calenturientas que osan vislumbrar trampas electorales o, en su grado más extremo, un pucherazo electoral dirigido por Sánchez que revierta el resultado electoral y le permita permanecer en la Moncloa «de una manera o de otra», por usar una expresión que él mismo empleó el otro día, más, quiero pensar, como provocación que como amenaza. Al fin y al cabo, una cosa es buscar votos de debajo de las piedras modificando disimuladamente leyes e instrucciones, en lo que Sánchez ha demostrado ser un maestro sin escrúpulos, y otra ser tan «valiente» como para revertir por las bravas un resultado electoral, lo que viene a ser un golpe de Estado tan habitual en otras latitudes y que, por estos lares, pudiera mandarte a la cárcel, ya que España, a pesar de todo, es todavía un país serio.

Yo, sin embargo, más allá de las cifras concretas que arrojen las próximas elecciones, temo la reacción de la extrema izquierda más violenta en las calles, a la que los números contantes y sonantes no van a apear de sus supuestas indiscutibles razones. Porque si por tierra, mar y aire se nos ha dicho que los que ahora no gobiernan no pueden ser alternativa de gobierno, la cuestión es qué se hará o dejará de hacerse para impedir que quienes legítimamente ganen, gobiernen, dado que no tienen legitimidad para hacerlo. Porque si es fascismo lo que parece que llega, ¿hasta qué punto no debe pararse semejante aberración totalitaria con violencia explícita y extrema que impida después cosas peores? Si todo vale para parar a la extrema derecha y la derecha de toda la vida se ha convertido en extrema derecha (y hasta nosotros mismos lo somos por decir lo que la izquierda de antes decía), ¿qué será lo que impida que los que ya amenazan con la palabra pasen de las palabras a los hechos en defensa de sus ideas que, según ellos, son las únicas que pueden proponerse?

Y no sólo la violencia extrema que pudiera expresarse en las calles es lo que ahora mismo me preocupa, cosa que podría pararse con la unión de los partidos democráticos frente a los violentos, sino observar que algunos de los que supuestamente deberían defender la democracia llevan demasiado tiempo echando fuego e incendiando la convivencia. No es cuestión de ser cenizo, pesimista, malpensado o conspiranoico y dar por hecho que tal situación se producirá en España si PP y Vox ganan, suman y gobiernan, sino de, vistos los antecedentes y la fauna política que nos rodea, avisar a navegantes de lo que quizás ocurriría, también para que no ocurra. Porque una forma de impedir que haya violencia es imaginar que se reproduce, porque plantearlo supone tomar medidas para que eso no ocurra.

Y para que tal cosa no ocurra, lo primero que debe pasar es que los que amenazan con ejercerla, dejen de hacerlo, y los que aunque sea sutilmente la justifican, digan que es inaceptable. No vaya a ser que al final ocurra lo que, en el fondo, sólo unos pocos desean.